Parece insólito que este caballero de barba blanca, ojos azules, discurso coherente y ademanes tan finos haya sido perseguido por las autoridades colombianas por pertenecer a la guerrilla del M-19.
Esa es la decisión de la que más se arrepiente el actor, director de televisión y escritor Carlos Duplat. La curiosidad y la prisa lo llevaron a ser uno de los 311 presos políticos cuya liberación pedía el grupo guerrillero, a cambio de entregar a 14 embajadores.
“Ser tan acelerado me ha llevado a cometer fallas que me han salido bastante costosas: varios años tras las rejas, por ejemplo”, expresa y chasquea los dientes.
¿Cómo le pudo pasar algo así al genio detrás de Amar y vivir, Rosario Tijeras, Tres milagros, entre tantas otras producciones exitosas?
Conversamos en Mompox. La primera vez que lo vi estaba cogiendo una mototaxi acompañado de Luz Mariela Santofimio, su esposa, amiga, cómplice y hasta manager. Lucía tan de prisa y acalorado que no hubo oportunidad de abordarlo. Volví a verlo en la iglesia de La Concepción, emocionado con la presentación del coro Santa Catalina de Unibac, que hizo vibrar la capilla entera a ritmo de gospel. No pude evitar contemplarlo por un buen rato. Él me regresó la mirada como suplicándome que no me acercara. Sabía que yo era periodista. Igual, no me importó y lo abordé de inmediato.
De la forma más sutil y cortés me hizo saber que llegó en un plan de relax a Mompox, que no estaba interesado en dar entrevistas, que sólo quería disfrutar el festival. Fue tan diplomático en su trato que no me afecté. Es más, lo entendí y me despedí cariñosamente.
Sin embargo, detrás estaba Luz Mariela escuchando nuestro breve diálogo y, antes de que me marchara, se apresuró a detenerme para disculparse por la actitud de Carlos. Me pidió mi número de celular y prometió llamarme. Ella cuadraría todo para la entrevista. Algo escéptica, le agradecí su gesto.
A los 15 minutos me llamó y me dijo que Carlos ya estaba listo para conversar. No sé qué le habrá dicho, pero ahora el actor se veía más interesado que yo en que en que habláramos un rato. Esa mujer se ve que lo tiene organizado, y él la complace en todo.
Entre líneas y tablasNos sentamos frente a la iglesia y, teniendo como testigo al río Magdalena, confesó que iba a ser realmente un arquitecto. Le iba demasiado bien en su carrera. Tanto, que la Universidad Nacional lo eximía de pagar matricula cada semestre.
Ingresó al grupo de teatro de la universidad y repartía su tiempo entre ambas actividades. Hasta que un día uno de sus profesores le dijo:
-Mire Carlos, usted es muy bueno para las dos disciplinas, pero tiene que decidirse, porque va a terminar siendo regular en ambas.
A los 3 meses Carlos le comunicó su decisión:
-Profe, tenía razón. Lo mío es el teatro. Me dedico a eso.
Cuenta que abandonó la arquitectura, y el escándalo en la universidad fue más que evidente, porque desde que empezó se había destacado como uno de los mejores estudiantes. Se fue para Ibagué a ocupar una plaza que había dejado el maestro Jorge Alí Triana, a quien le había salido una beca en Checoslovaquia. Pero ese tipo de teatro era más social y contestatario, de modo que al poco tiempo la Gobernación terminó cancelando las funciones.
Se regresó para Bogotá, participó en un festival de teatro y se ganó el primer premio: una beca para estudiar actuación, dirección y dramaturgia en Francia.
Del sinnúmero de producciones en las que ha participado (le fue imposible contarlas) la que más recuerda fue al lado de la bella María Eugenia Dávila, con quien protagonizó la novela Trece mil francos de recompensa.
En ese momento estaba muy de moda el teleteatro, que eran producciones en vivo. Al ser en directo, no había espacio para los errores.
“Fue en vivo y en directo, tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes. Nunca me enteré si me fue bien, si la embarré. Supongo que estuvo bien por el éxito de la telenovela en 1964. Pero nunca supe cómo actuaba. No existe registro de eso”, cuenta.
Aunque reconoce que le cuesta demasiado aprenderse las líneas de los personajes que interpreta, tiene claro que las mejores interpretaciones son las que se hacen frente a un público.
“Extraño mucho esas actuaciones que eran en vivo, porque la entrega tenía que ser total, no podías darte el lujo de un olvido, de una falla. Entonces la concentración, la entrega era más de verdad”.
Cada vez que puede crear o dirigir un nuevo proyecto, como fue el caso de El hombre de acero, N.N., La caponera, María Bonita y Amar y vivir, donde conoció a la mujer de su vida, Luz Mariela Santofimio, trata de contar historias con las que la gente se identifique.
“Me gusta que todo sea verificable. Entonces disfruto ese cine muy cercano. Cuando dirijo, trato de que los personajes sean como la gente de la calle”.
Son incontables las anécdotas que ha vivido en el set de grabación. La que más recuerda y, aún se va en risa cuando la cuenta, fue durante la obra de teatro Un hombre es un hombre.Era la historia de 4 tipos que siempre tenían que estar juntos. Durante la trama, uno de los personajes queda cautivo en una casa al meterse por un hueco del techo, de modo que los otros tres intentan rescatarlo.
Uno de los tres que quedaron afuera tenía que saltar con la ayuda de los otros dos compañeros para sacarlo. Por desgracia el personaje sufría de calvicie y, mientras corría hacia sus amigos, el cabello se le levantó, mostrando su brillante calva.
“Era una vaina acrobática, bien ensayada. Mi amigo se peinaba echándose el cabello hacia adelante, y cuando pegó el carrerón y el cabello se le levantó, no te imaginas el ataque de risa que me dio. Cómo será que cuando venía corriendo pasó derecho, porque nosotros no estábamos listos y la escenografía hecha por Enrique Grau se hizo añicos”, dice riéndose.
Duplat es una autoridad de la actuación. Conversar con él es como hacer una radiografía de los distintos momentos de la televisión colombiana. Si bien no logró contar los personajes que ha hecho, es inevitable no asociarlo con el malvado don Danilo Fontalvo, en la telenovela La venganza. Es más, me cuenta que después de 12 años, la gente por la calle aún le dice: “Ay, don Danilo. Usted sí es malo”. Ese papel lo creó como casi todos: bien lejos del espejo.
“No me miro mucho en el espejo. Ni siquiera para peinarme. Prefiero salir desarreglado. No soy amigo de mi reflejo. Los papeles los busco en otro lado. Prefiero el vacío que el espejo”, concluye el actor.




