Quizá el nombre Daniel Alexander Mora Barrera, dice poco. Pero, si usted escucha Sandro, el ganador de la tercera temporada de Yo me llamo, ¿se ubica?
Ya nadie se acuerda de Daniel. Todo el mundo lo relaciona con el gran Roberto Sánchez, famosísimo en los años 60 por sus canciones románticas, pero también por el rock, el pop y, sobre todo, esa puesta escénica tan peculiar que lo diferenciaba espectáculo tras espectáculo, y que lo llevó a adoptar el seudónimo de Sandro de América.
Y aunque Daniel cuando está en el escenario es el doble exacto de Sandro, una vez se baja es su mejor antagónico. No se parecen en nada. Es un tipo muy sencillo, tradicional, noble y hasta ingenuo.
Tiene ese no sé qué del oriundo de Pasto que lo hace ver tan genuino.
El día que se presentó para la audición del programa, viajó única y exclusivamente con el dinero de los pasajes. Eran 60 mil pesos de ida y otros 60 de regreso. Logró conseguir 30 mil pesos más para la alimentación y para cualquier imprevisto.
Cuando llegó a Cali hacía magia con los 30 mil pesos que llevaba para los gastos. La primera mala noticia que recibió ese día fue que eran dos días de audiciones y no uno, como pensaba. De modo que le tocó quedarse a dormir toda la noche en la fila, porque no tenía un peso para pagar una posada. No bastando con su mala suerte, cuando le entregaron el formulario le informaron que tenía que adjuntarle una fotografía.
De la nada, apareció en ese momento un fotógrafo que lo ayudaría. Por 7 mil pesos le daba tres fotografías tipo documento. Pero necesitaba que le adelantara la mitad de la plata.
“Me tomó la foto, le di 4 mil pesos, que me dolieron en el alma, y nunca apareció con la foto. Yo que estaba tan apretado. ¡Uy, no!, me descompletó el almuerzo, horrible”, cuenta el imitador de tan solo 22 años de edad.
Hoy se ríe de todas esas historias. Ni él se cree que después de haber llegado tan estricto, saldría con un premio de 600 millones de pesos, 500 por ser el mejor imitador de Colombia, y 100 por los duelos o batallas que también ganó.
Nació en Pasto, en un hogar muy humilde. Su padre era zapatero; y, su mamá, ama de casa.
“Crecí entre maquinas, cuero y mucha música romántica. Mi papá era un tipo que, aunque no era muy preparado, sí era muy inteligente. Me educó para ser el mejor en lo que eligiera, no importara qué. Trato de hacerle honor a ese legado que me dejó”.
Habla en pasado, porque, cuando cumplió 13 años, su padre falleció, y a él le tocó aprender a ser un adulto. Siendo un niño consiguió trabajo como ayudante de albañilería: preparaba las mezclas, cargaba ladrillos, echaba el agua, etc. Por hacer esa labor le pagaban 80 mil pesos. Ayudaba a que otros construyeran sus casas, mientras su mamá vivía afligida por no tener una propia.
Se acuerda que la primera vez que imitó a Sandro fue durante un aniversario de su colegio. Eran cerca de 1.000 personas las que se agolparon ese día en la escuela a verlo. Cantó el tema Porque yo te amo, y el público no dejaba de aplaudirlo. Esa primera sensación sobre un escenario le reafirmó que lo suyo era imitar a ese tremendo artista.
Cuando terminó el bachillerato hizo algunos cursos de artes plásticas, pero la música era su vocación. De modo que con un grupo de amigos formó una banda y tocaban en las calles, bares, fiestas, donde los invitaran.
El primer toque formal con su banda fue en un pequeño centro comercial de Pasto. Le pagaron por cantar una hora 80 mil pesos, lo que se hacía en una semana como ayudante de albañilería.
“Me estaban pagando por hacer algo que disfrutaba. Ese día dejé mi trabajo de albañil. La música era lo mío”. Los desafíos de un músico Se soñaba con que le saliera un toque en algún lado. Le pasaron cualquier cantidad de anécdotas en ese son. La que más recuerda fue una en un pueblo cerca de Nariño. Lo contrataron junto con su banda para que animara una fiesta. Después de la presentación, el empresario que los llevó hasta el sitio despareció sin pagarles.
“Nos tocó quedarnos a dormir en el parque del pueblo hasta el otro día y rogarle a un señor, dueño del camión de la finca que habían alquilado para el evento, que nos regresara a la ciudad. Pero son cosas que a uno lo fortalecen y le ayudan a no olvidar de dónde viene”.
Lo más difícil de participar en el programa fue estar alejado por tanto tiempo de su familia, viviendo en un hotel. Para esta temporada, el programa decidió aislarlos un poco más de sus seres queridos. Su familia se convirtió en cada uno de los participantes, a quienes dejaba de ver luego de las galas de eliminación.
“Además de manejar al público, el jurado, la presión de que Colombia te está mirando, te encariñas con los demás participantes y te duele cuando los sacan. Lloraba todas las semanas con cada eliminación. Éramos como una familia”.
Al momento de su show, era como si el espíritu de Sandro se apoderara de su cuerpo.
“Mi cuerpo nació en el 92, pero yo soy más del 60. Desde que tenía 14 años lo emulaba, pero con respeto, con esa dignidad que requiere el personaje. Me encantaba su histrionismo musical. Cuando Sandro se paraba en una tarima no sólo cantaba, sino que actuaba, declamaba su poesía”.
Le da temor el medio. No quiere perder su esencia y dejar de ser el joven tranquilo que comparte tiempo con su familia. No bebe, no fuma y poco sale de fiesta. Eso es lo único en lo que no imita a Sandro.
“Él murió a raíz de una enfermedad respiratoria derivada de su adicción al tabaco. Esta industria así como te forja, te puede destruir. Mi único vicio es mi familia”.
Con los 600 millones de pesos que se ganó le compró, por fin, la casa a su mamá, y el resto lo invierte en su carrera musical. Ahora viaja mucho. Dice que tiene dos casas: el aeropuerto y su casa en Pasto, la cual define como su santuario, el único lugar donde se siente centrado.
No ha dejado que su paso por Yo me llamo le suba los humos. No le interesa la fama. No sabe cómo lidiar con ella. Cuando termina los espectáculos, lo que más desea es llegar a su casa en Pasto y ver a su madre, estar rodeado de sus amigos de infancia y de la gente a quien más ama, esa que lo llama Daniel, y no Sandro.



