Por un teléfono celular blackberry, modelo 8520, que, por cierto, ya salió del mercado, hoy el exjugador del Real Cartagena, Amaury Castilla, ha pasado los últimos tres años cuadripléjico.
Duele, y mucho, verlo desde su cama que más bien parece una camilla. Su cuarto es como la habitación de un hospital. En la entrada, la puerta tiene un letrero en grande que dice: “Favor, lavarse las manos antes de ingresar”. Eso, más la cantidad de aparatos que hay en la habitación, el pi, pi del ventilador artificial, las luces, lo blanco que luce todo y el auxiliar de turno cuidando a Amaury, lo trasladan a uno enseguida a una clínica.
La primera vez que pisó un campo de juego con su equipo, el Real, fue cuando cumplió los 18 años. En esa ocasión le tocaba enfrentarse al equipo Unión Magdalena, en la misma posición de siempre: lateral izquierdo. Hoy, le toca revivir los partidos ya no desde la cancha, sino en el televisor que tiene frente a su cama. Le causa un dolor infinito ver a sus compañeros jugando en equipos nacionales.
-¿Qué es lo que más extraña?-pregunto
- Extraño hasta morderme el dedo (suelta una carcajada). Quisiera poder abrazar a mi mamá, a mi papá. Estar allá en la sala con mi hermano. Pero sobre todo, extraño caminar, extraño bañarme en la ducha. Extraño todo- dice, y la sonrisa que ha tenido desde que empezamos nuestro diálogo pronto empieza a desaparecer.
Ese 13 de junio de 2012 unos maleantes en una motocicleta se antojaron de la porquería de artefacto y en el forcejeo de arrebatárselo le dieron un tiro en la cabeza que lo tiene en una cama.
No sólo se le llevaron el celular, sino sus sueños de ser un gran futbolista.
Después del impacto, no recuerda más. Le contaron algunos testigos que permaneció tirado en el piso varias horas, mientras un policía lo confundía con un rufián. Su prima se armó de valor y, entre lágrimas, con ayuda de otra persona, logró meterlo en un taxi y llevarlo a la clínica Madre Bernarda.
El mismo agente seguía vociferando que Amaury era un rufián, que lo dejaran morir. Por fortuna, cuando llegó al hospital lo recibió José William Rodríguez, médico del equipo Real Cartagena, quien lo reconoció de inmediato y le revisó los bolsillos buscando algún documento que comprobara la identidad del jugador.
¿Por qué tenía que ir justo ese día a la universidad San Buenaventura? ¿Para qué fue a buscar esas boletas del concierto de Arcángel? ¿Por qué se quedó con su amiga tomando gaseosa en esa tienda? ¿Cómo es que hay tanta gente mala y es a él a quien le pasa algo así? Eran algunas de las preguntas que lo rondaban después de 30 días de estar en cuidados intensivos y enterarse de que no podría volver a moverse del cuello hacia abajo.
“¿Qué no pasó por mi mente? Al principio, pensaba que era algo de momento, pero cuando me vi entubado y lleno de ese poco de cables, entendí la gravedad de lo que me había pasado. Intentaba moverme, y nada. Fue muy duro”, dice.
Mientras me relata lo sucedido, se emociona. Cada vez que habla de los ladrones, del policía que lo calumniaba, se exalta y el ventilador artificial que lo ayuda a respirar mejor hace un sonido que me asusta.
“Fueron 5 meses durísimos. No entendía cómo habiendo tanta gente mala, me pasaba esto a mí. Oye, yo que me dedicaba sólo a patear un balón. No quería hablar con nadie. Pasaba amargado. Sólo quería dormir. Con la ayuda de una psicóloga y de mi familia fui entendiendo que las cosas pasan por algo. Lo he asimilado un 90 por ciento. Aunque hay días en los que amanezco desesperado”.
Hoy es uno de esos días. Está pasando por una gripe que no lo deja dormir bien. Lo tienen que aspirar varias veces al día para que los pulmones no se le llenen de flema, y eso lo pone de mal humor. Su madre se me acerca al oído y me dice suavemente: “Gracias a Dios vinieron ustedes. A él le encanta que lo visiten. Ya hasta le cambió el humor”.
Después de estar 2 años y medio internado en una clínica, al fin le permitieron continuar con el tratamiento desde su casa. La única condición era que su habitación tenía que estar en las mejores condiciones; y, bueno, no era así.
Sin embargo, el caso de Amaury tuvo tanto impacto nacional que fue publicado por distintos medios de comunicación. El presentador Pirry le dio un espacio en su programa de crónicas; el arquero de la Selección Colombia David Ospina y su hermana, Daniela, esposa del jugador James Rodríguez, también se sumaron a la causa. Ellos, más cientos de personas a quienes no conocían, llamaban casi a diario a la mamá de Amaury para ofrecer su ayuda.
“Me acuerdo de un señor muy elegante que fue a la clínica. Nos dijo que era el dueño de La Paletería y donó 5 millones seiscientos mil pesos que usamos para todo el cableado eléctrico de la casa”, cuenta Yasmira, la mamá de Amaury.
Así fue como pudo volver a su casa y tratar de tener una vida medianamente normal junto a quienes más ama y no le recuerdan esa tragedia que empañó su carrera a los 19 años.
Hay 11 mil Amaurys másAmaury, por fortuna, tuvo la suerte de ser jugador del Real Cartagena, nuestro equipo. Pero, ¿qué pasa con las otras 11 mil personas en condición de discapacidad que viven en la ciudad y que no tienen ninguna investidura que los proteja?
Rocío Castillo, secretaria de Participación del Distrito, explica que ese número es sólo un aproximado, que está segura que son muchas más las personas con limitaciones físicas en Cartagena. Si bien desde la dependencia que representa hay un área que trabaja por esta población, el rubro que se destina para los programas es insuficiente. Es imposible intervenirlos a todos.
Quizá si se aprobara, al fin, la Política Pública de Discapacidad, habría más recursos para incluirlos laboralmente y brindarles una solución menos asistencialista y excluyente como mandarlos a la periferia, a que vivan en la “urbanización” Huellas Alberto Uribe, por ejemplo, donde se concentra la mayor parte de esta población.
“Sí, el dolor nos cambia”, expresa Amaury. Lo dice porque ya es menos temperamental y grosero. Tiene una paciencia que él mismo desconocía. Cree que es mucho más maduro y está listo para enfrentarse a cualquier situación. Su novia terminó con él, y, aunque todavía la ama, está seguro de que Dios le tiene una compañera con quien envejecer y reírse dentro de unos años de lo que le pasó.
Ya no le interesa el fútbol. Pero sí desea regresar a la universidad y terminar sus estudios en Relaciones Internacionales. Su sueño en estos momentos: volver a caminar.
"Me aferro a Dios porque sé que él hará el milagro, o mejor, terminará el milagro. Yo no pierdo las esperanzas", expresa.



