Facetas

Aquel niño judío que escapó de la muerte

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GUSTAVO TATIS GUERRA
29 ENE 2017 - 12:00 AM

Este es el hombre que está frente a mí ahora: aquel niño de seis años que escapó de los hornos de la muerte en manos de la policía nazi, en Burdeos.

Un hombre de una serenidad impresionante y una humanidad que se percibe incluso cuando se queda en silencio. Me acerqué a él y le dije que podía escuchar la humanidad de su corazón planetario. Esperé que la joven traductora lo dijera en francés, y él se sonrió, y dijo con una sola palabra, con la finura de su humor: “corazón interplanetario”.

Sentado en uno de los sillones del Hotel Santa Clara, Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937), es una de las eminencias invitadas a Hay Festival de Cartagena en 2017. ¡Pero cuánta experiencia de sufrimiento e iluminación puede haber en la mirada clara y serena de un hombre!

¿Quién puede creer que este hombre de origen judío escapó cuando tenía seis años de la persecución nazi, en el mismo escenario donde murieron sus padres?

Su padre era un ebanista que mientras tallaba la madera soñaba un mejor destino para su niño, y junto a su esposa, decidió dejarlo en una pensión para protegerlo del asedio nazi. La amenaza era inminente y los dueños de la pensión lo llevaron a la Asistencia Pública francesa, en donde una institutriz de Burdeos, Marguerite Ferge, lo escondió en su casa, hasta que allá llegaron los guardias nazis y se lo llevaron con otros judíos a la sinagoga de Burdeos. Quiso hacerse invisible y se escondió en los baños. Una enfermera lo escondió en una camioneta, para escapar de la muerte. Se cambió el nombre judío por el de Jean Laborde. Sus padres judíos fueron deportados y murieron en la noche fatídica de la Segunda Guerra Mundial. Una tía en París lo recogió. Este hombre es un sobreviviente de la más grande tragedia humana protagonizada por los nazis. Uno que pudo haber muerto entre ese millón y medio de niños judíos que murieron en los hornos crematorios. Uno que se salvó para contar al mundo una historia de vida, amor, perdón y resiliencia.

El dolor y la resiliencia
Boris Cyrulnik  ha consagrado su vida a tratar niños traumatizados. Su apellido significa “barbero” en ruso.

Es neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo. Sus libros Las almas heridas y El amor que nos cura, son un tratado de sabiduría sobre la resiliencia. El primer ejemplo ocurrió en tres segundos antes de encontrarnos con él. Una mujer amiga tropezó en uno de los pasillos del hotel y se cayó y se le rompió un poco el vestido a la altura de las rodillas. Daniel Mordinzki, el genial fotógrafo argentino, le dijo en broma: “Vamos todos a rompernos nuestra ropa a esa altura”. Le sugerí que convirtiera la rotura en una apertura. Haz una belleza con ella, como lo conciben los japoneses cuando se les quiebra algo amado. Restauran con hilos de plata y oro la parte quebrada, y la fortalecen tanto que se vuelve más resistente que todo el conjunto. Esa es la resiliencia aplicada a la vida. Boris Cyrulnik dice que cuando trabajaba con indígenas de Brasil, ellos aplicaban esa sabiduría oriental, muy probablemente por sus orígenes asiáticos, y por lo que heredaron de los japoneses que se establecieron allí. Cuando restauran algo ya no se puede romper.

“En la Alemania de 1930, el país había alcanzado uno de los niveles culturales más altos, y los judíos participaron de ese esplendor del conocimiento: en la filosofía, en la música, en la literatura, en las matemáticas. Nadie podía presentir que aquel país de gran cultura protagonizara la tragedia más vergonzosa de la humanidad: el exterminio judío en manos de los nazis”, señala Boris.

“En la Europa de la Segunda Guerra Mundial, los hijos de padres judíos, no alcanzaron a conocer a sus padres, porque los mataron. El noventa por ciento de los judíos fueron perseguidos y asesinados en Alemania, Rumania, Polonia”, dice Boris. “El fundamentalismo religioso, ideológico, político, es una doctrina totalitaria. El totalitarismo nace cuando se elige una sola vía de conocimiento. Se necesita la democracia para encontrar varios caminos. El totalitarismo científico también existe.

“Mis ideas han sido bien recibidas por los lectores alemanes. Los jóvenes alemanes me expresan generosidad y altruismo, y se me hace difícil reconocer el crimen que cometieron sus abuelos. Hoy, Alemania está convertida en un centro de pensamiento y cultura. Conocí a una pareja judío-francesa: ella, una profesora de historia, y él, también un historiador. Se casaron y tuvieron un par de niños franco-alemanes. Los niños son felices de ser franceses y alemanes. Un día, uno de los niños estaba mirando el álbum familiar y vio que su abuelo tenía un uniforme nazi y su abuela, una cruz gamada en el traje de baño. Los padres enmudecieron y pasaron con temor la página. Al día siguiente, el padre vino a conversar con la esposa de su hijo. Les dijo que la guerra era la epidemia de las creencias nazis que los llevaron a todos ellos a una locura espeluznante. Le habló con amabilidad a ella y ésta se pregunta: ¿Qué hago? ¿Pido el divorcio con mi esposo que es hijo de un nazi? ¿Me separo de alguien con quien he sido feliz y me llevo bien, con él y su familia? La búsqueda de este entendimiento colectivo es una lección de resiliencia.

“Es la segunda vez que vengo a Cartagena. La primera vez llegué a Cali e intenté pasear solo, y mis alumnos me pidieron que no lo hiciera solo porque podía pasarme algo. Ahora, en más de treinta años, recorro las calles de Bogotá, Cali y Cartagena, y percibo una nueva oportunidad de coexistencia después de todo este proceso de paz.  Toda la tragedia de la Segunda Guerra Mundial ha requerido de una literatura, de una ficción humanizada que permite reparar dolores. Creo que la ciencia es una forma de la poesía. Mi nieto, el más guapo del mundo, que tiene veinte años, dice que existe una matemática de la poesía.

“La humanidad vive progresos tecnológicos, pero no hay progreso que no tenga efectos secundarios, como todo, incluyendo los antibióticos y las pastillas que se inventaron para evitar un dolor. He trabajado con mucha gente de América Latina: con colombianos en París, con chilenos, brasileños y argentinos, y cada país tiene su concepto y su experiencia sobre la resiliencia”.

No hay literatura si no hay pérdida. A quien escribe le hace falta algo. La función de la literatura, su objetivo esencial, es la reparación. El poeta Hörderlin dice que la poesía y la filosofía son el hospital de las almas heridas”.

Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra francés de origen judío, especializado en niños traumatizados. Es uno de los fundadores de la etología humana y experto en resiliencia. AROLDO MESTRE

Boris Cyrulnik escapó a sus seis años del campo de concentración nazi en donde murieron sus padres. Vino a Hay Festival Cartagena 2017. AROLDO MESTRE

AROLDO MESTRE

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