Elba Gallo, una caldense que trabajaba en un banco en Bogotá, quedó perpleja cuando el hombre que venía en sentido contrario, la saludó extasiado, y le preguntó su nombre. Había ido a una cena. Nunca lo había visto en su vida, pero en todas las fiestas era la primera en salir a bailar el porro Carmen de Bolívar, sin sospechar que era del hombre galante que ahora se detenía ante su paso.
Ella había ido con un amigo a una cena protocolaria, que se le ofrecía a un cónsul en Candilejas, y cuando llegó a su mesa, le preguntó quién era el señor que la había detenido cuando salía del baño. Su amigo le dijo que era “el solterón más codiciado del país. Es el músico Lucho Bermúdez, una celebridad nacional”. Era un jueves.
Ella no sabía nada de él. Él había llegado esa misma noche, después de tocar muy cerca de allí. Al culminar la cena, el músico se le acercó a Víctor para decirle que el sábado habría un nuevo evento social, y le pedía que por favor llevara a esa deidad caída del cielo, porque deseaba volverla a ver. El sábado hubo otra cena, y concierto en la noche. El Maestro había dispuesto una botella de vino para la joven. Y en un instante le pidió bailar con ella.
El cortejo romántico del músico duró un año de visitas, invitaciones y detalles. Los amigos de ella le decían que no se metiera con una persona mayor y especulaban con la pregunta: ¿Cuántas mujeres no tendrá? El maestro vivía en el Edificio Sabanas, sobriamente en un apartamento de soltero, luego de la postración emocional que vivió por la separación con Matilde Díaz. Su amigo Plinio Guzmán estuvo siempre junto a él, cuidando de su salud y de su estado anímico.
El maestro se presentó a la casa de la joven a pedir su mano, con la formalidad de los caballeros del siglo XIX. Ella recuerda las invitaciones permanentes a las fiestas del Hotel Tequendama, los viajes a San Andrés, la fastuosa celebración de sus cumpleaños cada 25 de enero, con grupos que sumaban hasta un centenar de personas.
La gente del banco quedó perpleja al enterarse de las relaciones de la joven con el célebre músico. El maestro Lucho Bermúdez hizo una fiesta con comida y champaña e invitó a periodistas de radio, prensa y televisión, y en medio del ímpetu de la felicidad, dijo públicamente que se casaría con la joven Elba Gallo. La noticia fue la sensación del año.
El maestro en casa
Era un hombre pacífico, sereno, dulce, tierno, amoroso, muy romántico y coqueto. Jamás fui celosa, porque al conocerlo y vivir junto a él veinticinco años, supe la grandeza del hombre que había elegido como esposo. Y después de muerto él, pensaba, qué hombre puede igualarlo o superarlo.
Ninguno. Quedé embarazada poco tiempo después de casarnos, y el Maestro me regaló dos hijos que son mi orgullo: Luis Enrique, un ingeniero exitoso quien ganó una beca en Filadelfia, y Elba Patricia, que vive el legado de su padre y está al frente de su orquesta fundada hace setenta años.
Cuando ella dijo que estudiaría música, el maestro puso (no pegó) el grito en el cielo. Y trató de convencerla de que la música no era el camino. Pero la vida ha demostrado que era su camino. El maestro era un hombre feliz y festivo, y yo le celebraba cada cumpleaños con una enorme paella. Venían desde temprano grupos a ponerle serenatas. A mí (no Yo), en cambio, nunca me ha gustado celebrar mis cumpleaños el 29 de agosto.
Él me sacaba a cenar o bailar ese día. Nunca fui celosa, y cuando íbamos a reuniones, todo el mundo celebraba al maestro. No me molestaba que lo halagaran y lo sacaran a bailar. Aunque sabía que había mujeres que se pasaban de la raya. Soy tranquila, realista, pero no dejé pasar dos cosas que le pillé y no me gustaron.
Se lo hice saber, y me fui de la casa un mes, cuando supe que estaba piropeando a la muchacha del servicio quien me lo contó, y yo muy sutilmente me llevé a la muchacha a la casa de mi madre, y le reclamé. Solo cuando manifestó su arrepentimiento, regresé a casa. ¿Cómo se va a fijar en mí usted que tiene una mujer tan bonita?- le dijo la muchacha.
En los últimos años de su vida, el maestro recibió la visita inesperada de una mujer: María Luisa Gámez, su primera novia en Aracataca, que no se atrevía a llegar a casa, y fui yo quien le dije: ¿qué misterio tienen de conversar? No tiene nada de malo.
La segunda pillada fue con mi sobrina, quien me puso la queja de que el maestro le había cogido la pierna al bajar la escalera. Fueron mis únicas quejas, de ese ser romántico que bebía whisky y los domingos le gustaba encontrarse con los tríos de Sopó. Era rígido con la educación de sus hijos. Hasta el final estuvo componiendo. Vivía siempre pensando en música. Un ser inigualable como él, nunca muere.



