Facetas

La musiculinaria de Miriam Negrete

La cantante Miriam Negrete cambió los escenarios de vallenato moderno, para apostarle a la comida típica y los cantos folclóricos.

Compartir
RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.
01 MAY 2021 - 06:26 PM

MIriam Negrete, cantante.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

“Musiculinaria del Caribe” se llama el emprendimiento que está llevando a cabo la cantante cordobesa Miriam Negrete.

Así se llama, porque en los videos que envía a sus potenciales clientes se le ve con los atuendos propios de las cantadoras de la música folclórica del Caribe colombiano.

Y no solo eso: se le ve una mesa llena de los manjares de la culinaria del Caribe colombiano y los instrumentos principales para ejecutar el bullerengue, la cumbia, el mapalé, la puya, el porro, el chandé, la chalupa y todo lo que haga parte de la vasta creatividad de los músicos terrígenos de los ríos y mares del norte del país. (Lea aquí: Miriam Negrete, la voz femenina que sigue enamorando en el vallenato)

Miriam nació en El campano de los indios, un corregimiento del municipio de Lorica (Córdoba), donde se asentó la etnia zenú en los tiempos de La Colonia.

Se asentaron debajo de un campano gigantesco, para aprovechar la sombra y seguir desarrollando las costumbres que impusieron sus abuelos desde siglos antes de la llegada del invasor europeo.

Miriam aún recuerda que Sabina Méndez, su bisabuela, hacía la chicha de maíz con granos masticados y molía el café con piedras moldeadas, mientras que el abuelo, Modesto Guevara Méndez, organizaba rituales a los dioses debajo de una bonga ciclópea, donde también elaboraba artesanías necesarias como balays, chinchorros, trasmallos, catabres, y cuartillas.

El abuelo Modesto, al igual que sus contemporáneos, se aprovisionaba del bejuco de cadena y demás plantas milagrosas, no únicamente para curar las dolencias del cuerpo, sino también para preservar el espíritu: cuando salían para el monte y debían cruzar arroyos o ríos, no lo hacían sin antes protegerse contra el Mohán, la Patasola, la Madre Monte, la Madre de Agua, el Encanto, la Gigantona y una serie de figuras mitológicas que tenían los umbrales de sus inframundos ocultos en el follaje y en los recodos más insospechados de los riachuelos.

Miriam Negrete.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

El campano de los indios era un universo de mujeres, quienes tenían la cocina como el epicentro de ese espacio familiar, donde emanaban las combinaciones alimenticias más increíbles y exquisitas para cultivar la memoria gastronómica del pueblo.

Entre ese mundo de cabelleras lluviosas y pechos dadivosos se movía, casi invisible, la niña Miriam. El movimiento de sus tías y primas era como una pedagogía indirecta, de la cual se impregnó y no se ha desprendido jamás, como lo está demostrando ahora en sus redes sociales.

Desde aquellas épocas remotas le viene la creatividad que engendra delicias como el peto, el mote de queso, la sarapa, el sancocho trifásico, la viuda de pescado, el mote de aguacate con queso, la sopa de guandul, el cabrito asado, el enyucado, la colada de maíz y una variedad de exquisiteces que emergen de los ríos o surgen de los montes para enriquecer paladares.

El abuelo Modesto, cuando se apartaba de sus artesanías y rituales paganos, se dedicaba al clarinete. Algunas de sus manualidades también brotaban de su ingenio, solo para adornar los cantos de sus ancestros, como el pito de papaya, el tambor de cuero de res y la flauta de guadua.

Tanto los dones de la cocina como las melodías y los ritmos se instalaron en la pequeña estatura de Miriam, pero el abuelo Modesto murió antes de que ella pudiera esbozar sus primeros cantos delante de él.

Desde que tuvo uso de razón, Miriam siempre oyó decir que su mamá, Manuela Guevara Rodríguez, se había ido a trabajar a Barranquilla. A los ocho años llegó a esa ciudad en compañía de la bisabuela Sabina con la intención de comprar la ropa de diciembre cuando en el pueblo se realizaría El festival del pastel, pero el ambiente de la metrópoli la embrujó de tal manera que decidió no regresar más a El campano de los indios. (Lea además: Maribel Cortina y Miriam Negrette, la cuota femenina del vallenato)

Años después, surgió la oportunidad de venir a Cartagena de Indias a integrar los conjuntos Las musas del vallenato y Las guerreras de Patricia Teherán, para después emprender sus propias aventuras musicales, que se desenvolvieron hasta que la pandemia hizo presencia en este planeta.

Los contratos y las grabaciones se redujeron. Y, mientras el confinamiento obligatorio exponía sus efectos, Miriam dejó de mirar a lo lejos y se acordó de que, además de cantar, también podía hacer pasteles y arroces como los que cocinaba con su mamá para poner a la venta en los colegios y en las empresas atlanticenses.

Así que se asoció con Samuel, su hijo mayor, y empezó a montar videos en las redes sociales. Imágenes pintorescas, donde humean los sancochos, vibran los motes de queso, brillan las carnes guisadas y provocan las frituras, dulces y los jugos más ricos del menú milenario de El campano de los indios.

Al fondo de esos videos se escucha la agudeza de un clarinete haciéndose acompañar de llamadores, tamboras y guaches, a la vez que Miriam susurra alguna letra olvidada de Estefanía Caicedo, de Emilia Herrera, Irene Martínez o Etelvina Maldonado. Un canto profundo de los ríos, los mares, las montañas o las sabanas

A ellas planea rendirles tributo mediante un disco compacto, que ya se está cocinando con el mismo punto de dulce, de sal y de sazón que la cantante aplica a sus verduras y vituallas, aromatizadas por las hojas del bijao, a guisa de manteles y de envolturas, que despiertan los más lejanos recuerdos de los clientes que le congestionan el teléfono solicitándole domicilios.

La historia de cada vianda hace parte del cuadro artístico que se está ideando Miriam.

Miriam Negrete es una reconocida cantante de vallenato de la región.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad