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Cuando el agua borra los recuerdos

La lluvia ha sido cantada por poetas y músicos, pero en estos días se volvió temeraria en muchos pueblos del Caribe por el fenómeno de la Niña.

Cuando el agua borra los recuerdos

Cementerio de Sucre, Sucre, donde reposan los restos de Cayetano Gentile.// Foto Cortesía: Isidro Álvarez

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Cada vez que llega el invierno, pienso en mis hermanos que viven en La Mojana y pasan seis meses del año con el agua al cuello. Hace poco mi amigo y primo de alma Isidro Álvarez Jaraba me envió desde Sucre, Sucre, las imágenes del cementerio del pueblo flotando entre las aguas. Allí, entre esas tumbas, estaba la de Cayetano Gentile Chimento, asesinado a punta de cuchillazos de destajar puercos, el 30 de enero de 1951, hace setenta años. Cayetano era el estudiante de medicina, encantador de serpientes, amigo de juventud y de parrandas de vacaciones del que treinta años después escribiría la novela “Crónica de una muerte anunciada”, para evocar aquellos días absurdos y fatales, y perpetuar al amigo, de cuyo nombre real solo prevalece el de la ficción: Santiago Nasar. Mi hermano Isidro llegaba desde Sucre a visitar a mi tía Ubaldina Jaraba en el barrio 7 de Agosto, en Cartagena, la esposa de mi tío Hermógenes Tatis, quien sin saberlo bautizó a su hijo, mi primo hermano, con mi nombre: Gustavo Tatis. Y después, como quien repite una historia, Gustavo le puso a su hijo mayor el nombre de mi hijo mayor: Leonardo. Así que Isidro llegaba a visitar y en las entradas y salidas a la casa de Ubaldina nunca coincidimos, pero la vida terminó por juntarnos en las mismas aguas. Isidro dicta clases en su pueblo natal, muchas veces ha tenido que ir en canoa a la escuela y muchas veces ha emprendido la ruta de Macondo en la Mojana en canoa para contar su libro sobre las influencias de la región de La Mojana y de Sucre en general en la obra del autor de Los funerales de la Mamá Grande y de la crónica La Marquesita de la Sierpe. En sus memorias el autor de Aracataca se lamenta por no haber emprendido a fondo una exploración a la región desde que viajó por primera vez en 1949 a La Mojana y quedó atrapado para siempre en sus historias. Lo cierto es que fue en esa región mítica donde el escritor perdió la virginidad y donde encontró el amor de toda su vida. Sin darme cuenta todos los caminos de mi vida tienen que ver con esa región de pobrezas inimaginables y tradiciones deslumbrantes. Adelma Rivas, mi suegra, nació en Arboleda, Sucre, la misma región donde nació en 1924 el hermano mayor del escritor de Macondo: Rafael Olimpo García Miranda. De allí nacieron muchas historias para la literatura colombiana. Isidro bautizó a sus habitantes como Patas de Agua, porque pasan más tiempo con el pie en el agua que en la tierra. Y Orlando Fals Borda los llamó Hombres Anfibios, con una vida híbrida de agua y tierra. Vea: [Galería] Cartagena quedó bajo agua con las lluvias de este lunes

Manuel Serrano vio la línea del agua que venía, incontenible hacia la puerta de su casa. Era el río salido de madre en el invierno.

El río entra a casa

Manuel Serrano vio la línea del agua que venía, incontenible hacia la puerta de su casa. Era el río salido de madre en el invierno. Puso la mesa en el centro de la sala y le dijo a sus pequeños hijos que se subieran en esta. El agua no demoró en entrar, arrastrando todo lo que encontraba a su paso, como taburetes, corotos y los chécheres de la cocina; también se llevó algo más íntimo y más secreto, el álbum de fotos que estaba en la mesita de noche. Allí estaban los recuerdos de todos sus hijos. El río embistió contra las patas de la mesa con los hijos encaramados, entre quienes estaba la niña Mary Serrano Rivas, a quien conocí aquel 14 de diciembre de 1982 y no hemos parado de conversar. El otro río de los recuerdos nos llevó a otros horizontes impredecibles. En esas largas conversaciones bajo la luna de Cartagena nacieron nuestros tres hijos. El río se llevó los juguetes de los niños y la memoria de infancia. Por eso, Mary no tiene ninguna foto de cuando era niña. He vuelto a recordar esos episodios tristes bajo las lluvias horizontales de octubre, y me he estremecido de compasión por mis hermanos de La Mojana, al ver las imágenes de las inundaciones recientes en los pueblos al pie del río. La lluvia ha sido cantada y contada por novelistas, poetas y músicos, pero en el reverso de esa magia que gotea del cielo como lágrimas de ángeles inconsolables, está la adversidad de los pueblos inundados y de las casas que se lleva el río. Recuerdo haber visitado el barrio Villa Rosita en Cartagena. No olvido aquella escena de una familia poniendo a secar al sol sus propios recuerdos en álbumes mojados por la lluvia. Los niños en su aparente inocencia son los únicos capaces de inventarle un buque de papel periódico a la corriente y parecen disfrutar del milagro desastroso de las aguas que lleva a flotar a los perros y a los gatos, pero también ahoga a los amantes que van cruzando la ciudad en moto o arrastra carros temerarios que van en contravía a los remolinos y a los desagües destapados que son trampas mortales. Todo lo borra el agua, el límite de la cuneta, del puente y el vacío. Lea además: Libro sobre familia de Gabo escrito por su sobrino

Epílogo

He puesto a secar algunos libros que la tempestad ha mojado en la casa donde vivo. Agua que ha salido del patio con su desagüe insuficiente para el nivel del agua que entra a la sala y visita con imprudencia los cuartos. La lluvia se ha convertido en una temeridad en estos tiempos. No son goterones de agua, son gotas gigantescas, surtidos implacables en un cielo oscuro. Pienso en mi niña, ahora abuela subida a la mesa para que el agua no la alcance. Lea también: Las valiosas herencias de los escritores

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