Facetas


Las valiosas herencias de los escritores

No todos los escritores dejan a sus herederos un tesoro monumental más allá del legado real de sus palabras elegidas para todos sus libros.

GUSTAVO TATIS GUERRA

24 de octubre de 2021 10:00 AM

Al morir Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha empezó a desprenderse de la ropa de su genial esposo. Lo primero que donó a la Biblioteca Nacional de Colombia fue el liquiliqui con el que el autor de ‘Cien años de soledad’ recibió el Premio Nobel en aquel 10 de diciembre de 1982 en Estocolmo. El liquiliqui es un traje ceremonial que han usado tradicionalmente los llaneros venezolanos y colombianos y los campesinos del Caribe. Es una tela suave, de cuello cerrado, creado para resistir los calores del trópico, pero es un atuendo elegante que compite con el solemne frac. El liquiliqui lo usaba tanto el coronel Nicolás Márquez Mejía en domingos de celebración o en momentos especiales de la familia, como el abuelo paterno Gabriel Martínez Garrido, que se lo ponía cuando recorría a caballo Sincé y los corregimientos, dictando clases a domicilio. Vestía de liquiliqui blanco y sombrero vueltiao. Le puede interesar: El día en que amanecimos con Premio Nobel

Luego Mercedes donó al Claustro de la Merced de la Universidad de Cartagena, donde reposan las cenizas de García Márquez, las camisas carnavalescas y festivas del escritor, algunas guayaberas y camisas hawaianas de mangas cortas con flores amarillas, rojas y naranjas, y estampados multicolores. También donó algunas de sus gafas y sus relojes. Donó además algunos de los libros de la biblioteca personal que Gabo tenía en su casa de Cartagena. El escritor compraba guayaberas blancas en Cartagena y muchas veces adquiría cuatro o cinco pensando en sus residencias de Cartagena, Bogotá, México, La Habana, etc. Una vez lo dijo de manera informal y pragmática: “Es como si el ropero fuera el mismo en todas partes. Y al abrirlo encontraba la misma camisa repetida que usaba en Cartagena o en México”.

Cuando se murió el coronel Nicolás Márquez Mejía, en 1937, su ídolo de toda su vida, él tenía diez años, y le tocó ser testigo de la quema de la ropa del abuelo, entre ellas, sus liquiliquis y sus gorras. Siempre pensé que vestirse de liquiliqui para recibir el Premio Nobel de Literatura era un tributo a su abuelo materno y secretamente también a su abuelo paterno.

No todos los escritores dejan a sus herederos un tesoro monumental más allá del legado real de sus palabras elegidas para todos sus libros. Kafka, por ejemplo, batallaba en su lecho de enfermo para que su herencia literaria fuera quemada o destruida. Pero algo dentro de sí mismo lo inquietaba y era pensar en la traición del amigo elegido para aquella destrucción. Cervantes dejó la más grande herencia literaria con su novela legendaria El Quijote, que ha resistido cinco siglos sin que su esplendor se apague. Pero junto a su legado dejó deudas pendientes. No todos los escritores mueren en paz. Sócrates, al beber la cicuta, recordó la promesa de regalarle un gallo a Esculapio.

El novelista ruso León Tolstoi, autor de ‘Guerra y paz’, se desprendió de todo antes de morir y eligió una vida monástica junto a los campesinos. Su herencia de tierras las donó al pueblo más humilde.

Una vez lo dijo de manera informal y pragmática: “Es como si el ropero fuera el mismo en todas partes. Y al abrirlo encontraba la misma camisa repetida que usaba en Cartagena o en México”.

El novelista checo Bohumil Hrabal, autor de ‘Trenes rigurosamente vigilados’, dejó su casa y su tierra a los campesinos. Y murió dándole de comer a unas palomas que habían subido hasta el quinto piso de la habitación donde estaba hospitalizado. El escritor se inclinó tanto como para intentar tocar el ala de las palomas y se fue al abismo. En su testamento dejó todo a los campesinos. Solo añoraba beberse unas cervezas al atardecer en el corazón de su ciudad natal.

El poeta Luis Carlos López murió el 30 de octubre de 1950, deseando comprar la casa donde había nacido en la Calle del Tablón. Las lluvias oscuras del tiempo ha desdibujado el nombre del poeta en la placa de mármol y una hierba obstinada intenta ascender por los barandales.

El poeta Borges solo dejó la herencia de sus poemas, sus cuentos y sus ensayos, sus innumerables traducciones y su inmensa biblioteca. Lea además: Siete años de soledad sin Gabo

Deudas de la herencia

Hay otros escritores que su propia herencia literaria se vuelve conflictiva en las manos de sus herederos. No permiten las reediciones de los libros o impiden que esa legado se perpetúa entre sus lectores. Algunos duermen el injusto silencio de la incomprensión y el olvido, y se liberan de esas ataduras ochenta años después de muertos, para que sus libros se conviertan en patrimonio público de la humanidad.

Pienso en la herencia que dejó el general Simón Bolívar, que murió prácticamente en la pobreza, desprendiéndose de todos sus tesoros y mirando con la más digna claridad los destellos de luz y sombra del esquivo poder y el raro y peligroso espejismo que embiste a los hombres que conocen el efímero fulgor de la gloria.

Las herencias, que podrían verse como dones de una vida de sacrificios, también podrían asumirse como tormentosos y decadentes conflictos entre herederos.

Muchas veces la vida puede depararle a un gran escritor la rebatiña y la disputa de sus bienes materiales en las manos de sus hijos o nietos.

Pienso en los cien gallos finos y de pelea que tiene Adolfo Pacheco, que son una de sus grandes pasiones, pero cuando piensa en la muerte se lamenta de que no pueda llevárselos al cielo cuando llegue el momento de partir. Cada ser humano se apega a un imán embrujador que lo apasiona pero, al morir, ningún objeto extraña al ausente. Conozco perros y gatos que extrañan a sus amos que han muerto. Y lo que más me sigue conmoviendo es la gigantesca dinastía de gatos en el cementerio de Mompox, hijos de un gato que sufrió la muerte del médico Víctor Serrano, y allí en su tumba se fue a vivir su gato. Los descendientes de ese gato afligido ahora son más de medio centenar, hijos del mismo duelo.

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Los tesoros invisibles

Diomedes Díaz se puso diamantes en sus dientes en 1993; el primer diamante le costó seis millones de pesos en aquellos años. Entró a la muerte con esa dentadura de diamantes, pero ¿qué valor puede tener un diamante en la dentadura de un cadáver? Lo que tiene valor en vida deja de brillar con la muerte, porque lo que realmente brilla es lo que no puede poseerse. Son los tesoros invisibles que no tienen valor comercial: la rosa amarilla con que la mujer se adelantaba al ritual del escritor. Lo intangible es una herencia que no tiene valor, como la herencia que me dejó Honorio, mi padre: su inmenso corazón de hombre sencillo y noble, que cuando se ganó la lotería sintió un tremendo susto, el susto del hombre amenazado de volverse rico. Y se desprendió de lo que había ganado por el camino del azar.

Secretos del muerto

Hay herencias inesperadas y desconocidas que van más allá del ventorrillo o del bazar inmobiliario. Es lo que se descubre más allá de la muerte. Gestos humanitarios y ejemplares que se hicieron con prudencia, sin ínfulas de aparecer en ningún medio o red, sencillamente por regalar un instante de felicidad a un afligido. Después de la muerte de mi padre recorrí algunos de los pueblos donde él había trabajado, en Cereté, Sincé, Mompox y Simití, y en todos ellos me reencontré con personas que lo habían conocido y tenían un recuerdo maravilloso de él. Esa es una herencia maravillosa. No la de vacas o terneros o tierras infinitas y sin alinderar que dejan una herencia de conflictos entre familiares, codicias inusitadas y rencores guardados. Desconfiaba mi padre de esas herencias materiales y reconocía que la más grande herencia que se puede dejar a los hijos es su educación integral. Lo demás puede ser germen de desarmonía. Borges lo dijo mejor: “Que la escasez no me angustie, y la abundancia no me corrompa”.

Los objetos huérfanos

Al mirar los objetos que han acompañado a un ser humano, inquieta y sobrecoge la soledad y la orfandad de ellos. El bastón de guayacán con que el abuelo se apoyaba y delineaba figuras en la arena del patio. El reloj de leontina de mi padre que siguió girando sus agujas más allá de su muerte. Su caligrafía en verde, delgada, como un ciervo que salta en la pradera, su letra fina y redonda para escribir su hombre, para escribir versos secretos o para dejar una señal de admiración en un libro leído.

Los objetos son guardianes silenciosos del paso efímero de los inquilinos de una casa. Conozco gente que colecciona estampillas, monedas, tengo un amigo que colecciona trenes en miniatura y otro que colecciona hipopótamos en miniaturas. Algo del niño recóndito vive en esos amigos que se aferran a esos juguetes, como cuando un niño oye el silbato de su tren y se siente pasajero de ese tren que cruza los rieles. Lea también: Mercedes Barcha, la mujer esencial en la vida y obra de García Márquez

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