Cultural


Siete años de soledad sin Gabo

García Márquez murió al mediodía del Jueves Santo, hora y día exacta en que murió Úrsula Iguarán, uno de sus personajes, la matrona mítica de “Cien años de soledad”.

GUSTAVO TATIS GUERRA

17 de abril de 2021 12:00 AM

Cae la lluvia sobre la tumba de García Márquez en el Claustro de la Merced. En ese cofre de madera pulida donde duermen sus cenizas, tan parecido a la cajita de zapatos en donde intentaron meter a Úrsula, empequeñecida después de su muerte, tan parecido a la otra cajita donde metieron a Gregorio Samsa, el personaje de Kafka. Es como si él mismo hubiera visto todo medio siglo antes de que ocurriera, cuando un día en que se sentía sin tema frente al terror de la página en blanco en la salita de El Universal, se le ocurrió escribir que el jueves no era el mejor día para morirse. Y murió un jueves. Los jueves estaban llenos de presagios en sus cuentos y novelas. Se burlaba de las estatuas que siempre reciben la gracia de los pájaros, y él ahora es una estatua dentro del recinto histórico de la ciudad que compitió con su Macondo mítico. Cartagena de Indias se convirtió en la ciudad que más abasteció de prodigios su ficción nutrida de la historia local y fue la ciudad de su última morada, el lugar donde reposan sus cenizas frente a la muralla que mira al mar, él es ahora un nombre, una historia dentro de las historias de la ciudad y una vida prodigiosa más allá de la muerte. Ahora, Mercedes Barcha y él son la historia de amor que vence a la muerte, dos nombres tallados en el mármol de la memoria. Lo increíble de todo esto es que siete años después de su partida, García Márquez sigue más vivo que nunca, no solo a través de sus libros traducidos a todos los idiomas de la tierra. Está perpetuado como el general Bolívar en los lugares impredecibles: en las plazas, en las calles, en los billetes y en las estampillas del correo romántico de los enamorados, en las anécdotas que siguen naciendo de la memoria de la gente que lo amó y lo admiró, podría decirse que él mismo creó un nuevo género literario en su propia familia y en sus lectores: hablar y escribir sobre García Márquez. Es un caso singular en la historia: su hermana Aída escribió un libro sobre él, su hermano Eligio publicó un libro monumental de cómo su hermano escribió Cien años de soledad, y uno de sus sobrinos, al que cariñosamente llaman Gabo Gabo, también escribió un libro sobre la casa de la familia. Su nieto Mateo Elizondo García escribió una novela para seguirle los pasos y ya apenas empezando el largo camino del arte de contar, acaban de consagrarlo, y además de todo lo anterior, su hijo mayor, Rodrigo García Barcha, también acaba de escribir un libro sobre sus padres, y su amigo cercano Guillermo Angulo acaba de escribir y publicar un libro sobre su amigo cuando no era famoso, cuando era un ciudadano de a pie. García Márquez sigue interpelando la memoria de los caribes y los colombianos, y a sus lectores en el mundo, fecundando delirios en Occidente y Oriente. Los japoneses se inventaron un ron que bautizaron Cien años de soledad. El nombre de García Márquez, el hombre de la historia colombiana más importante del continente, después del general Bolívar, está en tranvías, estaciones del tren, colegios e instituciones, bibliotecas y fundaciones, plazas y hoteles en Roma, Francia, España, México, Cuba, Colombia, para citar algunas de ellas, pero también en las pequeñas aldeas, y Macondo es el nombre de todo en Aracataca: desde el hotel y el motel, el restaurante, el carro recolector de basuras, la heladería, la tienda, etc. Y Macondo y García Márquez están en Cartagena de Indias, en Barranquilla, en Riohacha, en Valledupar, en Sucre-Sucre, en Sincé, en Caimito, en Mompox... En todos los lugares donde pasó, comió, bebió, habló, conversó, bailó, disfrutó. Es un fenómeno que desborda lo literario y cultural, y se transforma en una manera festiva de estar vivo y contando el cuento en cualquier lugar de la tierra. Ningún escritor del mundo, ni siquiera Miguel de Cervantes Saavedra, ni Víctor Hugo, ni Alejandro Dumas, ni William Shakespeare, ni Franz Kafka, ni Pablo Neruda, han tenido la gloria alcanzada en vida y después de su muerte como García Márquez. Ese fenómeno es único en la historia de la literatura. Y que además de escribir obras clásicas como Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera o El otoño del patriarca, para citar tres de ellas, siga ejerciendo un magnetismo más allá de la muerte, como un Rey Midas invencible e inmortal, al que todo lo que tocó o presintió se convirtió en oro, en ese oro intangible y misterioso de la poesía. La idolatría a Gabo no es solo de escritores, sino del pueblo mismo del que bebió y se nutrió en su imaginación, en sus ocurrencias y en sus singularidades. (Le puede interesar: Gabo en El Universal)

Epílogo

Cuando el presidente Belisario Betancur le dijo a García Márquez, después de ganarse el Premio Nobel de Literatura, que su cara sería la imagen de una de las estampillas, el escritor le dijo que aceptaba perpetuarse en las estampillas, pero solo si esas estampillas se destinaban para cartas de amor. Me imagino la cara que puso cuando se enteró de que su imagen saldría en los billetes de cincuenta mil pesos, luego de que ya las caras de otros escritores como José Asunción Silva o Jorge Isaacs habían aparecido en los desgastados billetes colombianos. Silva, que murió arruinado y pegándose un tiro en el corazón, y Jorge Isaacs, que luego de recorrer el Caribe hasta la Guajira, quedó varado en su expedición científica. A García Márquez le daba terror convertirse en un fantasma, en un billete o en una moneda desgastada. Y cuando le preguntaba por la muerte, siempre me decía lo mismo: “No te responderé. Lo peor de la muerte es que es para siempre. Y yo siempre he querido estar vivo siempre”.

García Márquez terminó pareciéndose a su personaje mítico Melquíades en ese arte olvidado de resucitar y de aparecer más joven después de muerto. (Lea también: La casa de los García Márquez)

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