La casa de los García Márquez

26 de julio de 2020 12:00 AM
La casa de los García Márquez
Gabriel Torres García con su tío Gabriel García Márquez en familia en Cartagena.//Foto: Archivo familiar.

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Gabriel Eligio Torres García (Cartagena, 1966) se ha convertido en el guardián de la memoria familiar luego de la partida del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, en 2014, y la de su tío Eligio García Márquez, en 2001. Guardián que, además de recoger la memoria dispersa entre las dos familias y más de siete generaciones de García Márquez, emprendió la aventura de escribir sus recuerdos y el testimonio de los suyos. Sus vivencias de primera mano son parte de este libro, que es una serie de episodios entretejidos de sus familiares, en la que Gabriel García Márquez es protagonista e interlocutor de los ancestros guajiros, sucreños y de la familia que nació en Cartagena, después que se vinieron de Sucre, Sucre, a establecerse en la capital de Bolívar, huyendo del ambiente hostigante de violencia política en la región, pero también del reciente asesinato del amigo de infancia y juventud del escritor, Cayetano Gentile Chimento, cuya familia vivía al lado de la casa de los García Márquez. (Le puede interesar: Libro sobre familia de Gabo escrito por su sobrino)

Gabriel Torres García, al que en su familia llaman Gabo Gabo, recuerda aquellos años de 1951 a través de la memoria de sus padres, quienes oían el tecleo de la máquina de escribir de Gabriel García Márquez escribiendo por las noches su primera novela, que se llamaría La casa. Una copia de la novela La hojarasca quedó entre unas cajas de libros del escritor, junto a los 23 libros que sus amigos de Barranquilla le enviaron cuando se recuperaba de una pulmonía en casa de sus padres en Sucre. Este testimonio reconfirma que desde que García Márquez llegó a trabajar en El Universal, en Cartagena, desde el 21 de mayo de 1948, había empezado a escribir su primera novela, obra que siguió trabajando entre Cartagena y Barranquilla.

Torres García logró dar con la pista de una carta de su tío enviada a Jaime García Márquez, cuando escribía Cien años de soledad, en la que requería detalles con exactitud sobre el instante en que se inicia la masacre de las Bananeras y lo que dijo el general Cortés Vargas a los trabajadores bananeros que estaban en la estación de Ciénaga. Encontró detalles curiosos como el enfrentamiento entre Francisca Simodosea Mejía y el coronel Nicolás Márquez Mejía, contrariada porque había comprado tres indígenas guajiros para el servicio doméstico de la casa en una época en que ya se había abolido la esclavitud. Es el alma de Francisca Simodosea quien le pide al coronel que los bautice y les dé el apellido a los indígenas.

Lo que se percibe en este libro que no tiene la presunción de descifrar ningunas claves de Melquíades, sino por el contrario de ofrecer una visión humana y familiar como contexto en que surge el genio García Márquez.

Imagen familia garcia marquez

Gabriel García Marquez en Cartagena con su esposa Mercedes Barcha, su hijo Rodrigo, su hermana monja Aída, sus sobrino Gabriel Torres García, hijo de Rita, y Nohora García, hija de Gustavo García Márquez.//Foto: Álbum familiar.

Sin duda, estamos ante una familia del Caribe singular pero, a su vez, que sintetiza modos ancestrales de ser, vivir y pensar, de varias regiones de toda la región Caribe, desde La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico, Sucre, Bolívar, etc. La familia de los ancestros maternos guajiros es tan numerosa y compleja en su cultura, como la familia de los ancestros paternos sucreños de García Márquez. Se entrecruzan allí los rituales guajiros, los mitos y las leyendas que nutrieron al niño García Márquez, y los mitos y leyendas de Sucre que también nutrieron al escritor, luego de la muerte del abuelo coronel en 1937, y su retorno al seno breve, efímero pero decisivo en la vida y obra del autor de Cien años de soledad. Creo que aquí no podemos jerarquizar regiones porque el genio bebió tanto de La Guajira, Aracataca, como de Sincé, La Mojana, Sucre, Sucre; Cartagena, Barranquilla, Valledupar, etc. Pero sus primeros ocho años en Aracataca fueron una marca insoslayable para construir su universo personal, que se complementará y enriquecerá con otras experiencias. Pero siempre dijo que jamás había salido de su infancia. Y poco antes de entrar en las lagunas del olvido, la enorme casa de los abuelos seguía gravitando en su memoria. Y luego, por su supuesto, esa vivencia inicial crecería y se decantaría con la experiencia en todas las aldeas del Caribe, ciudades pequeñas y grandes, Bogotá, Zipaquirá, y la vivencia en las metrópolis del mundo, Europa y América Latina: París, Roma, Venezuela, Cuba, Nueva York, México, Madrid, etc.

Un rincón guapo para la historia

Lo que Gabriel Torres García ha vivido en la casa de sus padres: Rita García Márquez, su madre, hermana del Premio Nobel de Literatura; y su padre, Alfonso Torres, son historias que enriquecen lo que ya el mundo conoce del autor de Cien años de soledad.

La casa que él evoca en este libro, además de su propia casa, es la casa de sus abuelos Gabriel Eligio García Martínez y Luisa Santiaga Márquez, en Manga, donde llegaba su tío Gabriel García Márquez.

La casa era algo más que una casa: un espacio de memorias agolpadas que rebasaban más de cien años de augurios, aventuras, delirios y esperanzas. Allí se cumplía un ritual que en su familia han llamado íntimamente Rincón Guapo, el ejercicio memorioso de la tribu para ver quién recuerda más sobre un mismo episodio.

Siempre me pareció una enorme paradoja que García Márquez sea el miembro de su familia que menos vida familiar tuvo en su infancia pero, a su vez, es el que más intensamente atesoró las memorias de las dos familias, la de sus ancestros paternos en Sucre y la de sus ancestros maternos en La Guajira. Fue él quien cumplió la hazaña de reunirlos a todos. Vivió ocho años en la casa de sus abuelos maternos en Aracataca. Y pocos años con intervalos con sus padres en las vacaciones de los años 1943 a 1946, mientras estudiaba su bachillerato en Zipaquirá, y entre 1947 a 1948, cuando estudiaba Derecho en la Universidad Nacional en Bogotá. Luego, su retorno forzado a Cartagena y su reencuentro en 1951 con toda su familia residenciada en Cartagena.

Imagen portada de la casa de los garcia marquez

Portada del libro ‘La casa García Márquez’.//Cortesía.

Gabo Gabo

Tuve noticias cercanas de Gabo Gabo en 2001, con la muerte de Eligio García Márquez, cuando él me envió una semblanza de su tío que publiqué en El Universal. Me sorprende su memoria porque se acuerda de cuando yo fui en 1982 a visitar y a entrevistar a sus abuelos, cuando su tío se ganó el Premio Nobel de Literatura. Pero mi cercanía con la familia fue también con sus padres, y con sus hermanos Alfonso y Patricia, y por supuesto, Rita, su madre, y Alfonso Torres, su padre, con quien conversábamos por las tardes en el bar de Eparkio Vega.

Ahora, al leer su libro, he recordado que en esa casa que él evoca, estuve en días de alegría y duelo, cuando asistí tanto a los funerales de Gabriel Eligio como de Luisa Santiaga. Conservo entre mis recuerdos una foto que jamás publiqué de García Márquez cargando el ataúd de su padre junto al gobernador Arturo Matson Figueroa, y otra foto de Luisa Santiaga visitada en los días en que su hijo ganó el Premio Nobel de Literatura.

Sus padres lo animaron a sentarse a escribir estos recuerdos para este libro. ¡Hazlo, pero no de noche, como hacía tu tío! La máquina de escribir de García Márquez era como una gota de lluvia cayendo sobre el techo y no los dejaba dormir. A veces, Jaime iba a dormir en el cuarto con su hermano, y el escritor le decía que no hablara tanto porque lo desconcentraba. Así que toda la noche y parte de la madrugada el tecleo se mantenía activo. García Márquez dormía de día y trabajaba de noche y por la madrugada.

El sobrino mira el pasado y lamenta que en ese cuarto donde dormía su tío estaban las cajas de los libros y una copia de su primera novela que su tía Ligia terminó regalando para que otro la vendiera al mejor postor. En las fotos que conserva del tío célebre está en una mecedora de plástico con sus piernas levantadas en un banquito.

Gabriel Torres García se siente como un buzo que ha descendido a un barco sumergido a encontrar los restos de un tesoro disperso en la familia. Los recuerdos de un genio que estuvo tan cerca de él, un tío que se propuso escribir desde muy joven un libro que fuera mejor que El Quijote, una novela donde los muertos resucitaran como Lázaro o Jesús y las vírgenes levitaran y ascendieran al cielo, como en La Biblia.

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