Facetas


Adolfo Pacheco: el juglar de los Montes de María en su Hamaca Grande

A sus 82 años, Adolfo Pacheco (San Jacinto, 1940), es uno de nuestros clásicos vivientes. La Hamaca grande (1969) sigue meciendo a Colombia.

GUSTAVO TATIS GUERRA

22 de enero de 2023 12:00 AM

Adolfo Pacheco Anillo (San Jacinto, 1940) es considerado el Juglar de los Montes de María, porque su música es patrimonio de los bolivarenses, de los sabaneros, de la región Caribe y de Colombia. Sus canciones están en la memoria colectiva y resuenan todas las semanas en San Jacinto y en el resto del país. Cuando compuso su célebre canción La hamaca grande (1969), cuya primera grabación es de 1970, la canción se convirtió en un himno de los sabaneros y en uno de los clásicos de la música popular colombiana. Ha tenido cerca de ochenta versiones en diversos países como Colombia, Venezuela, México, Perú, Panamá, Costa Rica, Francia, Estados Unidos, entre otros, según el rastreo del investigador Ángel Massiris. Pacheco ha grabado cerca de 250 canciones, de las cuales 150 de ellas, son composiciones y melodías propias.

Lea aquí: Atención: revelan parte médico de Adolfo Pacheco tras accidente

La génesis de La hamaca grande, surge de una polémica musical de los sabaneros que participaban en el Festival de la Leyenda Vallenata y eran descalificados porque las canciones que participaban por San Jacinto o las sabanas del Bolívar Grande, no encajaban dentro de los cuatro ritmos que exigía el festival: paseo, son, merengue y puya. “Cuando Andrés Landero se preparaba para concursar por primera vez en el Festival, en mi tierra, San Jacinto, le advertí que Maritza, la pieza que iba a presentar como puya, era, en realidad, un rumbón y no se la iban a aceptar como puya a pesar de estar acompañada con ese ritmo”, cuenta Adolfo Pacheco. Lea también: Carlos Vives envía mensaje de aliento a Adolfo Pacheco, grave tras accidente

“No sé si el jurado de esa ocasión se dio cuenta del desacierto, pero después supe que, para definir el primer puesto, el jurado consideró que la ventaja estaba en la puya y así ganó Colacho. El rumbón que era del dominio de Andrés Landero no se encasillaba dentro del vallenato”.

Homenaje a Adolfo Pacheco en las instalaciones de El Universal en noviembre de 2022. // Foto: Aroldo Mestre.
Homenaje a Adolfo Pacheco en las instalaciones de El Universal en noviembre de 2022. // Foto: Aroldo Mestre.

La hamaca grande mece al país

El reclamo de Adolfo Pacheco a Consuelo Araújo y a los organizadores del Festival de la Leyenda Vallenata de encasillar la música en solo cuatro ritmos y clasificar todo lo que suene en acordeón como música vallenata, se argumentó no solo con la creación de La hamaca grande, una canción que hoy es uno de los clásicos de Colombia, un reclamo que además busca la reconciliación entre la música del Valle de Upar con las sabanas del Bolívar Grande, que incluye a Sucre y Córdoba. Y reivindica la existencia de una narrativa y una poética inspiradora con mitos y leyendas que enriquecen la tradición popular. El Cerro Maco y los Montes de María entraron en esa narrativa y en esa poética en la obra musical de Adolfo Pacheco, y esa visión la enriqueció el compositor con argumentos musicales, socioculturales y documentándose en la tradición popular y en la historia.

Adolfo redefinió lo que era vallenato y sabanero, y amplió un concepto musical en el que beben mutuamente las dos regiones. El Valle de Upar bebe de las fuentes de las sabanas y las sabanas beben de las fuentes del Valle de Upar. Acordeoneros de Valledupar y acordeoneros de las sabanas han enriquecido mutuamente las manera de interpretar una misma canción, una experiencia híbrida que tiene singularidades, influencias y aportes en cada región.

El acordeón llegó a la sabana cruzando los paisajes más disímiles, del desierto al mar, de la montaña y la sierra a la sabana.

Adolfo Pacheco, nacido en San Jacinto, logró con su clásico La hamaca grande, recordar que las sabanas de Bolívar, además de interpretar el acordeón en más de cuatro ritmos, tiene su propias leyendas.

“Cuando el acordeón llegó a las sabanas, asimiló ritmos europeos como el vals, la danza y la contradanza, ritmos nacionales como el bambuco y el pasillo en mayor, algunos ritmos cubanos como la ranchera y el corrido, y ritmos regionales del Caribe colombiano como la cumbia, el porro, el fandango, el bullerengue, el mapalé y el chandé. De la mezcla y combinación de todos estos ritmos se fueron dando a principios del siglo XX híbridos como el paseo, que se asemejaba a los ritmos cubanos, al porro y a la cumbia de los pitos, y el merengue, emparentable con el bullerengue y el fandango”, precisa Adolfo.

Un clásico viviente

Adolfo Pacheco es un clásico viviente del folclor y la música popular colombiana. Además de ser el autor de La hamaca grande, es celebrado por canciones bellas y entrañables en el patrimonio regional y nacional como El viejo Miguel, El mochuelo, El profesor, El pintor, Mercedes, Te besé, Gallo bueno, El rey Midas, Oye, El desahuciado, El tropezón, El cordobés, entre otras. Adolfo es Abogado de la Universidad de Cartagena, fue diputado por Bolívar y por Atlántico. Es un caso excepcional porque además de compositor e intérprete, es investigador. Es el autor del ensayo Vallenato Sabanero que publicó el Observatorio del Caribe en su libro Respirando el Caribe, Memorias de la Cátedra del Caribe Colombiano, compiladas por Ariel Castillo Mier en 2001.

Ese texto es un documento esclarecedor sobre las diferencias, cercanías y encuentros, fusiones e hibridaciones entre la música del Valle de Upar y la música de las sabanas de Bolívar.

Hay en todas sus canciones una historia vivencial, autobiográfica que narra amores y desamores, escenas cotidianas, tradiciones, costumbres, bellas y profundas liturgias montunas, provincianas, de alta belleza poética y narrativa. Esas canciones narran historias de la región montemariana, y nos reconcilian con lo mejor de nuestras herencias mestizas, en donde se cruzan como en una filigrana, lo indígena, lo africano y lo europeo. Adolfo es uno de nuestros genios musicales que cualquier escena cotidiana, en el patio, en la plaza, en el monte, en la intimidad de un cuarto, logra en sus manos convertirse en una epopeya para sentir y bailar. Una de las sorpresas que vive cada vez que viaja es escuchar en cada estación una canción suya que el viento dispersa y toca el corazón de todos.

  NOTICIAS RECOMENDADAS