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“Al mar hay que tenerle respeto, no miedo”: historia de un salvavidas

Esta es la historia del cartagenero Luis Enrique Peña, un apasionado que cuenta cómo aprendió a nadar y qué lo motivó a salvar vidas en las playas de Bocagrande.

Yarissa Pérez - Revista Visor

Esta es la historia del salvavidas Luis Enrique Peña. Su experiencia lo ha dotado de sabiduría para asumir su oficio con berraquera, amor y pasión. Para él, entender las dinámicas del espacio donde trabaja, lo hace un socorrista intuitivo y apasionado, fiel creyente en los misterios que acarrea el mar y a la obediencia que se le debe tener en todo momento. Le puede interesar: Después de 21 años, salvavidas de Cartagena por fin tendrán contrato digno

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A las 5:15 de la tarde, en las playas de Bocagrande, se escucha el sonido de la brisa al juntarse con las olas del mar. Bienestar y calma es precisamente lo que conecta a Luis Enrique cuando llega a este, su lugar de trabajo. Un verdadero privilegio en medio de su ardua rutina.

A pocas horas de finalizar su jornada, se despide del mar con añoranza, pero sabe que al día siguiente y el que viene después y el otro, regresará.

El sol, como acompañante, prevalece tenue, mientras Luis Enrique desempeña su trabajo hasta caer el atardecer. Sabe que su responsabilidad, la de salvar vidas, es la que genera confianza a turistas y bañistas.

Luis Enrique siempre ha sido un fiel creyente de que el mar tiene un simbolismo mucho más trascendente y sobrenatural de lo que algunos creen: es un canalizador de sentimientos. A los tres años tuvo su primera relación con el mar y desde ahí se formó un vínculo intrínseco “que solo Dios podrá romper’’, dijo.

Haber nacido en Soplaviento (Bolívar), municipio que colinda con el río Magdalena, hizo que su experiencia con el agua se fortaleciera con los años. A través de la recreación y el juego, de esos días llenos de travesuras con los amigos, el río se convirtió en su patio de entretenimiento. Su encuentro con el Magdalena era místico y obligatorio, sin importar los regaños y prohibiciones de sus padres. Y es que vivir cerca al río es un privilegio y un regalo que Luis Enrique agradece desde que se levanta hasta que se acuesta, porque sabe que todos los días trabaja en lo que más sabe hacer: nadar.

Cuando habla de su niñez afloran sus sentimientos. Contó que un hecho doloroso lo marcó para toda la vida: el abandono de su madre. Enseguida, se le cae la mirada como si estuviera triste. Él prefiere no hablar del tema, pues recuerda cuánto la necesitó en muchos momentos de su vida y ella no estuvo para apoyarlo. Para él, es una herida que sigue latente.

Aprender a nadar es más que una técnica. La persona debe querer, porque el querer hace al poder, y el poder construye la confianza. Al final se nota cuando nos acercamos al agua con confianza. Hay que estar relajados y tranquilos para aproximarse a nadar”

Luis Enrique Peña.

A sus 36 años no solo trabaja, sino que también estudia Atención Hospitalaria. Su inspiración para hacer ambas cosas son su esposa y sus dos hijos, de tres y doce años, criados bajo el respeto y el amor por el mar luego de que Luis les enseñara a nadar, una actividad tan importante para él en sus hijos al igual que enviarlos a la escuela e inculcarles el cuidado por el medio ambiente.

Ha trabajado de salvavidas por siete años. Su referente más cercano fue un primo suyo, el primero en la familia en dedicarse a este oficio.

Se despierta a las 4:30 de la mañana, luego sale desde el corregimiento de Bayunca, a 28 kilómetros de Cartagena, muy cumplidamente hacia su lugar de trabajo, y 10 minutos antes de las 8 de la mañana, ya está en la playa asignada, pues “todo el personal debe estar puntual”, reconoce.

Labor de un héroe

Cuando llegan los salvavidas a la zona de playa, lo primero que hacen es analizar el mar, sus condiciones y las características en las que se encuentra. Luego, informan a sus superiores si las condiciones del mar están aptas para que los bañistas accedan, pues muchas veces con la cantidad de olas se intuyen muchas cosas que pueden o no suceder.

Cada vez que Luis Enrique ingresa al mar evoca esta oración: “Te respeto, recibo tus dones tranquilizantes e ingreso sabiendo tus límites”, y la repite día tras día, sobre todo en los momentos de crisis y angustias cuando se lanza a un rescate.

“Al mar hay que tenerle respeto, no miedo”: historia de un salvavidas

15 minutos antes de las 9, Luis Enrique ya está en su lugar de trabajo, en Bocagrande.

Controlar las acciones imprudentes de los bañistas es una lucha constante para Luis, y asegura que la responsabilidad es igual de grande cuando se trata de asistir a visitantes nativos y a turistas.

“Nos toca estar muy pendiente cuando hay alcohol de por medio, porque ahí es cuando les gusta ingresar a las playas, embriagados, no siendo conscientes del peligro que acarrea para sus vidas”, explicó.

El joven salvavidas tiene una libreta en la que anota todo lo aprendido en los diferentes cursos para socorristas a los que ha asistido y de vez en cuando la repasa. Ahí se leen historias sobre los primeros salvavidas que se forjaron bajo una necesidad, como la mayoría de cosas en el mundo de los naufragios y las afectaciones climáticas: eran pocas las personas que sabían nadar y por eso se perdían muchas vidas.

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salvavidas entraron a la planta de personal del Distrito después de 21 años. Desde agosto están vinculados en cargos de carrera administrativa en modalidad provisional.

En 1777, en Ámsterdam (Holanda) se fundó una sociedad para rescatar personas ahogadas, época en la que solo enseñaban primeros auxilios, hasta que en 1786, en Estados Unidos, empezaron a profesionalizar a estos rescatistas no solo en primeros auxilios, sino en la protección y la seguridad que deben recibir los bañistas, y fue así como se conformaron varias asociaciones, se compartía conocimientos sobre las habilidades acuáticas, lo que permitió el desarrollo de varias asociaciones más, hasta que, finalmente, se constituyó oficialmente.

Mientras me cuenta su historia, Luis Enrique dice que admira y tiene como referente a Myron Cox, uno de los primeros socorristas profesionales, y a Óscar Camps, un guardavidas que admira profundamente, pues trabaja con voluntarios en cuerpos marítimos entre Europa y África, en los que, constantemente, los migrantes intentan cruzar por las aguas del Mediterráneo ni comparación con el mar Caribe. De Camps dice que ha rescatado a más de 70 mil personas de las aguas, un claro ejemplo de vocación y pasión con la que se ejerce este oficio.

Luis Enrique atestigua que las condiciones laborales de los salvavidas en Cartagena mejoraron. Ahora, el salario que reciben es responsabilidad del Estado y se ajusta a un contrato digno con mayores garantías laborales, algo con lo que les tocó lidiar por años.

De las experiencias más difíciles y frustrantes que más recuerda Luis fue la pérdida de un menor de edad en las playas de Bocagrande, suceso del que dice pudo terminar peor y ocurrió por la insensatez de los padres. “A los niños hay que tenerlos muy vigilados, demasiado, diría yo. Un simple descuido puede ser fatal”, afirmó.

El mar tiene vida. Siente. De eso está convencido Luis aunque muchas personas crean que es solo un mito.

“El misterio que hay en las profundidades del mar, en las variaciones de su temperamento –como lo llamo yo– simboliza mucho más de lo que está científicamente sustentado para argumentar estas condiciones, hay un más allá y una fuerza sobrenatural que conecta con las entrañas. Yo lo siento así, y la mayoría de los salvavidas lo saben”, apuntó.

Por su parte, Luis considera que en Cartagena al ser turística se puede crear una asociación de socorristas más actualizada, en la que se ponga en práctica las nuevas tecnologías que permiten aumentar el nivel de cuidado y el rescate para bañistas.

Luis Enrique Peña ha constatado, con el pasar de los años, que el miedo no es el mejor amigo del mar: tensiona, limita e impide que muchas personas aprendan a nadar y a conectarse con el mar.

“Hay que tenerle respeto, pero no se debe confundir con la sensación del miedo”, sentenció.

Para este héroe de la bahía, más que una vocación, ser salvavidas es tener una conexión con toda una vida de felicidad si se está cerca del mar.

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