Crónica: Bajo la sombra del Palito de Caucho

09 de febrero de 2020 12:00 AM

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Ahora las ramas del palito de caucho airean la memoria de más de medio siglo de historia. El pequeño palito de caucho con sus hojas brillantes se sembró en el antiguo caño de San Anastasio, cuando se construyó la avenida Venezuela. Era una familia de palitos de caucho y fueron sembrados frente al Palacio Nacional, la Caja Agraria y cerca del Banco de Bogotá.

Así lo recuerda el ambientalista Rafael Vergara Navarro, quien ante la caída estrepitosa del viejo palito de caucho cerca a la Torre del Reloj, trajo uno pequeño y lo sembró con apoyo de amigos y vecinos en el mismo lugar. Descubrieron que ese viejo árbol caído estaba sembrado en una placa de cemento y las raíces se desviaron a las puertas de la institución bancaria.

El funcionario de aquella época tomó medidas drásticas cuando vio unas baldosas levantadas de la entrada del banco y contrató a unos tipos para iniciar el despojo de las raíces, y el método fue envenenar gradualmente al árbol hasta derribarlo.

Cuando resembraron el nuevo palito de caucho, quitaron la placa de cemento y lo sembraron planeando su destino vertical y su pública libertad espacial que no afectara el entorno privado.

Al evocar la memoria de estas raíces, Rafael Vergara se va más allá y se devuelve al instante de 1815 en que Pablo Morillo entró por la antigua puerta colonial de la ciudad que estaba cerrada y cuando la abrieron el olor a muerte de los cadáveres descompuestos invadió el aire de aquel diciembre. El caño de San Anastasio iba de la bahía de las Ánimas a la laguna de Chambacú. Getsemaní estaba separado a través de un puente levadizo. Todo era agua. La bahía rodeada de caños y ciénagas.

Los tres palitos de caucho del Centro amurallado han dado sombra y frescura a “los días que uno tras otro son la vida”, como dijera el poeta Aurelio Arturo. Los tres son parte de la memoria y la nomenclatura, pero solo el que está cerca a la Torre del Reloj es el que se lleva los honores de la memoria colectiva.

“Nos vemos en el palito de caucho”, es una dirección que no tiene pérdida.

¿Cuál de los tres palitos de caucho? La gente piensa de inmediato que es el que está cerca de la Torre del Reloj, en el parquecito de los emboladores y los patacones dorados con queso de Arjona.

Bajo la sombra del palito de caucho hicieron sus nidos las mariamulatas, y en su regazo de hojas surgieron negocios efímeros y perdurables, amores de paso y pasiones borrascosas. El peregrino buscó su sombra para beberse una Kola Román con un patacón, que es una obra de arte forjada con plátano verde a puñetazo limpio entre la madera y el agua. Un patacón tiene a su vez el sabor de lo que le rodea: una mujer a punto de despuntar, el sabor de la madera en una embolada de zapatos viejos y una conversación ociosa y divertida sobre la inmortalidad del cangrejo. El viejo palito de caucho ha sido testigo de amores y pleitos, ilusiones y venganzas, y está plantado muy cerca del lugar donde fusilaron y descuartizaron a los mártires. El árbol acoge con paciencia maternal y vegetal la lujuria y la piedad de los cartageneros que convirtieron al árbol en señal de los pasos sin huellas o en guía para los desorientados que vienen por primera vez a la ciudad amurallada.

El viejo palito de caucho se cayó un sábado y el lunes ya había uno nuevo. Recuerdo que la despedida del viejo árbol y la bienvenida al nuevo se hizo con poesía y un poco de música. Rafael Vergara le dijo al alcalde Paniza una frase que puede figurar dentro del anecdotario de la picaresca local: “Nadie podrá echarte en cara, querido alcalde, que se te cayó el palito de caucho, porque ahí está de nuevo”, dijo Rafael con una carcajada sonora.

Ahora es a William Dau Chamatt a que se le desploma sin su culpa, por supuesto, el viejo palito de caucho de la Caja Agraria.

Testigos de la historia

Junto a los palitos de caucho que se sembraron en el viejo caño de San Anastasio, se sembraron en el corazón amurallado de Cartagena palmeras y almendros y, muy cerca del Centro, otras especies robles, almendros, marañones, ceibas y macondos, y los que no nacimos bajo esas sombras las sentimos en los poemas o en las novelas de sus escritores. En los años treinta, Daniel Lemaitre nombra a los enormes macondos que ya estaban sembrados desde el siglo XIX entre nosotros, antes que un genio de Aracataca los nombrara. Entre macondos, castaños y ceibas de la memoria descubrimos otra historia contada por Roberto Burgos Cantor. Y entre ceibas y camajorúes, sentimos la frescura de la majestuosidad del árbol cantado por el poeta Rómulo Bustos Aguirre. Y entre camajorúes y almendros tuvimos noticias en las novelas de Héctor Rojas Herazo. Y entre cauchos, bongas, guayacanes y ararás supimos por los poemas de un cronista muy cercano y de cuyo nombre no quiero acordarme. Con esos guayacanes del tiempo los niños de Cartagena giraron sus trompos sobre la tierra del viejo caño de San Anastasio, donde ahora crecen los palitos de caucho.

Árboles desahuciados

En los últimos veinte años, Cartagena desahució árboles porque sus raíces ansiosas de espacio terminaron invadiendo los conductos del agua y el alcantarillado. Uno de esos árboles fue el laurel de hojas brillantes que estuvo sembrado al frente de muchas casas y edificios. Con la copa de esos árboles, la gente se ingenió para hacer arcadas de hojas y darles las formas inimaginables: de corazones y de pájaros. Pero bastó que alguien dijera: “Ese árbol invade todo. ¡Hay que desterrarlo!”. Y fue desterrado.

Lo mismo ocurrió con el caraqueño que alguien trajo de Venezuela y cuyas hojas amarillas y verdes muy vistosas y brillantes eran un espectáculo. El caraqueño se popularizó tanto que se sembró por toda la ciudad, pero una mañana despertamos con la noticia espantosa de que el árbol producía vitiligo, y todo el mundo empezó a destrozar los árboles. No quedó un solo caraqueño. “Calumniaron al pobre arbolito y lo acabamos en Cartagena”, dice Rafael Vergara.

Hace muchos años, un alcalde de Cartagena trajo de Cúcuta un arbolito que sembró en toda la ciudad: el oiti, licania tomentosa, perteneciente a la familia Chrysobalanaceae. Es originaria del este y sur de Brasil.​

Cuando vino Obama sembramos tantos árboles en el menor tiempo solo para lucirnos de manera efímera y cuando se fue el ilustre invitado, los árboles empezaron a morirse. Los árboles tienen pocos dolientes. Uno de ellos, que se ha mantenido en treinta años, ha sido Aroldo Rodríguez con su Fundación Verde que te quiero verde. Se asesora de los mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta para conocer el origen de los árboles que siembra.

Caída y ascenso

¿Por qué se caen los palitos de caucho en Cartagena?

La culpa no la tienen los palitos de caucho sino los mismos cartageneros que el día que siembran el árbol ya creen que han cumplido con su deber y lo abandonan a su suerte. El palito de caucho que se cayó no tenía mantenimiento en primer lugar. Y estaba sembrado en un área restringida y apretujada, ahogado y debilitado, y cuyas ramas buscaban la libertad del viento. Inclinado hacia la búsqueda de esa luz y esa libertad, ya no tenía fuerzas para mantenerse en pie. Les ocurre a los seres humanos también. Y se caen si no se cuidan y no se hacen mantenimiento.

Rafael Vergara propuso a las autoridades de inmediato resembrarlo y salvarlo de la muerte. No se puede prescindir de la sabiduría de un viejo árbol que ya conoce los vaivenes de las estaciones y las inclemencias de nuestros desatinos, por preferir a un árbol nuevo que no conoce en qué tierra lo plantan.

Así que el palito de caucho merece su propio espacio, como lo tiene el de la Ermita del Pie de La Popa. Sus ramas prodigan frescura, crean un microclima y se vuelven cómplices de las adversidades y esperanzas de los cartageneros.

Epílogo

Rafael Vergara conserva las fotos del palito de caucho caído bajo una tormenta de un sábado hace tantos años. Y las imágenes del nuevo palito de caucho que se sembró en aquel entonces y aún se mantiene.

Cree que el que se ha caído y resembrado aún puede recuperar la libertad perdida y crecer con sed de vientos y vocación de memorias en la tierra arisca del caño de San Anastasio donde ahora está la avenida Venezuela.

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