Crónica del que no se ganó la lotería

25 de agosto de 2019 12:00 AM

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Los lunes, a las siete de la noche, en la Boca del Puente, se sorteaba la lotería de la ciudad y el departamento en cuatro ruedas que giraban en las manos de cuatro muchachas contratadas para eso. A veces, no eran unas muchachas, sino reinas de belleza, modelos, políticos invitados o personajes públicos. Eran unas ruedas enormes de acero y la gente se apostaba al frente para ver llegar la suerte del quintico o de su premio mayor.

Junto a las cuatro personas elegidas para girar las ruedas de la suerte, estaba el eterno Oswaldo, transmitiendo para la radio cada uno de los secos y el premio mayor. Funcionarios de la misma lotería asistían a ese ritual semanal e incluso secretarias y empleados de la misma lotería que anotaban el premio para hacerlo público en un telegrama a las agencias en aquellos tiempos.

En esos lunes vi la escena de alguien que tenía en su bolsillo una fracción de lotería cuyo número terminaba en siete. A medida que giraba la primera rueda, el hombre flaco que de tanto mirar la rueda en movimiento apretaba las manos diciendo cada uno de sus números: ¡Tres! La rueda quedaba oscilando entre el dos y el tres, y el tipo sacudía sus dos manos en el aire: ¡Tres! ¡Tres!, como si le diera una orden oculta a la rueda. De repente, la rueda se detuvo en el dos. El tipo golpeaba su puño derecho contra la mano izquierda abierta. “¡Malaya sea!”, decía, contrariado por su suerte. La segunda muchacha de la rueda esperó que el locutor dijera las palabras aprendidas de todos los lunes: “Ahora viene la segunda rueda de suerte”.

El tipo flaco, nuevamente con su fracción de lotería en mano, comprobó que su segundo número era el cinco. Entonces empezó a pulsear: ¡Cinco! ¡Cinco! Pero no era él solo.

Había una tribu de pulseadores que apostaba a sus cuatro números para salir de la pobreza histórica y entrar como pez en el cielo de la riqueza instantánea.

Premiado por su ilusión

Aristóbulo, un viejito de casi noventa años que ya no podía con su alma, subió el jueves por la tarde, casi a gatas, cargado por siete nietos y tres de sus hijos, las escaleras de la sede de la Lotería de Bolívar, en la calle San Juan de Dios, donde años atrás había sido la sede inicial del diario El Universal.

El viejito traía en el bolsillo de su guayabera color arena el billete del posible premio mayor de ese lunes. Todos los que lo acompañaban se veían trasnochados por una fiesta que empezó la misma noche del lunes en Santa Marta apenas vieron la noticia del premio en los periódicos, y continuó el martes y el miércoles y parecía no parar. Empezó en el patio de la casa y siguió en la plaza, con un sancocho gigantesco, siete vacas, cinco marranos sacrificados y ron para todo el mundo. Aristóbulo nunca había gastado en una fiesta propia y menos en una fiesta tan pública, donde le aparecieron parientes de los que tenía más de medio siglo sin verlos. Llegaron con la noticia del premio de la lotería.

La joven que debía escuchar y anotar el premio mayor estaba abrumada y agobiada por un embarazo de ocho meses y, cuando el locutor dijo los cuatro números con la serie, ella anotó el número ganador: 1378 serie 13, pero el locutor, también en su alfabeto vertiginoso, dijo: serie 13, cuando en verdad era 03. Por ese cero convertido en 1, se alteró el corazón de Aristóbulo al ver los números del premio mayor en un cartelito en la plaza de Santa Marta. “¡Nojoña! ¡Nojoña!”, dijo con una alegría que le puso los pelos de punta. “¡Me gané la lotería! ¡Me gané el premio mayor!”. Aristóbulo miró su billete y los números eran 1378 Serie 13. No había duda. Pero al llegar a Cartagena, a la sede de la Lotería de Bolívar, el gerente y empleados comprobaron que el premio era el número 1378 serie 03. Llamaron a la joven embarazada y ella admitió un error que le costó una suspensión y una demanda a la empresa. Al pobre Aristóbulo no le alcanzó lo que le dieron por la demanda, que era una migaja, y quedó endeudado con la fiesta de los marranos y las vacas sacrificadas.

Años después, Alcides, otro viejo cartagenero cercano a los noventa años, se ganó el premio mayor y llegó a la sede de la lotería con todos sus hijos y nietos, a reclamar el premio. Ya no le alcanzaba la vida para gastarse más de doscientos millones de pesos de aquella época, y lo que hizo fue una piñata de dinero con su familia, que creció con la noticia del premio. Y le generó una disputa con sus dos mujeres y una tercera que parecía su enfermera privada. Mujeriego el viejo.

Historia de la lotería

Fue Eduardo Román Polanco, un cartagenero nombrado médico de Colombia ante la junta constructora del Canal de Panamá, quien le propuso a Rafael Núñez crear la Lotería departamental en Cartagena, en 1880.

Núñez se negó de entrada al recordarle que era su cuñado, pero Eduardo lo convenció más tarde y le precisó los beneficios. Eduardo sería más tarde socio de la Lotería Nacional de Panamá. Con los reglamentos de la lotería panameña, se hizo la de Bolívar. Se diseñó la Ley 45 de 1883. Se pensó como gerente a Rafael De Zubiría, que vivía en Panamá, pero finalmente se nombró a Lázaro Pérez Ucrós. El primer sorteo fue el 1 de enero de 1885. El quinto del billete costaba 10 centavos. Años más tarde, se aprobó la ordenanza 15 de 1943, en cuyo primer artículo se precisa que la lotería sería “una dependencia de la Secretaría de Hacienda del departamento, con un administrador nombrado por el gobernador, así como sus empleados y subalternos, y sus sueldos no podían ser mayores a mil pesos”. El primer sorteo de ese año fue el 3405 y lo ganó Federico Heidmann, con un billete fiado a la lotera Manuela Aguirre, según los recuerdos de Alberto H. Lemaitre.

Al primer gerente, Lázaro María Ucrós, le siguieron: Bartolomé Martínez, Vicente Bustamante Iriarte, Manuel Carrasquilla Del Río, Luis F. Lengua, Ricardo De La Vega, Roberto Méndez Villarreal, Víctor Carrasquilla, Antenor Barnoza Avendaño, Manuel Domingo Rojas, Rafael Ignacio Escorcia, Augusto ‘El indio’ Fernández Díaz, Nicolás Badrán, Rubén Fernández Pinedo, Joaco Berrío Villarreal, César Arrieta Vásquez, entre otros. La empresa fue liquidada en 2012. Liquidarla le costó al departamento cerca de 6.500 millones de pesos.

Increíble que, durante más de ciento veintisiete años, tanto la lotería como la licorera sostuvieran la educación y la salud en el departamento. Dos derechos básicos y esenciales en manos del azar y el vicio.

Números en un pez

A finales del siglo XX, ocurrieron muchas historias que podrían ser el capítulo de una novela fantástica: la quiebra de las loterías y empresas de apuestas y chances, primero, por los gérmenes de la corrupción que ocurría dentro y fuera de ellas mismas, pese a la buena voluntad o el decoro de ciertos administradores, la guerra de la corrupción fue minando las instituciones públicas y privadas, y aparecieron los carteles de drogas en los ochenta, las bandas de estafadores y manipuladores de las ruedas de la suerte. El clímax de desconfianza llegó a tal altura, que las ruedas de la suerte tuvieron que ser vigiladas y los sorteos tenían que contar con la presencia de alcalde, contralor, un oficial de control interno de la lotería o las apuestas. Las ruedas Fichet de las 26 loterías del país y las máquinas neumáticas fueron vigiladas, porque se descubrió en muchas ciudades del país que había especialistas en electrónica y mecánica que habían diseñado un sistema para hacer que las ruedas se detuvieran en determinadas combinaciones de números. Paralelo a esta realidad, surgió otra aún más insólita e inverosímil, la de quienes decían haber visto los cuatro números del premio mayor en la cola de un pez o en el caparazón de una tortuga. En junio de 1999, una señora de Barranca Nueva, en Calamar, llegó a San Juan Nepomuceno vendiendo bocachicos y una señora compró uno al que le descubrió los números 6238 en la cola del bocachico. Regó la noticia y todo el pueblo compró ese número. Se ganaron chances por más de cuarenta millones de pesos. En el Mercado de Bazurto alguien se ganó la lotería, el primer seco de la Lotería de Nariño, al ver el número 1346 en las escamas de un bocachico. Otra señora de Luruaco vio los cuatro números en las patas de una rana y se lo dijo a todo el mundo, y 200 personas compraron la lotería y se la ganaron. 300 habitantes de Turbo se ganaron 1 millón de pesos al comprar un billete de lotería con el número 1124, que una mujer había visto en las escamas de un pez. La agenda vendedora de chances se declaró en quiebra. Detrás de toda esa realidad fantástica, coexistía una banda de estafadores que alteraba las ruedas y el orden de las ruedas y, al saberse ganadores de antemano por la manipulación de las ruedas, empezaron a ser los nuevos prestamistas errantes de los pueblos. Empresas de Urabá, Baranoa, Cartagena y Barranquilla quebraron al poco tiempo. La alerta del fraude en loterías y chances se había anunciado desde 1995.

Epílogo

En ese reino de las empresas de loterías, conocí seres de alma incontaminada como Rafael Ulloa, el jefe de contabilidad de la Lotería de Bolívar, caballero integral de Sincé, que más allá de su medio siglo siguió estudiando con la misma pasión del lector joven. O el singular Augusto Fernández Díaz, al que todos llamaban El Indio Fernández, siempre perfumado en el hablar y en el actuar, a quien se le ocurrió dotar las salas de las oficinas de la empresa de azar con obras de artistas de Cartagena.

Las quiebras de esas empresas no las produjeron los numeritos encontrados en las escamas de los bocachicos o en la caparazón de las tortugas, sino los pésimos manejos administrativos, y el germen incontenible de la corrupción que asolaría a la región y el país.

La rueda gira detenida en el tiempo de aquel lunes en las manos de una muchacha que deja caer su cabellera en el aire. El tipo flaco vuelve a golpear su puño. Aún espera salir de su pobreza.

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