El día que el hombre pisó la Luna

21 de julio de 2019 07:17 PM
El día que el hombre pisó la Luna
Neil Armstrong, el 20 de julio de 1969, en la Luna. //Foto: archivo de la nasa.

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Lo que más le sorprendió al deslizar sus pies en el suelo lunar, desafiando la falta de gravedad, fueron las enormes rocas “del tamaño de un automóvil” y la soledad azulada y transparente en las pendientes empinadas.

Así evocó Neil Armstrong las dos horas y media en que caminó por la Luna, el 20 de julio de 1969, hace medio siglo. Sus palabras quedaron flotando para siempre en la luna de la historia: “Un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la humanidad”. Poco antes de morir, en 2012, a sus 82 años, volvió a evocar aquel instante y precisó que el punto de alunizaje de la nave “no era un buen lugar en absoluto”. Había muchas rocas, y a Aldrin le tocó “tomar el control manual, en dirección oeste”. Buscó un área pareja y “allí pude bajar antes de que nos quedáramos sin combustibles. Teníamos apenas veinte segundos”.

Neil Armstrong era el comandante de la primera misión lunar en el Apolo 11, junto a los astronautas Buzz Aldrin y Michael Collins. Aldrin era piloto del módulo lunar y Collins tenía la misión del módulo de mando y servicio, dentro de la nave.

“Es el viaje más audaz de la historia”, dijo el periodista norteamericano Ira Wolfer, Premio Pulitzer, quien escribió una crónica alucinante y de primera mano sobre el viaje a la Luna, en la edición #344 del mes de julio de 1969 de la revista Reader’s Digest, que mi padre trajo a casa y aún conservo.

“El comienzo del viaje es muy tranquilo”, empieza diciendo el periodista en aquella nota.

“Como una bandada de luciérnagas empieza un temblor de lucecitas verdes a lo largo del tablero de instrumentos. Bajo el cristal de los cuadrantes las agujas empiezan a moverse en silencio, atravesando líneas invisibles. Luego, desde el Centro de Control de Lanzamiento, a tres millas y media de distancia, una voz en los audífonos dice suavemente: ‘Están en ignición’”.

El cronista dice que la cabina es pequeña y está en lo alto de una columna de combustibles y motores que mide como un rascacielos de 35 pisos. El bramido del despeje es lo más parecido a un trueno del juicio final. La bala pesa 3.200 toneladas y para lograr los resultados se requieren 190 millones de caballos de fuerza.

La Luna poetizada desde los tiempos homéricos y bíblicos hasta la perplejidad de Borges, empezó a cobrar otra dimensión desde aquel día.

Era un niño cuando la noticia desconcertó a mi madre ante el enorme radio alemán de tubos que había en casa, y no dejó de contar aquella noticia prodigiosa que ella nunca creyó. El cronista decía en su nota que estábamos a 69 millas de distancia de la Luna. En los pueblos del Sinú, había un televisor colectivo en blanco y negro instalado en la plaza para que lo viera todo el mundo.

Me dio pánico cuando vi flotando dentro de la nave al astronauta, a Michael Collins, que rozaba el cielo de la nave.

Con tijera en mano, recorté esa noticia y todas las que iban apareciendo sobre la Luna, las fui pegando en un cuaderno que perdió su portada, medio siglo después.

Fui llevado al médico con un ataque de nervios cuando supe que, dos años atrás, tres astronautas habían muerto asfixiados dentro de la nave.

Y me fui en llanto al saber que Laika, una perrita callejera soviética, había muerto de pánico, cuando fue lanzada a la órbita lunar, el 3 de noviembre de 1957. Murió en órbita. Pasó de 103 latidos a 240 latidos por minuto. Desde entonces, todas las perritas en su honor se llamaban Laika en las antiguas sabanas de Bolívar, y Lassy, por la serie televisiva.

Una noticia de novela

La llegada del hombre a la Luna había sido imaginada un siglo atrás, 104 años para ser exactos, por el escritor francés de ciencia ficción Julio Verne. ‘De la Tierra a la Luna’ se publicó en varias entregas, entre el 14 de septiembre al 14 de octubre de 1865, y se publicó íntegra el 25 de octubre de ese mismo año.

Así describía Julio Verne el viaje de los tres astronautas: “Una detonación espantosa, inaudita, sobrehumana, de la que no hay estruendo alguno que pueda dar la más débil idea, ni los estallidos del rayo, ni el estrépito de las erupciones, se produjo instantáneamente.

“Un haz inmenso de fuego salió de las entrañas de la Tierra, como de un cráter. ...el suelo se levantó y apenas hubo uno que otro espectador que pudiera entrever un instante el proyectil hendiendo victoriosamente el aire en medio de inflamados vapores...”

La novela leída hoy ya no es ciencia ficción sino una verdadera profecía, porque a quien se le ocurrió ir a la Luna por primera vez en la ficción, resultó ser unos artilleros de Baltimore, constructores de cañones en la Guerra de Secesión que culminó en 1865, año en que a Julio Verne diseñó su novela. Al terminar la guerra, estos artilleros, miembros del Gun Club querían construir el cañón más grande del mundo para enviarlo a la Luna, un gigantesco proyectil de aluminio disparado por un cañón de 900 pies de longitud.

Si ‘De la tierra a la Luna’, publicada en 1865 es la novela de los preparativos del viaje, la segunda novela: ‘Alrededor de la Luna’, publicada cinco años después, en 1870, es el viaje mismo a la Luna. Si Verne hubiera publicado la novela en 1869, hubiera redondeado la doble hazaña de que su novela se adelantaría exactamente un siglo antes del acontecimiento histórico.

En la novela, a alguien se le ocurre construir en vez de una bala de cañón un proyectil cilíndrico hueco, en donde viajarían los tres astronautas. La ciencia ficción de Julio Verne no solo se encarnó en la realidad, sino también profetizó que serían tres norteamericanos los pioneros de esa aventura espacial.

El cuaderno lunar

El cronista de aquel día describió la nave “guiada por piloto automático. Una computadora lo maneja y al mismo tiempo muestra a los astronautas la altitud de la nave sobre la Luna, cómo esa altitud de la nave está cambiando y la velocidad con que la nave cruza sobre la superficie lunar”.

Michael Collins fue el que más dejó entrever su fragilidad como astronauta, al confesar que después de esta hazaña, “nadie en la Tierra, después de Adán se había sentido tan solo”.

Una semana antes del vuelo, se sintió afectado por la decisión de Neil de que él sería el primero en salir de la escotilla y descender al suelo lunar. Luego, lo haría Buzz Aldrin, diecinueve minutos después. En el plan inicial estaba Aldrin como primero. La mirada sobre la Luna no solo cambió para ellos, sino para toda la humanidad. Aquella luna cuya luz ha tejido los mejores boleros, las mejores novelas, los mejores poemas y las más bellas pinturas, era una suma de rocas y pendientes, donde izaron la bandera de los Estados Unidos.

Epílogo

A su regreso a la Tierra los tres astronautas estuvieron en cuarentena en una urna, aislados, sin ningún contacto humano, y el temor de aquellos días era que trajeran algún contagio lunar. Los astronautas vinieron de la soledad de la Luna a la soledad de una urna y desde allí saludaban a sus familiares. Todo aquello era tan extraño e incomprensible para un niño.

Papá trajo a casa, tiempo después, las novelas de Julio Verne, que me impactaron por el detallismo con que describía los preparativos del vuelo y las impresiones de un viaje que solo había empezado en su imaginación. Era muy difícil saber las distancias entre la ficción y la realidad. Tres hombres habían pisado el suelo lunar en la novela y tres hombres lo habían cumplido en la realidad. El tiempo desdibujó los recortes que hice de aquel día en mi cuaderno de niño. La revista de julio de 1969, está ahí con un raro olor a pan viejo. Y detrás, en la foto de Neil Armstrong, está un suelo rocoso y, más allá, un horizonte oscuro más allá de la Luna.

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