Rodrigo García Barcha filmará a Macondo

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Contrariando la voluntad de su padre, solo uno de la estirpe, tiene la potestad de filmar a Macondo. Rodrigo García Barcha (Bogotá, 1959) ha asumido la hazaña junto a su hermano Gonzalo (México, 1962), los dos hijos de Gabriel García Márquez, de hacer una serie sobre la célebre novela ‘Cien años de soledad’, para Netflix. Ni Kurosawa se hubiera atrevido. Pero Rodrigo no solo es un sutil, arriesgado y sugestivo director de cine, cuyas películas, a diferencia de las novelas de su padre, no ocurren en un pueblo donde las vírgenes ascienden al cielo en cuerpo y alma, y donde una masacre de trabajadores bananeros es borrada de la historia para que la memoria no atormente a quienes la ejecutaron, y para que las víctimas sigan viviendo como si aquí nunca hubiera ocurrido nada.

En las películas de Rodrigo García Barcha, como ‘Cosas que diría con solo mirarlas’ (2000), ‘Diez pequeñas historias de amor’ (2001), su serie ‘Nueve vidas’ (2005), ‘Madre e hija’ (2010), ‘Últimos días en el desierto’ (2015), las historias ocurren en el corazón de los seres humanos. Un corazón que puede latir al tiempo en una alcoba o en una casa, y en el entramado de las emociones conyugales, la soledad de las parejas o, en el caso de su filme, sobre los cuarenta días de Jesús, en el desierto, ese corazón tiembla en el enigma entre el bien y del mal, en el intersticio entre la tentación inminente del paraíso o del infierno.

Tanto Rodrigo como Gonzalo se criaron en la casa de un genio, donde lo más natural era la magia del cine, la literatura, el arte y la conversación familiar del Rincón Guapo, ese arte de recordar en familia, comiendo bocadillos con café, a ver quién se acuerda más de lo que parece ya olvidado. Curioso ejercicio en una estirpe que desde García Márquez tuvo conciencia anticipada de la peste del olvido en la tribu y en la nación. Pero esto no es metáfora. En la sala de la casa se reunían, desde los años sesenta, los mejores directores de cine convocados por García Márquez, que quiso ser director de cine, llegó a Italia en 1957 a estudiar cine, fue telonero de una película, escribió guiones y diseñó novelas con imágenes cinematográficas, fundó la Escuela de Cine Antonio de los Baños en La Habana, dictó cursos de escritura de guiones, muchas de sus novelas fueron llevadas al cine, pero nunca la magia del cine pudo atrapar la magia de sus novelas. García Márquez se sentó una tarde en Japón a conversar con Kurosawa, capaz de transformar sueños y quimeras de la realidad en arte puro de la imaginación cinematográfica, deseoso de que él fuera el que se atreviera a llevar al cine ‘El otoño del patriarca’. García Márquez supo que la relación con el cine fue como los amores contrariados de Fermina y Florentino, y dijo muchas veces que no deseaba que llevaran al cine ‘Cien años de soledad’, por las razones que hoy contradicen la vida y el tiempo.

La magia de una novela clásica desborda el límite de las palabras, y no podemos privar a quienes no han leído la novela de poderla sentir, comprender y soñar, desde la mirada de los artistas, los cineastas, los músicos y los arquitectos. Cinco siglos después de la escritura de la novela ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, Cervantes no intuyó que sus personajes saldrían de las páginas y se convertirían en personajes de teatro, televisión y cine, y se encarnarían en los sueños de los pintores, ilustradores, músicos, y que alguna madre decidiera bautizar a su hija con el nombre de Dulcinea, y que las ciudades de España se llenarían de Plazas Cervantes, o que la ruta de la Mancha, los molinos de viento seguirían girando como en las tardes de verano en que vivió el novelista. Y que el mundo suspiraría siempre al ver a esa criatura flaca y huesuda, de ojos alucinados, junto a su escudero rechoncho, cuyas pisadas cruzaban al mismo tiempo los límites entre la cordura y la locura. De igual manera, el reino de Macondo es más creíble en la novela e incluso en los territorios de la realidad, donde García Márquez vivió en carne viva su propia imaginación.

Si él tardó veinte años para que un viento suave de los años cincuenta tocara a la ingrávida Remedios, la bella, y la sacudiera y elevara en un viento implacable de los años sesenta, Rodrigo asumirá el gigantesco reto de hacerla volar en el aire de los escarabajos y las dalias, y eternizarla para el mundo, más allá de las palabras, en la pupila y en la memoria, más allá del cielo de las cuatro de la tarde, donde “no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”.

Rodrigo, el niño al que su padre le daba unas tijeras para que hiciera picadillos las páginas sobrantes de su novela, tendrá ahora otras tijeras de magia para elegir la imagen y la escena certera que nos eleve entre la novela y la serie televisiva y cinematográfica. Y Gonzalo, el hijo menor de García Márquez, que es pintor, diseñador e ilustrador, tendrá la imagen que se acerque, enriquezca o descifre el mundo de Macondo. Los dos son hijos de un genio y, los dos, tienen la sensibilidad, la creatividad y el ingenio para atreverse a hacer algo espléndido. No será fácil, por supuesto. Kurosawa no se atrevió. Pero ellos tienen la potestad de hacerlo con el rigor con que el mago tejió cada una de sus historias, con el mismo encanto y fascinación con Aureliano Buendía, hacía y deshacía sus pescaditos de oro.

Epílogo

Rodrigo García Barcha, especialista en historias medievales, discreto artista que entró al cine suprimiendo su segundo apellido para que nadie supiera que era hijo del genio de Macondo y de la diosa coronada Mercedes Barcha, dio pasos sigilosos por sus propios méritos, asumiendo con naturalidad y prudencia la gigantesca sombra de su padre, a quien llama Gabo, como todo el mundo, y entró al arco del triunfo por sus propias búsquedas, siguiendo una intuición de su padre: soñar en imágenes, como quien tiene claro que la más grande ficción no es otra que la de estar vivo. La flor amarilla resplandezca en sus pupilas.

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