Facetas


Jorge Choperena, la fortaleza encarnada

Una hora y cuarenta y cinco minutos antes de la cita con el amor de su vida, él sufrió una descarga eléctrica de 13.200 voltios que afectó el 45% de su cuerpo.

LAURA ANAYA GARRIDO

30 de agosto de 2020 07:25 AM

El reloj se detuvo para siempre a las 12:15 de la tarde, el minuto exacto en el que Jorge Luis Choperena Sánchez recibió una descarga eléctrica de 13.200 voltios.

Él, que no era de usar prendas, decidió ponerse ese reloj porque jamás se hubiera permitido llegar tarde a la cita que el amor de su vida había aceptado después de tanto cortejo para esa tarde. Era 7 de agosto de 1978. Ese reloj interfirió en el campo electromagnético de un pararrayos electrizado y causó la desgracia, de modo que exactamente a las 12:15 aquel muchacho de 24 años se desplomó apenas el increíble torrente de energía salió por su talón izquierdo. Aquella descarga había calcinado el cuarenta por ciento de su cuerpo una hora y cuarenta y cinco minutos antes de su cita.

“¡No lo toquen, está muerto!”, decían.

Él movió un brazo...

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Entre el asombro y la esperanza, el tendero, dueño del establecimiento donde estaba el pararrayos, se atrevió a cargarlo, embarcarlo en su carro y sacarlo de Pital del Carlín (jurisdicción de Polonuevo-Atlántico) para llevarlo a la antigua Clínica Bautista, en Barranquilla. Jorge no abría los ojos y apenas parecía respirar.

“Yo iba a entrar a un jardín de luces, una zona muy difícil de explicar, pero el jardinero me hizo señas y no me dejó hacerlo. Lo siguiente que vi fue mi cuerpo en la camilla de un hospital. Eso fue como: ‘Ve a hacer tu trabajo en la vida’, así lo veo yo”, me dice.

Por inverosímil que parezca, Jorge jura que escuchó todo lo que pasaba a su alrededor desde el momento mismo del accidente y toda la semana que estuvo en coma. Quizá hubiera preferido no hacerlo. “Oí todo lo que decían los médicos y es muy feo escuchar si amanece vivo, es mucho o no lo voy a operar, porque si se muere no me pagan la cirugía. Fue horrible, me dejaron ahí, esperando, a ver si fallecía”, recuerda también.

A estas alturas, él se preguntaba horrorizado quién iría a buscarlo, pensaba ¿será que la muerte es mujer o un hombre? “No sé qué pudo pasar... Me dicen que no pude haber escuchado, pero sí escuché todo”, asegura.

Contra todos los pronósticos, Jorge sobrevivió. Despertó tras una semana en coma para sumergirse en un proceso difícil y largo que incluiría 48 cirugías, la primera consistió en amputarle el brazo izquierdo. Todo. Los médicos contemplaron la posibilidad de cercenar también la pierna derecha, porque se veía tan, pero tan mal, que consideraban un riesgo dejarla... “Pero dos doctores pidieron tres días para ver cómo evolucionaba y salvaron mi pierna”, agrega.

Jorge duró meses en el hospital, intentando comenzar a reconstruir todo lo que la mala hora había quemado. Esa sería apenas su primera de tantas largas temporadas de la batalla que estaba dispuesto a dar desde una camilla.

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Las 48 cirugías fueron necesarias para reconstruir partes de las piernas, espalda, glúteos, nuca y cráneo. Lo más difícil, sin embargo, era que debían quitarle piel sana de las piernas, por ejemplo, para injertarlas en otros lugares y eso supone un dolor que no tiene nombre.

La época más dura de todo el proceso transcurrió entre 1994 y 1996. Jorge pasaba seis meses hospitalizado, salía dos días “de descanso” y volvía a internarse, pues necesitaban reconstruir una parte de su cráneo que se necrosó. La retiraron e injertaron una vez más de su piel. “Después de eso no quise más cirugías, porque siento que no las necesito. Si Dios no me está diciendo que me las haga, no me las hago”, añade.

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A todas estas, tengo una pregunta... ¿Qué pasó con la chica de la cita?

-Ella no se arregló, porque me estaba esperando -recuerda Jorge-. Como quien dice, se iba a arreglar cuando yo llegara, así que quedó esperándome, pero ese mismo día se enteró de lo que me había sucedido y me fue a ver al hospital al día siguiente.

Esa mujer se llama Ruby y tiene buena parte del mérito en la recuperación de Jorge: si bien él posee un carácter a prueba del dolor y de los problemas y una familia más que incondicional, ella fue ese apoyo fundamental que nunca se apartó de su lado. Y entonces, ¿cómo se cuadraron? Jorge no sabe, cree que nunca lo dijeron como tal, pero tres años después del accidente se casaron y ese amor tiene un balance para nada despreciable: 39 años de matrimonio, cuatro hijos juntos y un futuro lleno de amor.

“Hubo tres médicos que, más allá de su profesionalismo, me aconsejaban y fueron mis amigos. Ellos me decían que me casara rápido; después, que tuviera mis hijos porque no sabían si tanta anestesia me iba a dejar estéril”, cuenta Jorge. Y no: hoy él vive con su amada Ruby en Barranquilla, la ciudad donde concibieron y trajeron al mundo a Jorge Eduardo, Luis Alberto y a las gemelas Iris Paola y Ruby Diana.

En este punto, Jorge no tiene palabras para agradecerles a sus familiares y a cinco personas más: los médicos Heriberto Vargas Viloria, Jorge Lewis Cuentas y Rodney Morillo, y a dos personas incondicionales: Silfredo Barraza e Hilda Cortina.

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Hubo dos cosas especialmente duras después del accidente: aprender a comer y aprender a bañarse. “Uno se siente como una silla cuando le falta una pata”, explica Jorge, por aquello del equilibrio.

Después de eso, incluso se animó a volver a conducir. “Le dije a un hermano mío que me enseñara y aprendí con una nueva técnica a hacer el brazo que me quedaba aún más rápido y, mira, todavía manejo”, cuenta.

Puede que le haya costado volver a aprender ciertas cosas, pero vivir sin un brazo jamás ha limitado a Jorge, al contrario, lo motiva a hacer las cosas aún mejor y lo impulsó a trabajar como conductor de camiones en Bogotá, Medellín y otras ciudades.

Y se desenvuelve tan bien que ha tenido problemas. “Hay gente que me mira y, como yo actúo normal, no me limito, entonces cree que escondo un brazo”, narra y recuerda un altercado con un policía que pensó que Jorge no tenía ningún brazo amputado, sino que fingía para cometer un delito.

“La gente, cuando ve a personas a las que les falta un miembro, automáticamente piensa que es malandro o que va a pedir limosna. Me ha pasado que intento tomar transporte público y no me paran, piensan que voy a pedir, aunque me ven medianamente bien vestido”, dice y recuerda aquella vez que se subió a un bus y le dijeron que se acababa de bajar un limosnero, que no se le ocurriera pedir.

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A pesar de esa gente, Jorge tiene varios mensajes para quienes están pasando momentos difíciles:

1. No te quedes callado con tus problemas, háblalos: te volverás loco si no lo conversas ni contigo mismo.

2. Acepta que necesitas ayuda de los demás.

3. Deja de lado esa prevención de que se van a burlar de ti y no digas que no sirves para nada; tampoco asumas que los demás piensan eso. Si lo haces, te estarás mutilando en todos los aspectos de la vida.

4. Sí, probablemente te amputaron un brazo o una pierna, pero no tu capacidad mental. Recuérdalo.

Epílogo

Este, además del último mensaje de la página, es la única condición que Jorge puso para esta entrevista: “¡Por favor, dígale a sus lectores que les mando medio abrazo!”, me dice, ríe y se despide para seguir abrazando a la vida como siempre: con todas sus fuerzas.