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Juan Gutiérrez Magallanes, nostalgias de Chambacú

Tiene los cabellos de un blancor plateado y su talla de ébano está modelada en 76 años de noches de nostalgias al pie de la remota isla de Chambacú.

GUSTAVO TATIS GUERRA

22 de agosto de 2021 12:00 AM

No hay un día de su vida en que no entre o salga de su barriada, a través de sus recuerdos. Chambacú vuelve a él con su temblor de aguas debajo de las calles rellenadas de afrecho de arroz y escombros, regresa como un olor de fritangas al amanecer, como un lejano tambor que resuena en los patios sin alinderar, como la silueta de sirena huidiza de una mujer que cruza el puente de madera y deja un halo perturbador en la mirada de los pájaros; regresa como un reguero de voces quebradas en las alas de las garzas y los peces ausentes, como memoria viva que recorre el latido del corazón de sus ancestros y las voces tempranas de sus vecinos que empiezan su conversadera eterna desde mucho antes de que canten los gallos. (También le puede interesar: Juan Gutiérrez Magallanes presenta su nuevo libro)

Juan Gutiérrez Magallanes tiene los cabellos de un blancor plateado, y su apacible talla de ébano está modelada en setenta y seis años de noches de nostalgias al pie de la remota isla de Chambacú, de la que es el más memorioso sobreviviente.

Juan es un maestro jubilado que salió de Cartagena, hizo su primaria en la Escuela La Fe y Escuela Simón Bolívar, es bachiller del Liceo de Bolívar y se licenció en la Universidad de Tunja en Biología y Química, con un diplomado en estudios sobre Cátedra Afrocolombiana, entre otros méritos.

Toda su vida ha ejercido la docencia como profesor de química en la Escuela Normal Piloto de Cartagena, entre 1967 a 1971; profesor de biología y química en el Colegio Soledad Acosta de Samper, entre 1972 a 2001; profesor de biología y química del Liceo de Bolívar y coordinador, desde 1967 a 2007; miembro de la Asociación de Escritores de Bolívar, miembro de la Red para el Avance de las Comunidades Afrodescendientes, miembro de la Asociación de Maestros Jubilados, Lancero de las Fiestas de la Independencia de Cartagena en 2009, conferencista en el Parlamento de Escritores de Cartagena y autor de los libros: Chambacú a tiña, puño y patá; Getsemaní, oralidad en atrios y pretiles, en coautoría con el licenciado Jorge Valdelamar; La lírica en Ciencias Sociales, Cartagena de Indias en acrósticos, comidas y pregoneros, aún inédita al igual que, La ciudad del rostro labrado en piedra. Recientemente, culminó la escritura y publicación del libro Crónicas y leyendas de Chambacú (Homenaje a Manuel Zapata Olivella), 2021. (También le puede intersar: Juan Gutiérrez Magallanes: el escritor de las tradiciones)

Chambacú, el barrio invisible

Los primeros habitantes de Chambacú vinieron de las islas cercanas a la bahía de Cartagena. Algunas familias que tenían el plazo perentorio de desalojar Boquetillo, Pekín y Pueblo Nuevo, barrios de invasión al pie de las murallas, armaron en la madrugada su rancho con lo primero que encontraron: cuatro horcones, un techo de paja y un cuadrado de tablas, sobre una tierra pantanosa. Las otras familias se fueron a vivir adonde los reubicó el alcalde Daniel Lemaitre, en el barrio Canapote. La isla de Elba o Chambacú, precisan los cronistas de la época, fue de propiedad de Soledad Román de Núñez, quien cedió esos terrenos a un cochero por su trabajo de muchos años. Acuérdense de que Soledad tenía un alquiler de coches en el Centro de Cartagena. Pero no todas las casas de Chambacú eran improvisadas. Había pocas casas con arquitectura republicana, construidas por el médico José Brieva, cuenta Juan Gutiérrez Magallanes. El barrio estaba al pie de la Ciénaga de El Cabrero, conectada con el caño de Juan Angola. Por la memoria de Juan pasan garzas, tangas, chorlitos, mariamulatas, guabinos, medusas, pipones, cangrejos y jaibas. Los amaneceres eran más sinfónicos que los atardeceres de este agosto de 2021, en los que una bandada de loros vuelve diamante el aire del crepúsculo entre los almendros del Pie del Cerro y la isla tomada por las garzas que está muy cerca del periódico donde escribo esta crónica. Chambacú resistió hasta la década del setenta del siglo XX, cuando el alcalde decidió traslada a sus habitantes a cuatro barrios de Cartagena: Chiquinquirá, República de Venezuela, San Francisco y otros sectores de Olaya Herrera. Nunca se mejoraron las condiciones de pobreza de los habitantes de Chambacú. Solo se rodó la pobreza a otro barrio para que se hiciera invisible del Centro Histórico, pero la pobreza siguió y sigue rodando más allá del horizonte.

Juan Gutiérrez Magallanes, nostalgias de Chambacú

Barrio Chambacú.

Zapata Olivella llega a Chambacú

Juan Gutiérrez Magallanes vio llegar a un hombre alto, de un afro aún con el rocío de aquel amanecer pegado en sus hebras rebeldes y sus patillas enfáticas de prócer de independencia. Era 1954. Su abuelo le dijo: “Ese hombre que va saltando los charcos de lluvia y la marea que se crece es Manuel Zapata Olivella, el hijo de Antonio María Zapata. Lo conocí en la calle San Antonio del barrio Getsemaní, su papá era un hombre que sabía mucho y vestía con un cotón, así como el que usa el señor Juan Gómez, son vestidos de pantalón y una especie de chaqueta que se abotona al cuello, algunos usan botones de oro”.

Zapata Olivella, quien llegó a Cartagena en 1935 desde Lorica, tenía tíos y tías viviendo en Chambacú y en Getsemaní. A veces el niño Juan Gutiérrez escuchaba las botas de un sargento vestido de verde oliva que resonaban en el puente de madera y su presencia con bolillo en mano era la autoridad encarnada de Cartagena. Era el jefe guardián de la Cárcel de Varones de San Diego: el sargento Aguirre, abuelo de Rómulo Bustos Aguirre. Cuando al amanecer de los sábados en las fiestas había una pelea en Chambacú, él llegaba y esposaba a quienes se excedían con sus pleitos y los metía en el calabozo. Nadie se atrevía a llevarle la contraria.

Ahora el que cruzaba el puente de madera era Manuel Zapata Olivella que siempre se detenía a saludar a Gregoria, la fritanguera; Cande, la del pescado; la señora Catón, la de los bollos; Carmen Pérez, la maestra; Dinamita Pum, el boxeador; las Priscas, vendedoras de carbón en el mercado; Sindulfo Álvarez, el Mocho Sindo, con el que hablaba sobre el origen de los negros que habitaban Chambacú, entre otros vecinos. Muchos de esos personajes que el escritor conoció en aquellos años por las calles zigzagueantes de Chambacú se transmutaron en su célebre novela Chambacú, corral de negros, Mención en el Premio Casa de las Américas, Cuba, en 1963. Algunos de estos extraordinarios e inolvidables personajes figuran en las crónicas de Juan Gutiérrez Magallanes, en su nuevo libro sobre este barrio popular cartagenero.

Juan Gutiérrez Magallanes, nostalgias de Chambacú

Barrio Chambacú.

Los pasos perdidos

Juan Magallanes reconstruye la memoria viva de calles que ahora existen en su nostalgia: Loma del Vidrio, Calle del Mondongo o Calle de La Esperanza, donde según el abuelo del cronista, el extremo de la calle había sido bautizado como Rincón Guapo, porque era allí, bajo el vapor del mondongo ardiente, donde se cruzaban las voces de la comunidad, se tostada el maní del día y se doraban las cocadas de panela y se fritaban las postas de sábalo. Ángela Vásquez de Zapata, abuela de Zapata Olivella, vivía muy cerca, doblando a la derecha, en el Callejón del Esfuerzo. Era ese lugar el ámbito sagrado del barrio donde todo el mundo se reía con las ocurrencias desmesuradas y las historias inverosímiles. Zapata Olivella murió con el sueño de erigir en Chambacú el Monumento a los Ancestros. Juan propone que en Cartagena se cree la cátedra de historia que honre la vida y obra de Zapata Olivella.

Epílogo

La nostalgia de Juan Gutiérrez Magallanes es un rosario de lágrimas que resplandecen en las aguas de la ciénaga de Chambacú. Con profundo lirismo, gracia narrativa y poética, ha contado estos recuerdos de Chambacú en 220 páginas, que ahora celebra Elma Rosa Cuadrado, su eterna compañía. Y al final de este recuento, esplende la figura de su abuelo tan parecido a él, con el cabello nevado, altivo, sonreído, noble y humilde, caminando por el puente de madera fina de la memoria sobre terrenos pantanosos, memorioso como él, ahora mayor que su abuelo, pero “menos lento que él”, vestido de lino blanco con una corbata roja, y su mano saludadora en el barrio, deteniéndose frente a la casa de María Galé, la suegra de Bernardo Caraballo, recorriendo los pasos perdidos y cruzando el puente de madera fina de la memoria que su nieto rescata como quien salva del naufragio diamantes perdidos en la ciénaga.

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