Julieth Meza, los ojos de su padre invidente

18 de agosto de 2019 12:00 AM

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Cielo y los vecinos de El Campestre recolectaron dinero para festejarle el quinceañero a Julieth. Para entonces, Gabriel, el papá de la niña, ya había quedado ciego por glaucoma.

“¿De qué color es el vestido, cómo se ve mi hija?”, le preguntaba llorando el orgulloso padre a Doña Cielo. En su mente solo estaba una bonita niña morena de 7 años, cuyo rostro ahora solo puede imaginar. Es uno de los recuerdos más felices para Gabriel Maza y para su hija, Julieth Maza Montalvo, de 19 años, quien vive junto a él, su madre Cecilia y su hermana Ana Gabriela, en el barrio San Pedro Mártir.

Julieth, una bella muchacha de voz suave, se ha convertido en los ojos de su padre invidente. De lunes a viernes, lo acompaña sagradamente a recorrer algunos barrios cartageneros para vender jugos, rifas, chichas y todo lo que se pueda comerciar. Gracias a su trabajo y el amor con el que han sorteado su situación, en El Campestre los conocen y personas como Cielo Hoyos se han convertido casi que en hadas madrinas para tenderles la mano cada vez que lo necesiten.

“Siempre recuerdo las palabras de mi padre, que decía que Julieth era una hija bendecida de Dios porque no todas las niñas se convierten en guías de sus papás”, cuenta Cielo.

Gabriel quedó ciego, dice, porque le entró polvo en los ojos, pero en realidad el glaucoma es una enfermedad crónica, evolutiva y muy grave, cuyo curso natural en la mayoría de los casos es la ceguera. Cuando al paciente lo tratan de forma temprana, es posible que no quede ciego, sin embargo, el daño por glaucoma no se puede revertir.

No importa si hay un inclemente sol, Julieth y Gabriel se dedican toda la mañana a vender sus productos, buscando juntos el sustento diario. Para ella es motivo de orgullo, porque su sueño es ser una empresaria que en futuro pueda contar cómo superó las adversidades con el apoyo de su familia y amigos.

Sus estudios son parte importante en ese sueño y pese a no ser admitida ocho veces en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), siguió insistiendo hasta que a la novena vez obtuvo luz verde para adelantar una carrera técnica en ese instituto. Es graduada de Asistencia administrativa y se aferra a su meta de hacer una carrera profesional. Para ello, lo único que necesita es encontrar un trabajo que le permita tener ingresos para seguir estudiando. “Cuando no pasaba en el SENA, me decía ‘vamos a continuar’ y así hasta la novena vez que pasé. Me fue súper bien en las prácticas. No quedé porque el puesto en que estaba era exclusivo para aprendices, pero sé que puedo seguir preparándome para sacar a mis dos padres adelante. Me gusta sentir que puedo ser ejemplo para las nuevas generaciones, para que vean que hay cosas que no deben dar pena y que todos podemos tener metas”, dice.

***

“Una vez mataron a un joven a los pies de nosotros, mi niña me jalaba del brazo, me decía ‘¡Papito, corre!’”, recuerda Joche, como lo llaman de cariño. Esa vez corrió por todo El Campestre, caía y se levantaba de la mano de su hija. Los dos huyendo de una posible bala perdida.

Mientras hacemos esta entrevista, Julieth se afana para pasarle un vaso de agua a su padre; se fija en que va a dejar caer la servilleta, así que la recoge antes de que llegue al suelo. “No tengo palabras para decirle cómo esella, pero sí le digo que es lo mejor que Dios me ha podido dar. La mejor bendición, porque siempre ha estado atenta a mí y eso es un gozo. Mi familia me ha llenado de vida, por eso yo le pido de Dios padre que las bendiga”, dice el hombre, antes de que se le quiebre la voz y empiece a llorar.

Incluso el nacimiento de Julieth fue un milagro porque la señora Cecilia y Joche no podían tener hijos. Un día, después de trabajar en su carromula, su esposa lo recibió con la sorpresa del embarazo. Él no puede describir la felicidad que sintió. Esa pequeña que tanto anhelaban llegaba a un hogar donde la recibía todo el amor que podían ofrecerle, a falta de lujos. Por años, la primogénita tuvo todos los mimos que podían darle, así que cada noche su padre la consentía con dulces y pequeños regalos. Es todo el amor que aún percibe en su hogar, lo que la convenció de querer retribuirle a sus papás un poco de lo que le han dado.

“Cuando mi papá veía, yo era la pechichona. Me compraban cositas, que el yogurt, que la papita. Cuando notaba que él tenía dificultades me ponía nerviosa y pensaba ‘que no le pase nada’. Cuando mi papá quedó ciego, pensé que ahora me tocaba a mí velar por él. Eso me afectó mucho. Como era una niña, no tenía la capacidad de pensar lo que nos estaba ocurriendo, pero con el tiempo me di cuenta de que era grave”, recuerda la joven.

La rutina de padre e hija comienza a las seis y media de la mañana, para poder salir a las ocho y vender todos los productos a más tardar hasta mediodía. Dicen que casi siempre logran su meta y son pocos los días en los que llega la angustia de no saber si podrán o no pagar al arriendo. Pero esa es una preocupación que está latente en la vida de todos los vendedores ambulantes.

Para Julieth, la vida es un paquete que trae un montón de sueños, pese a las adversidades. “En un futuro me veo con mi propia empresa grandísima aquí, en Colombia, y hasta en otros países, con sucursales. Alguna vez podré contar todo lo que he hecho, y decir ‘miren cómo estoy ahora, vengo desde abajo’, quiero algún día decir esa frase”.

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