Juan Gossain: La ciudad donde aprendí a leer leer

02 de junio de 2019 12:00 AM

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Por:

Oscar Durán Ibatá y Alberto Martínez Monterrosa.

Cartagena tenía cerca de 180.000 habitantes y se concentraba, fundamentalmente, en Manga, El Cabrero y el llamado Centro Histórico, pues apenas estaban iniciando las emblemáticas urbanizaciones de Castillogrande y Bocagrande y ni siquiera estaba en los planes de desarrollo construir el llamado Puente Chambacú, que apuntalaría el crecimiento urbano más allá del Castillo de San Felipe de Barajas. Era una ciudad, a decir del escritor Jorge García Usta (q.e.p.d.), “hechizada y hechizante”, que por la trayectoria histórica, heterogeneidad social, riqueza étnica, condición multicultural y apertura, influía en la mayoría de los intelectuales del Caribe colombiano. Por allí habían pasado, diez años atrás, Héctor Rojas Herazo, Clemente Manuel Zabala y Gabriel García Márquez, intentando ser periodistas unos, y escritores, otros. Pero la belleza natural y arquitectónica y el legado histórico de la ciudad reñían con las enormes contradicciones socio-económicas. Y cuando un escritor se topa en un mismo lugar con “los más hermosos crepúsculos y los más aterradores tugurios” lo que encuentra es un escenario cautivante.

Allí llegó Juan Gossain con las mismas camisetas blancas y pantalones cortos de su pueblo natal, en un enero de 1958, cuando acababa de cumplir 9 años y no tenía ninguna sospecha sobre lo que sería la vida por delante.

Antonio Gossain (q.e.p.d.), el primo-padrino, le pagó los primeros estudios, y Marún Gossain, el primo de Cartagena, sería su acudiente. El día que se lo entregó al profesor Luis Fragoso, prefecto de disciplina, le dejó una sentencia que vaticinaría los días sucesivos: “Este muchacho es hijo de una familia de bien, pero tú sabes lo que tienes que hacer”.

Aquello –confesaría Juan, años después- más que internado parecía un reformatorio. “Entienda, para empezar, que era una comunidad inmensa: como de mil niños; entienda, además, que los que estábamos allí veníamos todos del monte, lo que significaba que en ese claustro educar era semejante a domesticar a un potro”. O a “domar fieras salvajes”, como los comparó Fragoso: “Cuando nos entregaban a aquellos muchachos, los padres normalmente nos decían: ahí se lo dejo, para que lo amanse”.

Era la época. Amansar significaba educar y atesar.

Fragoso era el responsable de impartir disciplina a aquel corral de muchachos. “Yo creo que era, también, una especie de psicólogo del garrotazo: de repente hacía la seña o el amague de pegarle a uno en la cabeza, porque sabía que lo primero que uno levanta en ese trance es la mano, y dejaba caer el plástico ese”. Por supuesto el caucho paralizaba la circulación de la sangre y los dedos se inflamaban.

Juan tuvo que probar repetidas veces todos los castigos, algunas, por cambiarle el destinatario a los paquetes de comidas que enviaban desde Lorica o Magangué los familiares de los compañeros de internado, por supuesto con dirección, ahora, a Antonio Escobar, que era su par en esas andanzas:

“Es que un muchacho con esas inquietudes intelectuales tenía que comer todo el tiempo”, justifica Escobar, a quien el profesor Fragoso sindica de dirigir la banda.

Lo primero que hacía el grupo era observar, con ojos de central de inteligencia, las características de la caja. “Cuando le veíamos la nalga orinadita, sabíamos que, mínimo, traía media novilla salada”. Rubén Jattin, que era el escribiente del grupo, se encargaba de encimarle el nuevo letrero: “Señor Antonio Escobar, fina atención, Víctor Aponte, chófer de la chiva”. Cuando el profesor Fragoso leía, en la asamblea, el nombre del remitente, los demás cigarroneaban: “Ya se clavaron al que fue”. Por la noche “le dábamos muela al matute”.

Pero otras veces Juan se vio involucrado en bromas pesadas a estudiantes “primíparos” y trastadas a profesores recién llegados, como recuerda Amaury Muñoz, miembro del tremebundo grupo:

“El maestro tenía pinta de cachaco y hablaba como cachaco. De inmediato dedujimos de dónde era. Nunca lo llamamos por su nombre sino como ‘Ceballón’, porque era el reemplazo del profesor Antonio Ceballos y tenía una mandíbula enorme. Una tarde en que el reloj estaba a punto de marcar la salida al recreo, Juan denunció que le había sido robada esa parte del cuerpo que en la Costa llamamos como sinónimo de pelar, pero sin la ‘r’ al final y con acento en la ‘a’ (Juan asegura que dijo ‘La trola’, pero hay distintas versiones sobre la expresión). Todos, de inmediato, la cogieron al vuelo. Imbett buscaba en los maletines y Jattin decía que él la había visto sobre el escritorio pero ya no estaba. El profesor, entonces, sentenció: ‘De aquí no sale nadie hasta que no aparezca lo robado’. Cuando Fragoso se enteró, fue al curso. ‘Profesor, ¿por qué este grupo no ha salido al recreo?’. Es que imagínese que le robaron la ‘mondá’ a Juan y eso no puede pasar en un curso decente. Fragoso le hizo saber que era una mamadera de gallo y todos fuimos castigados en la asamblea del fin de semana”.

La reunión se hacía los sábados, a la una de la tarde, en el patio del colegio, y era, según describe Juan, una ceremonia kafkiana en la que todos morían del susto. Ese día el prefecto sacaba un tenebroso cuaderno de contabilidad, que era el libro de castigo, y revelaba la lista de los que no podían salir durante el fin de semana. El nombre de Juan Gossain, generalmente, aparecía en esas páginas, al lado del resto de la banda... “Esa vez sufrí dos castigos: el consabido del profesor Fragoso, y el de la conciencia, porque después vi sudar y llorar al maestro bogotano, con su pinta de rolo atormentado por la sofocación, en un rincón del colegio, porque no podía con el calor ni con la irreverencia de aquella gavilla de estudiantes”.

En ese claustro de clases y correa, Juan dijo haber aprendido, pues, dos cosas, que son “las que uno está obligado a aprender en la vida”: una, que la creación es un acto del espíritu humano; dos, que no hay un talento que valga si no tiene disciplina. De manera que mientras creaba, en lo bueno y en las diabluras, fue sometido a un régimen de castigos que le mostró, vaya paradoja, lo mejor del mundo.

Estando sancionado, como siempre, llegó a buscar algo un profesor que no tenía por qué aparecerse allí, pues ya se habían terminado las clases: José Manuel Guerrero, maestro de español, literatura y francés, a quien llamaban “el papa” porque decía que nunca se equivocaba. Lo cogió de la mano y le dijo: “Lo voy a llevar al sitio donde debe empezar un muchacho cuando está aprendiendo a ser lector”. Y lo condujo a un rincón que nunca había visitado, el de los clásicos de la literatura.

De las manos de “el papa Guerrero”, Gossain, con escasos 12 años, recibió un mamotreto de las Tragedias completas de Sófocles, el dramaturgo de la antigua Atenas. A esa edad leyó, entendió y disfrutó El quijote de la Mancha, Edipo Rey, Antígona, Electra, Áyax, Las tranquinias. “Y me gustaron tanto, que seguí luego con Shakespeare”.

Ahí puede estar el secreto de su narrativa, pues cree que no hay nadie capaz de escribir un párrafo sin antes haber leído algo.

Juan diría al cabo de varios años, en una ceremonia en la que la Alcaldía de Cartagena lo proclamaba hijo adoptivo de la ciudad: “No se imaginan lo agradecido que estoy con los profesores, empezando por Fragoso, por haberme castigado como lo hicieron; de no haberlo hecho, es probable que jamás hubiera abierto un libro”.

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