La historia de Manuel González, el venezolano que pinta espectaculares murales

30 de junio de 2019 01:34 PM

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Por: Ludwing Landazábal Gáguer

Inicialmente, eran unas cuantas paredes dañadas las que amanecían repentinamente con coloridos dibujos de mujeres o niños. Y fueron llegando visitantes que intencionalmente se desviaban de sus rutas para visitar una que otra obra de arte. En poco tiempo, las redes sociales fueron inundándose de imágenes de jóvenes posando frente a estos murales. Finalmente, el apetito de los influencers por ganar seguidores promovió que estas escenografías pulularan y que los dueños de hoteles y restaurantes contrataran las labores de estos artistas para que decoraran las fachadas de sus establecimientos. De esta forma, se masificó una tendencia artística en la ciudad, cuyo auge permitió que los barrios del Centro Histórico cobraran un aura bohemia y moderna.

Hay, sin embargo, una cara de esta historia que nadie ve, una mano creadora que no suele ser reconocida. Más allá de las pretensiones de influencers o instagramers, están las historias de sus artistas, herederos de una manifestación pictórica tan antigua como aquellos dibujos rupestres sobre la Serranía de Chiribiquete.

Este es el caso de Manuel González, un artista plástico venezolano que lleva ya un año en Colombia. No es su primera vez en el país, tampoco es la primera vez en Cartagena. Ha estado trabajando e intentando promocionar su arte. Aún así, desde que se agravó la crisis en Venezuela, él ha decidido hacer de esta ciudad su lugar de residencia. “Al comienzo fue muy duro. Este es un lugar en donde hay que moverse y hay que conocer gente. En cualquier ámbito esta es una ciudad muy dura”, explica Manuel en tono reticente. No le gusta hablar de las dificultades de un artista. Para él todo esto son nimiedades frente al peso de su trabajo. “Si el fin del artista es la plata, entonces se pierde mucho la esencia”, recalca serio. Él cree que en Cartagena se puede prosperar con el arte y afirma orgulloso que su vida ha sido el claro ejemplo de esto.

Pero Manuel no siempre quizo ser un artista. En un principio, él había estudiado en un escuela técnica industrial, pero nunca pudo soportar las soporíferas jornadas de química, física y matemática pura. Justo entonces llegó el arte a su vida. Nunca se había destacado para dibujar, simplemente era un pasatiempo que le distraía del tedio de sus estudios. “Siempre de niño dibujé, no muy bien, pero mejor que mis compañeros –cuenta Manuel un poco jocoso–. Mi madre fue la que me dijo que esto es lo mío y ahí decidí aprender arte”. Estudió en la Escuela de Arte su bachillerato y en la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado cursó la carrera de Artes Visuales. Solo le faltaba terminar su tesis cuando nacieron sus hijos: “Me tocó suspender todo para darles un sustento, aunque espero pronto terminar mi tesis de forma virtual”, sentencia esperanzadamente.

Cartagena no estaba inicialmente en los planes de Manuel. Él había entrado al país para decorar un hostal en el barrio Belén de Medellín, pero viajó por la Costa Caribe para recaudar dinero y regresar a Venezuela. En ese recorrido pisó el ‘Corralito de piedra’. Su estadía en la ciudad, que estaba planeada para un par de meses, se prolongó indefinidamente hasta que ya no tuvo las fuerzas para marcharse. “Cartagena me encanta. A veces me quiero ir, pero siempre que me voy me hace mucha falta. Esta ciudad es muy movida, aunque no lo parezca, por eso es que necesito descansar de vez en cuando”.

Él permaneció de forma estable durante seis meses en la ciudad pero, como la vida de un artista es en muchos casos itinerante, le ha tocado a veces moverse a Santa Marta, a Minca o donde sea que el trabajo le lleve. Ha intentado múltiples veces salir del país, pero no ha podido. En uno de los hostales en donde pasa la noche se le perdió el pasaporte. Necesita tramitarlo de nuevo en Venezuela y la crisis ha hecho que sea virtualmente imposible renovar este tipo de documentos. Como consecuencia, Manuel ha tenido que rechazar múltiples propuestas para hacer murales en el exterior. Él se queja un poco de esta situación, pero lo asume como una realidad irremediable. Su vida no ha sido sencilla. Como el millón de venezolanos que vive exiliado de su país, él ha tenido que sobrevivir con lo poco que tiene y con lo mucho que ha aprendido. Manuel no pretende darle mucha importancia a este tipo de infortunios. Él se aferra solo a los recuerdos alegres. Como aquel día en que nació su segunda hija, la única que pudo ver minutos después de salir del vientre de su madre. “Me duele mucho no haber estado en el parto de mis demás hijos (tiene 3). Por trabajo, a veces tengo que ausentarme mucho, pero debo sacrificarme por el bienestar de ellos”. Tras estas palabras, calla y suspira. En frente, solo queda uno de sus murales, aquello que le ha permitido seguir a delante.

Su arte e inspiración

Por toda la calle San Juan, muy cerca de la Plaza de la Trinidad, Manuel va explicando la historia detrás de cada uno de sus murales. Habla con fluidez sobre las técnicas, las composiciones y sobre los artistas, cual guía de museo de arte moderno. Frente a sus dibujos, se detiene más tiempo para contemplarlos. Cuando se le pregunta cuál es su favorito dice que ha hecho muchos y que no le importan las piezas como tal, que valora más los recuerdos que recogió al hacer cada uno de ellos. Cuando se le insiste que escoja uno, él se detiene en el dibujo de una grieta submarina. “Es muy sencilla, pero yo la quiero mucho. Fue el primer mural que hice en un espacio público. También está sobre la calle San Juan, yo amo este lugar. Aquí se guardan muchas de mis obras”, explica. Muchos de estos murales no son típicos grafitis. Ellos reflejan toda la formación que Manuel adquirió en sus años de estudio. Sus más grandes influencias conceptuales las adquirió en esa época, cuando aprendía sobre el academicismo francés o sobre el muralismo mexicano. Todo este conocimiento lo fusionó en un estilo muy único, en donde se mezcla la crítica social con complejas técnicas artísticas. Por ejemplo, solo utiliza colores primarios porque estos “dan una gran riqueza, de la nada pueden expresar el todo”. Este tipo de reflexiones explican cuáles son esas motivaciones que empujan a Manuel a explorar la pintura.

Muchos de los trabajos de este artista venezolano no se pueden admirar en las calles. La mayoría está dentro de locales como decoración de interiores. “Me gusta más cuando mis trabajos están en espacios públicos. No he hecho muchos porque esta es una ciudad compleja. Se necesita la autorización del Instituto de Patrimonio y Cultura (IPCC) y otro tipo de documentos que me bloquean cada vez que comienzo algo nuevo”. A pesar de todos estos papeles, Manuel promete que muy pronto presentará proyectos importantes en espacios públicos. En su mente corren libremente distintas ideas que quiere pronto materializar. Todo este optimismo proviene de un mural que hizo frente al Castillo de San Felipe, unos ojos multicromáticos y compuestos de figuras que observan latentemente la antigua estructura militar. Esta es la primera vez que trabaja con acrílico después de diez años y es un dibujo que se enmarca bajo el estilo canónico del grafiti. Él lo realizó para cambiar los alrededores del monumento. “El entorno del Castillo es bastante denso. Todo es muy comercial y urbano y eso quiero cambiarlo”, explica Manuel. En sus palabras se siente la esperanza de un artista que vive por el arte y que solo busca que la gente se conecte con sus obras. Mientras tanto, sus murales estarán en Getsemaní, esperando un ojo agudo que pueda detectarlos y apreciar sus mensajes.

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