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La historia tras una pareja que celebró 50 años de matrimonio en Arjona

El amor por la vida y la fe, los aliados de Roquelina Pájaro y César Martínez en 50 años de matrimonio.

JULIO CASTAÑO BELTRÁN

24 de octubre de 2021 12:00 AM

La alegría de Roquelina Pájaro Simancas se desbordaba detrás del tapabocas y se reflejaba en sus ojos, le brillaban por las lágrimas y por el inmenso amor que sentía por la vida; ese regocijo era, ni más ni menos, por volver al altar donde ella y César Martínez Martínez se juraron amor eterno hace 50 años.

El párroco Jesús María Cano ofició aquella primera ceremonia, pero esta vez el sacerdote de la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria de Arjona, Jaime Hernández, fue el encargado de bendecir a la pareja. Al clérigo no se le escuchó aquella célebre sentencia que dice: “Si alguien se opone a esta unión, que hable ahora o calle para siempre”... No la pronunció porque simplemente esta era una renovación de votos, una ocasión para confirmar el primer juramento. Le puede interesar: Pareja de ancianos revivió historia de amor después de 30 años sin verse

La historia tras una pareja que celebró 50 años de matrimonio en Arjona

César y Roquelina celebraron sus bodas de oro renovando sus votos matrimoniales.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

“Como siempre lo dije y lo sostengo desde que era pequeña: solo me casaría con el hombre de mis sueños y él es mi sueño aún. Y estamos cumpliendo felizmente 50 años de estar juntos y cumpliremos el juramento, hasta que la muerte nos separe”, dijo ella frente a sus cinco hijos, quince nietos y dos bisnietos.

Dicen que el secreto de un matrimonio longevo está en la comprensión, respeto, paciencia, tolerancia, diálogo y, sobre todo, el amor. Dicen también que jamás se han separado, pero sí ha habido una que otra discusión, como es apenas natural entre quienes cometen la osadía de conformar un hogar.

Como siempre lo dije y lo sostengo desde que era pequeña: solo me casaría con el hombre de mis sueños y él es mi sueño aún”,

Roquelina Pájaro.

Lucha por vivir

Una de las más grandes batallas de esta pareja comenzó cuando Roquelina cumplió 32 años -hoy tiene 73-... Le diagnosticaron cáncer de cuello uterino. Desde ese mismo momento empezó la lucha por acceder a una intervención quirúrgica a través de la cual pudiesen extirparle el tumor; tras varias solicitudes a clínicas, logró concretarla en una cerca del Mercado de Bazurto (frente donde ella trabajaba).

Roquelina recuerda que el médico del centro asistencial la examinó y le dijo que su afección era delicada, que necesitaban operarla en los próximos tres meses pero que volviera a consultar en dos meses para ver la evolución; si no volvía en ese tiempo, no habría mucho que hacer en contra de la enfermedad. “Eso me preocupó mucho, yo estaba muy joven para morir, ya había parido a Rosaura, Arelis y César, pero mi estado de salud empeoraba. Lloraba, bajé de peso, me adelgacé demasiado. Cierto día, una de mis hermanas me visitó y me dijo que el doctor José Gregorio Hernández -hoy beatificado- me podría resolver ese problema”.

Roquelina asegura que se aferró a la fe y la oración y esperó paciente su curación, la que, según ella, fue posible mediante ese proceso de comunicación espiritual con el médico durante un mes.

“Yo le rogaba a Dios y al médico José Gregorio que me ayudaran a superar esta crisis y así fue, un día me levanté y sentí algo raro en mi cuerpo, como cuando se nos quita un peso de encima. Me levanté de la cama y seguí orando, abrí las brazos y le di las gracias a Dios. Catorce días después me realicé los exámenes de forma particular y se los llevé al médico que me había pronosticado pocos días de vida. Los vio y se sorprendió, ordenó realizarlos otra vez, ahí mismo, en la clínica, pero no encontró nada. Ya me sentí curada”. Dos años después, volvió a quedar embarazada y concibió dos hijos: Rafael y Yakelín.

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Una mujer luchadora

Roquelina solo pudo estudiar hasta el segundo grado de primaria, aprendió a leer y conocer las operaciones básicas de matemática, sumar y restar. “Cuando mi mamá me mandaba a clases, iba un rato y me regresaba en mitad de las clases. Yo me quedaba donde una vecina a aprender a hacer bollos, cocadas y dulces. Mi mamá era modista, estaba dedicada a su actividad y en la noche veía que tomaba el cuaderno, pero no era para tareas sino para sacar las cuentas de ventas de bollos de la vecina. De ahí le fui tomando confianza a los negocios”, recuerda.

Cuando tenía 14 años, Roquelina le pidió permiso a su madre para ir a acompañar a una amiga de la familia a la plaza de mercado público, que antes quedaba en Getsemaní -donde está el Centro de Convenciones-, dado a los constantes viajes desde Arjona hasta este sitio, se fue formando como comerciante.

“Eso era lo mío, el negocio, a los 18 ya tenía un puesto de venta de carne de cerdo, el que conservé con el traslado del mercado a lo que hoy es Bazurto. Seguí mi senda de comerciante”, añade y recuerda con nostalgia ese punto de ventas: de no haber llegado la pandemia el año anterior, aún estaría viajando desde Arjona todos los días. Siempre salía del pueblo a las 4 de la mañana para dedicarse a esta actividad a la que tanto le agradece, pues con ella logró educar a sus hijos y a un sobrino.

Roquelina y César trabajaron arduamente para que sus hijos pudieran educarse como profesionales.

Volvamos al amor

Tantos años después, Roquelina recuerda que conoció a César cuando ella apenas tenía 18 años y él, 14. Cada vez que él la veía, la piropeaba y lo hizo también que la enamoró. Cinco años después se casaron, era 14 de octubre de 1971. Ella estaba metida de lleno en el negocio y César de vez en cuando la acompañaba a Cartagena, porque para esa época era jornalero en una finca del sector de Pita en Arjona. Él estudió hasta 3° de primaria, en las llamadas escuelas de banco, sin embargo, quería ser un técnico en radio y televisión. Mientras la oportunidad llegaba, desarmaba y volvía a armar cuanto radio se le atravesaba en la casa.

Con esa ilusión de ser un profesional y a través de un amigo de su familia que le buscó una alternativa de estudio, pero a distancia, César aplicó y le mandaban una cantidad de módulos, los que interpretaba con lo poco que aprendió a leer, de ahí logró graduarse. Hoy aún ejerce su esa actividad como uno de los mejores técnicos del pueblo. Y pese a que los dos no se graduaron como bachilleres, a sus hijos los formaron como profesionales en docencia, técnica en mercadeo y enfermería. Los dos viven días felices en el barrio 7 de Agosto, sector Chambacú.

El tiempo ha pasado, pero el regocijo de un amor, de esos de verdad, sigue intacto cincuenta años después. Lea además: Son 100 años, ¡felicidades, doña Elizabeth!

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