Cólera: la otra peste que vino en barco

16 de marzo de 2020 12:00 AM

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El 27 de diciembre de 1848 el vapor Falcon llegó desde Nueva Orleans al puerto de Chagres, en Panamá, rumbo a Cartagena. Arribó con 193 pasajeros, pese a la solicitud panameña ante el Consulado estadounidense, de someter en cuarentena todas las embarcaciones, ante la epidemia de cólera. El médico Domingo Arosemena fue el primero en alertar que ese vapor que venía de Nueva Orleans traía consigo la enfermedad, luego de revisar a un niño, un joven y un anciano, y comprobar que tenían los síntomas del cólera. Las autoridades sanitarias y políticas en Cartagena estaban en alerta e iniciaron una controversia si debían someterse las embarcaciones en cuarentena, cuando vieron atracar a la goleta Flor de mayo, que también había llegado de Chagres y estaba fondeada en la bahía de Cartagena. Otros se opusieron, privilegiando las consecuencias económicas para la ciudad por encima de la salud pública. La prensa recordó que tanto Chagres como en Nueva Orleans eran lugares infectados por el cólera y que las medidas adoptadas por Jamaica y Cuba había sido la cuarentena a buques procedentes de esos lugares. “Si uno llevó la peste a Chagres, otro podría traerla a Cartagena, la cuarentena era pues la primera precaución indicada”, decía la nota editorial del periódico El Fanal de Cartagena. Así que el 25 de junio de 1849 se confirmó en la Gobernación la muerte de seis personas por el cólera asiático. El político conservador Manuel María Mallarino argumentaba: “Ningún pueblo se ha librado de una epidemia por el bárbaro método de la cuarentena”, y sustentó su tesis de que la epidemia eran “leyes de la naturaleza y, además, un castigo que la providencia periódicamente nos envía por los designios ineluctables del eterno”. Juan José Nieto visitó a muchos de los enfermos de cólera y no se contagió, lo que sirvió para que algunos congresistas votaran en contra de la cuarentena y a favor de la teoría anticontagionista.

Es como si el vapor de Nueva Orleans no terminara de atracar en Cartagena, y el miedo a una nueva peste nos sacudiera casi dos siglos después. Los episodios son casi idénticos a los del crucero británico Fred Olsen, que trajo el 8 de marzo de 2020 a Cartagena a 924 turistas y 371 tripulantes, con cinco infectados de coronavirus. El escenario natural del cólera a principios del siglo XIX fueron las aguas contaminadas y envenenadas por los mismos habitantes. En las aguas de los ríos Ganges y Brahmaputra, en la India, se gestó el cólera con los desechos que iban a parar a los ríos. En solo una semana el cólera mató a 20 habitantes, y se prolongó a China, al Cáucaso, al mar Caspio, Siberia, y muy pronto la epidemia en la India se convirtió en una pandemia dispersa por el mundo que contaminó los ríos Tigris y Éufrates hasta llegar al río Magdalena.

La peste en novelas

La peste del cólera de 1849 dejó tres novelas célebres: ‘La muerte en Venecia’, de Thomas Mann, Premio Nobel de Literatura alemán en 1929; ‘La peste’, de Albert Camus, Premio Nobel de Literatura 1957, que se desarrolla en Orán, Argelia; ‘El amor en los tiempos del cólera’, de Gabriel García Márquez, que se desarrolla en Cartagena. Más allá de que las pestes estén narradas en diversos libros sagrados, como ‘El éxodo en La Biblia’, hay un antecedente literario que no puede olvidarse: ‘Diario del año de la peste’, de Daniel Defoe, publicado en marzo de 1722, sobre una plaga que amenaza a Londres.

He vuelto a leer estos libros solo para comprobar que la historia de la humanidad tiene momentos en que repite las mismas escenas narradas por historiadores y novelistas. En la novela de Camus se declara la cuarentena en las casas de los enfermos, se cierran esas casas y se desinfectan. Cuando el número de muertos llega a treinta, la misma ciudad pide a las autoridades que “declaren el estado de peste. Cierren la ciudad”. El pánico y el miedo vuelan más rápido que en 1849. Las noticias llegaban en vapor, lanchas, barcos, telegramas y telégrafos. La gente tenía miedo de infectarse al abrir las cartas o los telegramas. Se saludaban con miedo, como hoy: a través de los codos o la mirada. “En el momento más grave de la epidemia no se vio más que un caso en que los sentimientos humanos fueron más fuertes que el miedo a la muerte entre torturas”, dice Camus. En Orán se bebía mucho alcohol por aquellos días, como en Cartagena. Y se creía los mismo que hoy: “El vino puro mata el microbio”, dice un personaje de Camus. “La idea natural en el público de que el alcohol preserva de las enfermedades infecciosas se afirmó en la opinión de todos. Por las noches, a eso de las dos, un número considerable de borrachos, expulsados de los cafés, llenaban las calles expansionándose con ocurrencias optimistas” (Camus). Los comerciantes pescaban en el río revuelto de la peste y guardaban ciertos víveres para venderlos más caros, cuenta el cronista de la novela de Camus. La ciudad colapsó y sobrevivió en “la lucha sorda entre la felicidad de cada hombre y la abstracción de la peste, que constituyó la vida de nuestra ciudad durante este largo período”. Los habitantes, junto al sacerdote del pueblo, se enfrascaban a pensar dónde estaba Dios en tiempos de epidemia, otros, por el contrario, buscaban otras explicaciones según sus creencias, y en la novela aparecen unos chinos que tocan el tambor sintiendo que hacerlo “resultaba más eficaz que las medidas profilácticas”. En la novela, el sacerdote lee fragmentos del texto bíblico y recuerda que el Faraón egipcio, opuesto a los designios divinos, fue castigado junto a los soberbios y los ciegos de corazón y lo puso de rodillas. El sacerdote clama ante los fieles: “Privados de la luz divina, henos aquí por mucho tiempo en las tinieblas de la peste”. La novela cuenta que “en los tiempos del rey Humberto, en Lombardía, Italia, fue asolada por una peste tan violenta que apenas eran suficientes los vivos para enterrar a los muertos, encarnizándose sobre todo en Roma y en Pavia”.

La peste en la historia

La peste de cólera vivida en Cartagena en 1849 ha sido contada con detalles por historiadores de la ciudad. Ha sido formidable leer a los jóvenes historiadores Orlando Deavila Pertuz y Lorena Guerrero Palencia, del Semillero ‘Sociedad, Raza y Poder’ de la Universidad de Cartagena, quienes fueron tras la pesquisa de estas noticias para su ensayo ‘La ciudad en los tiempos del cólera: medicina, sociedad, raza y política en la Cartagena de mediados del siglo XIX’, que aparece en el libro ‘La ciudad en tiempos de epidemias. Cartagena durante el siglo XIX e inicios del XX’. Los editores fueron Alfonso Múnera Cavadía y Raúl Román Romero y el libro fue publicado en 2016 por la Universidad de Cartagena.

Epílogo

Como si lo leyéramos en este 2021, la novela de Camus cuestiona la actitud de quienes solo piensan en el provecho comercial privado por encima de lo público: “Esta peste era la ruina del turismo”. El balance del día 94 de la peste era de 124 muertos, la ciudad redujo su alumbrado público, el comercio entró en ruina, la crisis del papel tocó a los periódicos que tuvieron que adelgazar y disminuir el número de páginas, cuenta Camus. Más allá de narrar una pandemia, Camus nos lleva a reflexionar sobre la condición humana: “El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad”.

La gente en Orán en 1849 no se atrevía a saludarse con las manos, en los días de la peste. La gente de Cartagena en 2021, por miedo y prevención, tampoco se atreve a saludarse con las manos. Algunos lo hacen con el codo.

El cronista de la novela describe todo lo que pasa en Orán. El río del tiempo nos devuelve a las pestes como un molino de viento que no cesa de dar vueltas.

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