Facetas


Las escenas macabras que algunos han normalizado

De vuelta al periódico, pensaba: ¿será que de verdad lo disfrutan?, ¿no les da miedo que algún día les pase a ellos?, ¿es que me estoy volviendo loca o esto es para algunos una especie de... espectáculo macabro?

LAURA ANAYA GARRIDO

11 de julio de 2021 12:00 AM

Aquella tarde, estaba lejos, muy lejos, de casa, pero iba camino al lugar donde habían asesinado a tres personas y sentía el mismo vacío en el estómago, el mismo escalofrío leve, el nudo que se me aferraba a la garganta en los peores años de la violencia cada vez que escuchaba: “Mataron a Nosequiencito”.

Verán, soy de un pueblo lo suficientemente pequeño como para saber dónde vive cualquiera de sus habitantes, quiénes son sus abuelos, sus papás y sus hijos, así que, cuando asesinaban a alguien, aunque no fuese un familiar, sentías que no era un desconocido y te dolía. Te pesaba saber que ese cadáver tirado en alguna de las salidas del pueblo era el de un vecino, un amigo, un familiar y no había risas mientras lo envolvían en sábanas y lo llevaban de vuelta a casa, porque sabías, en el fondo, que pudiste haber sido tú o tu papá o tu mamá. Te daba miedo. Había lágrimas y el silencio solo era perturbado por los alaridos de las mamás, las viudas o los hijos. (Le puede interesar: Aquella llamada de un sicario y otros episodios tras las crónicas rojas)

Aquella tarde, como periodista, vería por primera vez una inspección judicial de un homicidio -ya saben, policías o agentes del CTI de la Fiscalía acordonan el sitio del crimen, recogen evidencia que pueda ayudar a atrapar a los asesinos y, finalmente, embarcan el cadáver en la furgoneta donde lo trasladan al Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses-, pero no me impresionaron tanto los charcos de sangre como la actitud de muchas de las personas que contemplaban aquella terrible escena, producto de un ataque sicarial en un billar de un barrio pobre de Cartagena: se reían de cualquier cosa y hacían chistes.

Aún recuerdo a una niña, tendría unos diez años, que repetía: “¡Mami, no veo nada!”, y la mamá la cargaba para que observara cómo dos agentes vestidos con antifluidos blancos examinaban el cadáver del único entre los tres muertos que todavía yacía en la terraza del billar (los otros dos habían fallecido camino a un hospital cercano).

Seguí abriéndome paso entre los curiosos mientras escuchaba, allá, muy en el fondo, justo detrás de las risas y los comentarios de la romería, el llanto desgarrador de la mamá del difunto. Dos cintas amarillas de “peligro” me separaban de la señora, que estaba en el otro extremo de la escena del crimen y también contemplaba cómo los agentes sacaban el cadáver de su hijo de entre las grises y desgastadas bancas del billar: estaba sentado en una de ellas cuando dos sicarios motorizados llegaron a repartir balazos como si no hubiese un Dios en el cielo, ni demonios en el infierno.

Me detuve justo antes de la cinta, con la prudencia suficiente como para que agentes de policía que custodiaban la escena del crimen no tuvieran que regañarme por querer pasarme, como sí lo hacían con algunos de los presentes: entre broma y broma, los más osados parecían querer burlar la cinta para acercarse y observar por dónde le había entrado cada bala a aquel muchacho.

Miré a mi compañero, el fotógrafo, moverse entre las personas que estaban al otro extremo de la escena y me limité a escribir todo lo que percibía mientras pensaba en cómo llegar al otro extremo para hablar con la mamá del difunto, era especialmente difícil porque toda la calle estaba acordonada. Francamente dudaba que el tremendo dolor que ella estaba sintiendo le permitiera hablar conmigo, pero tenía que intentarlo por respeto al difunto y, evidentemente, para hacer el mejor trabajo posible para el periódico.

“Hay un perro en la escena del crimen. Siento el olor casi metálico de tanta sangre. Huele a tierra mojada”, escribí y sí: la lluvia que tanto anunció el cielo gris durante todo el día empezaba a caer ahora sobre la libreta, sobre el lapicero y sus palabras rojas. Yo no tenía paraguas y el sereno comenzaba a convertirse en un aguacero, así que corrí hacia una terraza para refugiarme, pero no me podía marchar antes de que se llevaran el cadáver. (Lea también: La otra “pandemia”: 48% de los homicidios en 2021 han sido en riñas)

“Está lloviendo. La gente se va, pero algunos se quedan en la calle, se mojan, como que no les importa. Unos tienen paraguas y otros no. Los agentes recogen el cadáver y lo meten en una bolsa blanca. La mamá grita más”, apuntaba y miraba a la señora, con sus canas y su rostro ajado por los años... Pensaba: pobre mujer, nadie merece sentir ese dolor.

“Metieron el cuerpo a la furgoneta a las 4.45 p. m.”, escribí. Volví a mirar a mi alrededor y noté que los curiosos comenzaban a marcharse y las cintas yacían en el suelo, pero no había hablado con la señora. Mientras respiraba y tomaba el impulso necesario para acercarme y entrevistarla -no era fácil abordar a alguien que acaba de perder a un ser querido, nunca lo será-, escuché a mi compañero, el fotógrafo; me llamaba y se acercaba a mí para decirme que había intentado abordar a la señora, pero que ella no había querido hablar -como ninguno de los familiares que estaban ahí... Era apenas natural y no tenía caso insistir-, así que era hora de marcharnos.

De vuelta al periódico, pensaba: ¿será que de verdad lo disfrutan?, ¿no les da miedo que algún día les pase a ellos?, ¿es que me estoy volviendo loca o esto es para algunos una especie de... espectáculo macabro? No sé. Supongo que de tantos homicidios -solo entre 2010 y 2019 la prensa reportó 2.376 asesinatos en la ciudad- ya han convertido a las muertes violentas una escena ¿común? en buena parte de la ciudad. ¿Habrá algo más triste que eso? (Lea además: ¿Se le mide a hacer periodismo judicial en Cartagena?)

También es triste saber que la de aquella tarde fue apenas la primera de no sé cuántas inspecciones judiciales que cubrí como reportera de Sucesos. Tal vez fueron cientos, nunca lo sabré, no solía llevar la cuenta, pero lo que sí sé es que siempre me repetía las mismas preguntas, porque siempre había un “público” compuesto por niños, adultos y ancianos, dispuesto a contemplar la escena, no importaba si era un asesinato, un accidente o un suicidio, ni tampoco que fuese en plena calle, dentro de una casa o en un lote lejano y desolado; si era muy temprano en la mañana o muy tarde en la noche; si llovía o hacía mucho sol... Siempre había curiosos esperando contemplar hasta el último momento de la inspección para marcharse.

Me volví a hacer las mismas preguntas muchas veces, pero recuerdo de forma especial un mediodía: fue en otro homicidio, pero aquella vez habían asesinado a una pareja y, bajo el despiadado sol de las doce del día, un señor me insultó porque no quise moverme del lugar desde el cual hacía mi reportería para que él pudiera ver mejor a los muertos.

No lo voy a negar: con el tiempo y con tantas inspecciones judiciales, dejaron de sorprenderme los chistes, las carcajadas y los curiosos, pero nunca dejé de sentirme muy, pero muy lejos de casa.

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