‘Pachito’ Aldana, un guerrero de mil batallas

28 de junio de 2020 12:00 AM

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Si era de quitarse sus zapatos para regalarlos a alguien que los necesitara, el padre Aldana no tenía reparos en hacerlo. Trataba a todos por igual, no importaba si la persona pertenecía a la élite más encopetada o al grupo menos favorecido de Cartagena, la ciudad por la que luchó de sol a sol, incansable, de manera decidida hasta cuando sus fuerzas se lo permitieron. (Lea también: Así recuerdan sus seguidores al padre ‘Pachito’ Aldana)

Allá, en las faldas de La Popa, su huella está fresca, su marca indeleble cambió vidas y avivó las esperanzas de creyentes y no creyentes. En el barrio Santa Rita y en sus alrededores, en San Francisco, 7 de Agosto, Torices, Daniel Lemaitre, Lo Amador, Palestina Loma Fresca y Petare, llevó esa vocación más allá de proclamar una fe, la destinó para servir a otros.

Su batalla por los más necesitados comenzó desde el mismo momento en que decidió convertirse en sacerdote. “Cuando asistimos a su grado de ingeniero civil, yo fui con mi papá, en el Teatro Junín de Medellín, después de la ceremonia de graduación fuimos a reunirnos en la casa de una familia amiga, los Villa Restrepo, y ahí, brindando con la copa de champaña, nos dijo que se iba de sacerdote. Enseguida se quedó en Medellín, ingresó a la Compañía de Jesús (el 5 de noviembre de 1962), como diez años estuvo estudiando para convertirse en sacerdote: en el seminario de La Ceja, en Santa Rosa (Boyacá), y estudió teología en la Javeriana. Fueron unos estudios bastante largos. Lo de él fue una vocación tardía, aunque siempre fue muy estudioso, eso no le impidió que fuera fiestero y hasta yo creo que alguna novia debió tener”, narra su hermano, el abogado Alfredo Aldana Miranda.

Efraín Aldana Miranda, ‘Pachito’, nació el 5 de noviembre de 1936 y se crió en el seno de familia tradicionalmente católica, en el Centro Histórico de Cartagena de Indias. Los Aldana Miranda vivieron en Getsemaní, en la Calle de La Moneda, en la Plaza Fernández de Madrid, en El Cabrero, en Manga, en el callejón Román. Su padre era el reconocido abogado Efraín Aldana y su madre, Mercedes Miranda, fue rectora del Colegio Mayor de Bolívar y por más de 40 años se dedicó a la educación. Tuvo dos hermanos, Alfredo y Reinaldo, también ingeniero.

Cuando decidió cambiar los hilos de su vida, ‘Pachito’, que en ese entonces todavía no era conocido con ese peculiar apodo, “ya había trabajado en la ingeniería e incluso en el departamento de Bolívar, en la construcción de la carretera de Mompox”, dice su hermano.

“Dio todas las batallas”

Se ordenó en Cartagena el 7 de diciembre de 1971 y por más de 30 años se dedicó a trabajar en distintos lugares del país. “Su primera misa fue en Cartagena, en la iglesia de San Pedro Claver, fue el segundo jesuita cartagenero en los nuevos tiempos que tuvo la Compañía. El primero fue un padre que murió muy joven, Enrique Ramírez López, sobrino nieto de Domingo López Escauriaza.

“Los mejores años de su apostolado, ‘Pachito’ los dedicó a sacar adelante Santa Rita y todos esos barrios circunvecinos. Fue eminentemente un sacerdote dedicado a los pobres”, narra Alfredo, el único hermano que le sobrevive. Nunca le tembló la voz ni mucho menos el pulso para denunciar situaciones irregulares. Lo hacía cada semana a través de sus columnas de El Universal, donde su pluma reflejaba su indignación pero también mensajes de paz, esa que promovía a la par de otras causas. “Dio todas las batallas que tuvo que dar. Una vez, el periodista Pirry lo entrevistó para el documental ‘Fantasmas de la Ciudad de Piedra’ y contó todo lo que estaba pasando en la ciudad y muchas otras cosas”, refiere su hermano. Y el corazón de ‘Pachito’ era el de un ser extremadamente bondadoso. “Se quitaba la ropa para dársela al prójimo, literalmente, a quien la necesitara, era un hombre muy dado a las causas populares, sin olvidar que tenía amigos que lo ayudaban a su misión, de la clase dirigente de Cartagena: ingenieros, abogados y profesionales, altos funcionarios. Trataba por igual a todo el mundo, a rico a pobre, a todo el que se le acercaba. Fue un hombre muy especial, por eso lo querían tanto”, afirma Alfredo. El mérito llevó al reconocimiento y a la exaltación de su labor. Pronto empezó a ser ejemplo en toda la ciudad y a recibir distinciones.

“Nunca he conocido en Cartagena a nadie a quien la gente humilde y en problemas respetara y escuchara con actitud más esperanzada. Recorrí con él los barrios más pobres de Cartagena. El sacerdote que llegaba a esas calles y ranchos inconcebibles en una ciudad donde los más ricos de Colombia exhiben el oropel de su riqueza, era el amigo y confidente”, así lo describió el periodista Óscar Collazos en una de sus columnas de opinión.

Una de sus banderas en su batalla contra la pobreza y la exclusión fue la fundación del Centro de Cultural Afrocaribe, una organización jesuita sin ánimo de lucro que trabaja por el desarrollo integral de las comunidades afrodescendientes de Cartagena, donde se formaron grupos culturales y de danzas como el grupo folclórico de baile cumbia ‘Las Hijas de Pacho’, en su honor.

En Santa Rita llegó a continuar la labor de más de 30 años de la Comunidad de Jesús, en una zona donde los sacerdotes se preocuparon “por la instalación de los servicios públicos, la lucha por mejorar las condiciones de habitabilidad, por el montaje del mercado de Santa Rita, por la fundación del colegio Ana María Vélez y, en general, creando gran parte de lo que hoy existe en esas comunidades, como decía ‘Pacho’, ‘abandonadas por el Estado y con la desesperanza aprendida’”, describen Raúl Paniagua y Rosita Díaz de Paniagua, amigos cercanos, en un escrito para homenajearlo.

“Fue claro y coherente su mensaje y acción con los desplazados por la violencia que ya empezaron a llegar por miles, con los obreros, estudiantes y campesinos. Esto lo llevó a impulsar el Comité de Defensa de los Derechos Humanos y la Mesa por la Paz de Cartagena, de la cual fue su mayor animador durante algo más de dos décadas, fue un entusiasta impulsor de la Semana por la Paz. Nunca le tembló la mano para denunciar a los corruptos, a quienes se apropiaban de los bienes colectivos”, añaden.

Hasta luego, ‘Pachito’

El padre ‘Pachito’ cerró sus ojos para siempre a las 10:30 de la mañana del 24 de junio de 2020, en la casa de reposo jesuita donde vivía, en Medellín. Tenía 83 años. Murió en estos tiempos tan extremadamente extraños donde la lejanía de los cuerpos reina porque ni despedirnos de quienes se marchan es como antes.

Ni siquiera la pandemia ha evitado que caiga entre nosotros una liviana lluvia de recuerdos, pequeños homenajes virtuales de decenas de personas que lo conocieron y recuerdan con el afecto que suelen despertar solo ese tipo de personas que brillan con luz propia.

Al día siguiente de su muerte, se dedicó una misa en su honor desde el Santuario San Pedro Claver, en su amada Cartagena. En ella leyeron las palabras escritas por los esposos Paniagua, y el sacerdote Jorge Camacho mencionó:

“Tenemos que construir una nueva sociedad sobre nuevos cimientos, creo que ese era el sueño de ‘Pachito’, construir una Cartagena donde se respetaran los derechos y todos pudieran vivir con dignidad (...) En este momento estamos sembrado frente a la muralla una ceiba que va a quedar en memoria al padre ‘Pachito’, signo de la vida que es sagrada, de esa vida que tanto defendió”.

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