Los dos amigos más viejos de Gabo

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El Mago dice riéndose que él tiene el ataúd debajo de la cama y todas las mañanas despierta con ánimo para desbaratarlo.

Es asombroso escucharlo hablar con la memoria clara de su juventud. Es Guillermo El Mago Dávila, de 90 años, uno de los más viejos amigos que le sobreviven a García Márquez.

Hace poco mi hermano, Édgar Tatis Guerra, viajó a Bogotá y le pedí que fuera a visitar y a conversar con esta criatura singular, sobreviviente de una larga memoria antediluviana y antes de Macondo. Mi hermano cumplió la promesa de visitarlo, pero no intuí en qué circunstancias. El Mago acababa de sufrir un temblor de más de una hora y tuvo que ser hospitalizado en febrero de 2020 en Bogotá, víctima de una bacteria que había entrado a su cuerpo.

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Cuando supe que mi hermano estaba con él en el hospital, tuve el pálpito de que por razones de fuerza mayor El Mago no estaría en condiciones de conversar con nadie. Pero mi sorpresa fue que se quedó con mi hermano conversando de lo mismo y lo de siempre, con el mismo encanto sobrenatural con que cuenta cómo financió en 1951 una de las aventuras del periodismo colombiano junto a un muchacho que se llamaba Gabriel García Márquez: la creación del periódico más pequeño del mundo, se llamaba ‘Comprimido’, solo duró seis días y en sus páginas escribía en absoluto el joven periodista y escritor que en 1982 sería Premio Nobel de Literatura. No solo escribía el editorial, sino el consultorio sentimental, las noticias políticas y judiciales, el horóscopo y la sección local, todo escrito en párrafos brevísimos con altas dosis de humor. El muchacho se sentaba frente a su máquina de escribir y en pocos minutos culminaba su ‘Comprimido’, que se distribuía al atardecer por las calles, plazas y parques de Cartagena, se agotaba antes del ocaso y era el comentario público debajo de los portales.

El Mago me cuenta la cara de palo que puso García Márquez cuando le dijo que la sexta edición sería la última que saldría. El joven director escribió el editorial diciendo que a partir de aquella mañana ese diario “será el primer periódico metafísico del mundo”. Deambularía por Cartagena sin ser impreso en los linotipos del diario El Universal de la manera natural con que Santa Sofía de la Piedad se hizo sentir en ‘Cien años de soledad’: siendo invisible, dejando de existir o existiendo cuando fuera necesario.

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Así que cuando mi hermano empezó a conversar con El Mago, se emocionó tanto que empezó a contar historias y a burlarse de su enfermedad diciendo que él ya está acostumbrado a tener su ataúd debajo de la cama y destrozarlo cada mañana.

Dávila es un mago, un ilusionista y prestidigitador de verdad, es el creador de la Asociación Colombiana de Magos y durante muchos años trabajó como linotipista de diversos diarios, entre ellos El Universal, contratado por Domingo López Escauriaza. Conserva la carta del director fundador del periódico en la que lo nombra linotipista y guarda como un tesoro el último editorial de ‘Comprimido’, firmado y tecleado en su máquina de escribir por García Márquez.

Conserva las cuentas de los seis días que duró el periódico más pequeño del mundo, hasta que se le agotaron los recursos y él se cansó de tocar las puertas del comercio cartagenero. ‘Comprimido’, 69 años después, fue un periódico original que se adelantó a las crisis e innovaciones de los periódicos de hoy.

El Mago recuerda a aquel muchacho flaco e inspirado con un espíritu alerta, a quien volvió a ver en las fiestas de los 450 años de Cartagena. ‘El Mago’ creyó que García Márquez lo había olvidado, pero lo reconoció entre la multitud que bailaba en el Muelle de los Pegasos y lo volvió a recordar y a nombrar en sus memorias en ‘Vivir para contarla’.

El Mago aprendió todos los trucos de los prestidigitadores y es capaz de hacer invisible lo visible y de destrozar a dentelladas un billete que luego sale intacto de sus manos. Pero ahora su magia es la vida misma que asume con la alegría y el sentido del humor que siempre lo ha acompañado, en las buenas y en las malas.

El Mago vive en Bogotá. Es de Bucaramanga, pero tiene recuerdos intactos de sus días juveniles en Cartagena junto al joven García Márquez y al lado de una generación que se convirtió en leyenda: Clemente Manuel Zabala, Héctor Rojas Herazo, Ramiro De la Espriella, Gustavo Ibarra Merlano, contertulios del genio de Macondo.

Un amigo de 101 años

El otro amigo que le sobrevive a García Márquez es Carlos Alemán Zabaleta, que en 2020 acaba de cumplir 101 años. Nació en Mompox en 1919 y es abogado de la Universidad Externado de Colombia, donde conoció a dos poetas, uno del sur y el norte del país: a Óscar Delgado, de Santa Ana, Magdalena (1910-1937), y a Aurelio Arturo de La Unión, Nariño (1906 - 1974). Vive en Bogotá y a su edad sigue leyendo libros, conserva la memoria prodigiosa de su juventud junto a García Márquez en 1949, y conserva los recortes de periódicos en donde publicó sus poemas su amigo Óscar Delgado, asesinado en 1937, el día que fue elegido diputado.

García Márquez acompañó a Carlos Alemán Zabaleta en sus correrías por el departamento de Bolívar que se extendía a los actuales departamentos de Córdoba y Sucre, y visitaron La Mojana, Achí, Sucre-Sucre, entre otros. En ese viaje político lo acompañaba además Ramiro De la Espriella. Al final, Alemán fue elegido diputado y el día de la posesión alguien sacó un revólver y le disparó. La bala chamuscó el saco de Alemán, recuerda García Márquez en sus memorias. Ese día, recordando a su sacrificado amigo Óscar Delgado, Alemán decidió no seguir el destino político. Apenas recibió el primer sueldo como diputado, le dijo a García Márquez y a sus amigos: “Los invito donde las putas. Me gastaré este suelto con ustedes”.

De su amistad con García Márquez conserva una copia de una carta del Premio Nobel de Literatura, escrita en 1950 desde Barranquilla. Una carta que sus biógrafos han destacado como una carta sugerente, estrafalaria, insólita, de un García Márquez embriagado que suelta frases irreverentes, desabrochadas, y cuenta algunas anécdotas de lo que está escribiendo. Carlos Alemán hubiera preferido conservar el original de esa carta y lamenta que la vida y las circunstancias lo hubieran llevado a venderla cuando su esposa enfermó. Su altivez, nobleza y elegancia se mantienen más allá de sus cien años.

Epílogo

En una cena ofrecida por Alberto Abello en su apartamento en 2006 a Gabriel García Márquez y a su esposa, en Cartagena, el escritor dijo delante de varios invitados que su mayor pasión era la de ser reportero en cualquier rincón del mundo. Pero el problema se le complicó a él mismo cuando su sola presencia paralizaba a muchos quienes ya lo veían como un mito viviente. Dijo además que era bello llegar a un pueblo donde no lo conocieran para ir al encuentro con sus habitantes. Escribir, lo dijo tantas veces, es un arte para que “mis amigos me quieran más”. El 6 de marzo se cumplen 93 años del natalicio de García Márquez y hay dos amigos viejos que aún lo recuerdan.

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