Machu Picchu: lo que debes saber antes de visitar esta maravilla

26 de mayo de 2019 12:00 AM

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Machu Picchu no es como la pintan. Decían que al llegar sentiría una energía tan extraña como sublime, un no sé qué que nadie ha podido explicar todavía con palabras. Eso decían.

Ahora, al pie de Waynapicchu, esta montaña enorme que aparece en todas las postales de Machu Picchu y que ahora se alza descomunal frente a mí, tengo un frío que en Cartagena no se siente a las siete de la mañana. También recuerdo haber leído en alguna parte que el nombre de esta ciudadela traduce ‘Montaña Vieja’ en la lengua indígena quechua y vaya que la honra: el jefe inca Pachacuti ordenó construirla en 1440 y me parece increíble que sus edificaciones en piedra -al pie de Waynapicchu- se vean tan sólidas casi seiscientos años después. Y pensar que para vivir este momento tuve que recorrer los 2.637 kilómetros que separan a Cartagena de Machu Picchu... el avión de Cartagena a Bogotá, Bogotá - Lima, Lima - Cusco; de Cusco en taxi a la estación del tren que va a Aguas Calientes (el pueblo más cercano a Machu) y un bus de Aguas Calientes a la anhelada ciudadela Inca. Parece un trabalenguas, ¿verdad?

Así, segura, segura de que este cuerpo colombiano pueda subir 2.667 metros sobre el nivel del mar y no sé cuántos escalones de caminos ‘endemoniados’ (por lo erosionados) para llegar a la cima de Waynapicchu no estoy, pero pagué el boleto hace meses por internet (unos $200.000) y ya entrada en gastos... Esta fila, con gente de todas las edades y los rincones del mundo, va creciendo cada minuto porque en cada turno (y cada día hay tres) suben 400 personas a la montaña. La idea no es llegar primero, es llegar, eso: llegar bien -repito mentalmente- y miro a un señor que parece filipino vestido de pantalones grises (se me antoja que formales) y camisa manga larga; debe tener unos setenta años y no se ve preocupado, ¿cómo que él va a poder y yo no?

Avanzamos. Firmamos una especie de lista de asistencia con nombre y nacionalidad, mostramos el pasaporte y listo, vamos para arriba. Hace frío. Ya casi son las ocho y la niebla todavía oculta el impresionante y verdísimo paisaje que he visto en fotos. ¿Agua? Bien. ¿Hojas de coca? Bien, las dejaré para después, si las llego a necesitar... quién sabe si el soroche (mal de alturas) o el cansancio crónico ataquen. Ya no tengo frío. No más chaqueta, la amarro a mi cintura, recojo las mangas del buzo. El señor filipino me pasó y ahora va allá, arriba, apoyándose en un bastón delgadito y agarrándose de una especie de guayas que están en los tramos más mald... malucos, mejor malucos.

Por ratos cuesta respirar. Es difícil caminar rápido aquí, supongo que por la altura, y prefiero no retar a mi corazón que, aunque joven, se arrebata y a veces parece querer correr más que yo. ¿Dónde quedaron las hojas de coca?

Arriba de Waynapicchu (también conocida como Huayna Picchu) hay una construcción, ¡mi madre! ¿Cómo y qué clase de súper humanos subieron esas piedras ahí? O, si es que ya las piedras estaban arriba, ¿cómo hicieron con los materiales? Es impresionante, como el Templo de la Luna, que está dentro de una cueva natural formada por piedras enormes también en esta montaña. Y cuando creo que ya no se puede subir más, que hasta ahí llegan estas dos horas de subida, veo a un par de argentinos entrar por la cueva, volver a salir y treparse sobre las rocas. ¡Allá voy! Esa sensación de estar a un paso de caer, de resbalar, pensar que un pequeño mareo te puede hacer caer al precipicio más hermoso del mundo, no importa. Nada importa cuando puedes ver la ciudadela desde arriba y a todos los turistas y las llamas moverse como hormiguitas. Y el cielo azul. Y las montañas verdes. Y el río, que a lo lejos parece una lombriz muy larga. Casi se te olvida que ahora toca bajar por los mismos escalones, por el mismo caminito en zigzag.

Bajar toma unas dos horas más y afortunadamente ninguna caída. Hay una señora que llora y tiembla intentando sortear el tramo de escalerillas más empinado, y su esposo luce tan desesperado que grita para pedir permiso, como si estuviera regañando a todo el mundo. Solo puedo pensar: si sabes que te aterra la altura, ¿por qué pagar para torturarte?

***

Los que subimos a Waynapicchu en el primer turno debemos salir de la ciudadela y volver a entrar para recorrer el resto de las ruinas. Afuera, un bus llega cada cinco minutos, cargado de turistas. Afuera, el pasaporte, el tiquete, el tumulto, los miles de turistas, las tiendas muy limpias, muy ordenadas... los guías, hay que conseguir uno, porque es obligatorio para entrar a recorrer la ciudadela como tal. Encontramos a Luis, rasgos indígenas, sombrero de excursionista y sonrisa imborrable. Luis, como todos los guías, cobra unos 30 soles ($30.000) por persona y comienza a contarnos la fascinante historia de Machu Picchu: “Los arqueólogos creen que fue construida en el siglo XV de nuestra era por los Incas, pero su función sigue siendo un misterio. Fue poblada por un gran número de habitantes, pero solo por nobles, sacerdotes y las “aqllas” (vírgenes del sol). Había también campesinos que trabajaban los campos, pero no vivían dentro de la ciudadela.

“La ciudad está dividida en tres áreas: dos zonas pobladas y el sector agrícola, el cual es un vasto sistema de terrazas y canales de irrigación. El sector urbano estaba dividido en dos barrios, en uno de ellos están los templos más importantes, como el del Sol, y la recámara real.

“En el otro barrio quedan las casas de los nobles y el convento de las ‘vírgenes del sol’. Entre ambos barrios hay una enorme explanada, una plaza. Los alrededores son impresionantes, la ciudadela está construida en la cima de un cerro rodeado por el río Urubamba y una cadena montañosa, pareciera el centro de un anillo de montañas”, dice Luis ahora, que nos detenemos en alguna sombra. No sé cuántos escalones más he pisado, sospecho que muchos, pero ni el calor espanta la maravillosa sensación de impresionarse por atestiguar el desarrollo tecnológico que los indígenas impulsaron hace tantos años, lo impecable del trabajo en piedra, de la arquitectura y del sistema hidráulico que nunca los dejó a merced de la sequía. Ni tampoco la fortuna de ver la piedra más significativa de la ciudadela: el “Intihuatana” o calendario solar, que permitía a los Incas conocer con precisión las estaciones y el clima a lo largo del año.

Hay que decir que la ciudadela está compuesta por unas 150 estructuras construidas con un respeto casi sagrado por la naturaleza. Los peruanos habían descubierto a Machu Picchu y solo hasta 1911, cuando el antropólogo norteamericano Hiram Bingham la redescubrió, el mundo supo de esta maravilla. Pero es verdad, Machu Picchu no es como la pintan: nunca nadie será capaz de pintar o describir por completo su magia.

Debes tener en cuenta para ir:

1. Compra la entrada a Machu Picchu, puede ser a través de la página www.machupicchu.gob.pe, es gubernamental.

2. Cuando tengas ese tiquete asegurado, entonces debes comprar los vuelos. Si estás en Cartagena, lo primero que tienes que pensar es en el tiquete de avión Cartagena - Cusco. Recuerda: cómpralos meses antes de viajar.

3. Hay dos formas de llegar desde Cusco a Machu Picchu: una es caminando durante cuatro días junto a guías y un grupo de turistas de mínimo 10 personas, hay empresas que ofrecen ese servicio por internet; la segunda es en un tren que te llevará de Cusco a Aguas Calientes, el pueblito más cercano a la ciudadela. Los boletos pueden costar mínimo unos 60 dólares y hasta más de 500 dólares. Hay tres tipos de trenes que varían sus precios de acuerdo a qué tan lujoso sea el servicio. El viaje dura tres horas.

4. Lo más recomendable es reservar un hotel en Aguas Calientes. Yo llegué en el tren de la tarde, dormí en el pueblito y de esa manera al día siguiente entré temprano a Machu Picchu. Esa misma tarde tomé el tren para regresar a Cusco.

5. Ya en Aguas Calientes, hay dos opciones para subir a la ciudadela. La primera es caminando, tardarás una o dos horas; o en bus: cada cinco minutos sale uno hacia las ruinas. Para comprarlo, debes mostrar el tiquete de entrada a Machu Picchu y tu pasaporte en una pequeña estación.

6. Ya en Machu Picchu, en la entrada, debes encontrar a un guía, el mío cobró unos 30 soles, quizá ahora cuesta más. Es obligatorio entrar a la ciudadela con un guía.

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