Facetas


Memorias de mar de Roberto Burgos Cantor

Seix Barral publica las memorias de Roberto Burgos Cantor, ‘Señas particulares: Testimonio de una vocación literaria’, que integra además de sus recuerdos de infancia y juventud en cinco capítulos.

GUSTAVO TATIS GUERRA

04 de octubre de 2020 04:00 PM

La carta póstuma que Roberto Burgos Cantor le escribió a su padre es tal vez uno de los textos más sublimes y desgarradores de este libro del gran narrador cartagenero. Son memorias tempranas que empezó a escribir en los años noventa del siglo XX, evocando su infancia y juventud, y la nostalgia lluviosa de Cartagena de Indias, su ciudad natal. Esta edición, que se publica dos años después de la muerte de Burgos, ha estado al cuidado de su esposa Dora Deyanira Bernal y sus hijos Alejandro y Pablo.

Poscriptum es el nombre de esta carta estremecedora, de belleza, nostalgia, un homenaje a Constancia Cantor, la madre, y a Roberto Burgos Ojeda, el padre, a quienes yo mismo veía todas las mañanas por el paseo de Manga, compartiendo el amanecer de medio siglo juntos: estaban a punto de celebrarlos cuando la muerte vino a tocar a la puerta.

Primero llegó por Constancia, el 1 de julio de 1997. Era una entrañable, abnegada y dulce mujer que consagró sus últimos treinta años a servir a los más humildes en los extramuros de la ciudad, en las lomas del barrio Chile y Olaya Herrera, en el suroriente de Cartagena. Cuando Constancia Cantor cerró sus ojos para siempre, su compañía se fue apagando como una vela frente al mar, abandonada a su suerte. Su esposo se echó a morir.

En septiembre de ese mismo año, Roberto, el escritor, entró al hospital a ver a su padre en la sala de cuidados intensivos, abrumado de tubos, oxígeno y luces. El rostro mantenía aún la serenidad y “la severidad usual”, recuerda Roberto, al deslizar su mano por su frente. Aquella caricia de hijo a padre lo devolvió en el tiempo. “Conjeturé si la vez anterior que nos tocamos estaba en los días de la niñez. Quizá tenía cinco o seis años de mi edad y nos bañábamos juntos. Llenabas mi cuerpo de espuma y pompas de jabón. Me enseñabas a secarme con las grandes toallas blancas. Dijiste, pasándote la mano por el rostro, que querías rasurarte. Enseguida pensé que esa sería la primera broma que te iba a hacer cuando te levantaras”.

Esperar que un paciente, un ser querido se levante de la cama de un hospital, es quizá la espera más terrible. Aferrarse al desenlace sin perder las ataduras del milagro, la fe inquebrantable que agita las alas de los ángeles. En medio de instantes llorosos y lecturas de versículos de la Biblia en la sala de enfermos graves, Roberto salió de las penumbras del hospital hacia la luz del mar que alumbraba el reverso de los ventanales cerrados. Detrás del hospital estaba la bahía con su resplandor, la escollera y el mar infinito, y entonces Roberto se fue caminando hacia la ciudad vieja. Vio la cúpula del templo de San Pedro Claver y entró impulsado por la luz sobrenatural de los vitrales. El padre murió el 18 de diciembre.

“Adquiría conciencia de las conversaciones que nos estábamos debiendo, de las preguntas que quería hacerte, contarte por mí mismo en qué estaba en el mundo. Era como presentarme después de un casi largo periplo. Contarte, creo, que esto soy, no sé si me convertí en adulto, espero no haber traicionado al niño, al que una vez enseñaste a guardar equilibrio en su primera bicicleta en el malecón donde corrían los cangrejos del barrio El Cabrero”. Evocó días de infancia junto a su hermana mayor, Sonia, jugando a los carros locos o chocones y la vez que el sacerdote rector de La Salle lo iba a expulsar por una de tres peleas que tuvo con muchachos del colegio. El padre, con la serenidad proverbial, pidió trato igual a los peleadores, sobre todo si esos puños habían ocurrido fuera del colegio. No lo expulsaron. Pero a Roberto, que era -además de buen estudiante- pacífico, lector ávido, lo vigilaban hasta en las ideas. Volvieron a llamar al padre de Roberto, porque sospechaban que era comunista al verlo vendiendo en el colegio el periódico Frente Unido, del sacerdote Camilo Torres.

Lo que se salvó del fuego

Uno de los episodios dramáticos en la vida de Roberto Burgos Cantor fue el día en que se quemó la casa de sus padres, en Manga. Constancia y Roberto estaban ilesos, pero las llamas habían devorado la memoria de la casa junto a la inmensa y adorada biblioteca del padre. Una verdadera tragedia.

“De repente se agolparon las lágrimas, la impotencia ante la fatalidad y sus absurdos, los asombros baldíos ante la injusticia de la vida”. Roberto entró por la pequeña puerta trasera de lo que quedaba de su casa en brasas. Constancia estaba hundida en “una desolación intocable”. El padre estaba “incrustado en un silencio que se volvió coraza, inerme, sosteniendo esa pulcra aceptación que tienen quienes asisten a una fiesta con el vestido prestado, más endurecido por la tragedia”. Roberto abrazó a su padre y a su madre.

“Sentí el poder de la protesta que conocí en Lo Amador, en la Loma del Congo, en Tesca, los seres que al conocer alguna de las caras de la desgracia, corrían a la calle, se quitaban la camisa, la arrojaban al suelo y la pisaban, y en medio de la luz fragorosa imprecaban a gritos heridos y destemplados con el rostro alzado al cielo, arañaban hasta desprenderse las uñas la tierra dura, arrancaban piedras que lanzaban a las nubes. Gritaban a Dios y su corte. Retaban a la vida, llamaban hijo de puta al creador irresponsable”.

Beatriz, su hermana, que alguna vez soñó ser misionera, cuidadora de leprosos, apareció en medio del desastre, descalza y sudorosa, levantando fragmentos de madera quemada. El incendio ocurrió mientras los padres dormían. Y la vecindad los despertó rompiendo los vidrios de las ventanas. El fuego devoró la primera edición de Cien años de soledad, de García Márquez, y la primera edición de Paradiso, de José Lezama Lima; La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio; París era una fiesta, de Hemingway; Un tal Rock Wagram, de Saroyan, entre otros. En medio de los estantes de la biblioteca quemada, se salvó El olvidado y la Alhambra, de Eduardo Carranza. Roberto bromeó años después diciéndole a Eligio García que “el fuego no pudo contra piedra y cielo”.

Una noche el padre vino a Bogotá y estaba abrumado por las circunstancias adversas en la Universidad de Cartagena. “La Universidad era tu vida. Como lo fue hasta el final. La crítica que me confiaste de cómo perdiste tus años empecinado en una quimera que resultó decepcionante, lámpara vieja que se rompe de tanto frotarla, no pasó de un ejercicio de desahogo”. En la biblioteca de Roberto, en Bogotá, conservaba la máquina de escribir Lettera 22, Olivetti, que su padre le había regalado, junto a una bella y antigua edición del Código Civil.

Roberto no se atrevió a preguntarle al padre qué hizo con las cenizas de la casa frente a la bahía. Esa casa que guardaba tantos recuerdos y que significó mucho adquirirla. Su madre descifraba y adivinaba los silencios y los compartía a Roberto. Al cerrar sus ojos, veía otra vez al padre entre la bruma del amanecer, cuando navegaba desde la isla de Barú hasta Cartagena en la embarcación de su abuelo “cargada de cocos y con el correo de los leprosos de Caño del Oro”. En la casa quemada tuvo conciencia del desastre de las utopías revolucionarias y del fracaso de ser adulto. Con los pies descalzos sobre la frialdad de las baldosas, le contó a su madre de su batalla diaria con el trabajo, de su impulso de justicia, su deseo de encontrar entre los escondites de la infancia las raíces de algunos temores, “de la cobardía que nos había llevado a esta realidad podrida y ajena”, para “restablecer el tejido de la ilusión y alentar la resistencia”.

Epílogo

La mano de Roberto acarició la frente de su padre, ahora con los ojos cerrados, en silencio. La mano sigue allí viva, caliente, doliente, acariciando la memoria, mientras le escribe el final de la carta, a pesar de que ya está dentro de esa caja que lo llevará a la otra orilla. Ha querido escribirle esta carta para juntar los fragmentos de la memoria dispersa. Para consolarse más allá de su muerte. Para consolarnos, ahora más allá de la muerte de sus padres. Y para consolarnos a todos nosotros más allá de su propia muerte.