Facetas


“Mi única obsesión ha sido Cartagena”: Judith Porto de González

GUSTAVO TATIS GUERRA

11 de marzo de 2012 12:01 AM

La escritora y dramaturga Judith Porto de González (Cartagena, 1922), concedió una entrevista a El Universal. La casa donde nació hace 90 años en la Calle Baloco se convertirá este año en la Casa Cultural Judith Porto de González.
Parece una reina vitalicia en este atardecer frente al mar sereno que desemboca en su propio patio. No se le olvida nada. Al llegar a su casa me dice que esta conversación debió haberse hecho hace treinta años. Es que yo soy un enorme ingrato, le digo. Me sorprende su lucidez y su memoria, ella que se encamina a cumplir noventa años el próximo 25 de septiembre, se sonríe cuando reconoce que le lleva cinco años a García Márquez. Vuelvo a contarle que mi padre conservaba una edición de su primer libro de cuentos A caza de infieles, con la que irrumpió en el panorama literario  del país, al ganar el Premio Nacional Literario en 1949, organizado por el Concurso Nacional de Belleza, cuyo jurado era Clemente Manuel Zabala, José Morillo, Vicente Martínez Martelo. Hasta hace poco conservaba la edición del suplemento dominical de El Tiempo de 1961, guardado por mi padre, en la que aparecía su cuento El cuchitril. El periódico envejeció conmigo. Me describe como aquel muchachito flaco que llegó de Sahagún, desamparado en la ciudad, y a la que ella le ofreció un trabajo de profesor de literatura, en aquellos días de efímera pero inolvidable experiencia de chequeador de barcos en el puerto local.

“Yo empecé a escribir cuentos a los catorce años”, me dice. “Mi papá  Ismael Porto Moreno, siempre me leía retazos de novelas que iba leyendo y me contagiaba con las ficciones. A mí me impactó la sensibilidad de mi abuelo Rafael Calvo, un filósofo que viajaba a París y se contaba con escritores y pensadores de la época. Y había escrito un libro de viajes que nunca publicó. Y cuando murió, su mujer quemó en el patio todo lo que había escrito. Mamá y yo lloramos pensando en todo lo bueno que se estaba quemando allí. Yo tuve un enorme privilegio familiar porque a mí sí me hicieron caso cuando empecé a escribir. Mi papá que sabía que yo admiraba al poeta Guillermo Valencia, cargó conmigo en aquel agosto de 1938 y partimos a Popayán. Nos fuimos en tren. Papá era Inspector de Ferrocarriles.  El poeta nos recibió alborozado y me dedicó en 1939 el poema Epigrama: Uno de los versos dice: “Dijo el Dios: Yo confiero la belleza/ sólo a lo que es efímero, y al punto/ amor, rocío juventud y rosas/salieron del Olimpo sollozando”.
Eran muy contadas las mujeres que escribían en Cartagena y en el país. A veces se reían de lo que les leía y me  decían: locuras de Judith. También escribía versos. Con Meira Delmar siempre fuimos amigas y nos visitábamos dos y tres veces y salíamos con otras amigas medio literatas. Las muchachas de entonces salíamos a jugar, y no necesitábamos otro espacio que la misma calle. Allí poníamos una malla y jugábamos tenis. Paseábamos en bicicleta por toda Manga, y si nos caíamos procurábamos que nadie lo supiera, menos la familia. En noviembre nos disfrazábamos. Las mujeres nos poníamos los capuchones y salíamos al encuentro con la gente que conocíamos. Enrique Grau que era como un hermano mío, me pintó un retrato al óleo en mis quince años. Lo hizo en día y medio. Aparezco bailando. En 1941 viajé a Nueva York a bordo del buque Santa, desde Puerto Colombia. Estuve allí hasta que estalló la guerra y sucedió el ataque japonés a Pearl  Harbor el domingo 7 de diciembre de 1941. Vivimos momentos de zozobra y mi familia estaba alarmada con las noticias, y me ordenaron regresar de inmediato a Cartagena. Sólo hasta el martes 17 de febrero de 1942 logré un cupo en un avión anfibio, viajando nueve horas desde Nueva York a Miami y otras nueve de Miami a Barranquilla.
Cartagena siempre ha sido mi obsesión en todo lo que he escrito como cuentista y dramaturga. La historia de Cartagena es grandiosa en todas sus dimensiones. El Sitio de Morillo en 1815 es la tragedia más grande que ha vivido la ciudad y uno de los hechos que marcaron la historia de la ciudad y el país. La historia del gobernador Francisco de Montes al que sacan del Palacio de la Proclamación y lo despachan en un buque de vuelta a España, es uno de los episodios tremendos de la historia local.
A lo largo de mi vida he conocido seres maravillosos. El pintor Alejandro Obregón es uno de ellos. Ilustró muchas portadas de mis libros. Hay una flor que me pintó y conservo. Creo que el poeta Luis Carlos López, un gran escritor, los cartageneros no supimos valorarlo. Fui amiga cercana del historiador Gabriel Porras Troconis y de Eduardo Lemaitre. Creo que nadie ha emprendido una tarea similar a Lemaitre, reunir toda la historia de Cartagena en cinco siglos. Eso fue único.
Uno jamás pudo imaginarse nada de lo terrible de lo que hoy se vive en la ciudad. Y que existiera gente que no apreciara a Cartagena. Los bandidos eran cosa extraña, como salidos debajo de la tierra. Todo el mundo se conocía en Cartagena. Todas las tardes cuando yo era una niña pasaba un señor con una pata de palo y a mí me daba cierto miedo. Era un viejito de bigotes, al que le faltaban los dientes de arriba. Mi papá hizo lo providencial para que le perdiera el miedo. Me dijo: Vaya a darle estos cinco centavos a ese señor. Cuando  le entregué la moneda, el señor me dijo: Gracias. Siempre ustedes se acuerdan de mí. La Cartagena que yo recuerdo del centro es una ciudad con casas muy viejas y arruinadas, llenas de murciélagos. Muchos abandonaron ese centro amurallado creyendo que había algo mejor, y en siglos pasados llegaron a pagarle a los inquilinos para que vivieran en esas casas abandonadas. Hoy el mundo quiere vivir en Cartagena, porque es el mejor lugar. Nosotros no llegamos. Nacimos aquí como mis abuelos. Hace más de sesenta años inventé la Sociedad de Amor a Cartagena, para enseñar a leer y escribir a miles de cartageneros en zonas marginales y empobrecidas. Hoy pienso que en la era de los megacolegios, esas escuelas ya no tendrían la misma razón de ser. Hoy hay que dar un segundo y gigantesco paso: después de varias generaciones de cartageneros letrados, hoy hay que convertir esas mismas escuelas en centros de formación artística. Ese ha sido siempre mi sueño. Crear una Escuela de Teatro.  La casa donde yo nací en 1922 se convertirá a partir de este año en la Casa Cultural Judith Porto de González, en su sede de la Calle Baloco, para recitales literarios y musicales, presentaciones de libros, conferencias, entre otros. No sé si Dios me dé vida para que yo pueda ver eso. Pero mientras tanto, no dejo de soñar con Cartagena. Es la única obsesión que he tenido en la vida”.

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