Nelcy Polo: al otro lado del espejo

05 de agosto de 2019 10:07 AM

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La poesía es un alfabeto de misterios. Cuando se pretende comprender por el sendero cuadriculado de la razón, deja de resplandecer. La poesía solo alumbra en su propia oscuridad. Y cuando elige a alguien para que la descifre o le siga los pasos, empieza siendo a veces una catarsis. Una manera de entrar y salir de la penumbra con el alma en alto. Pero las palabras nunca alcanzan a tallar la almendra de esa génesis emocional, enigmático y escurridizo que fecunda al poema.

Hace meses sigo la escritura solitaria de Nelcy Polo Vega, abogada ambientalista de la Universidad de Cartagena, a quien conocí hace muchos años, en sus inicios como abogada y funcionaria aguerrida de causas sociales y ambientales, cuando se convirtió en guardiana de los habitantes de una barriada de la ciudad vulnerada por la contaminación de una empresa que dejaba rastros de carbón en las puertas y ventanas de las casas de la vecindad.

La intensa batalla se ganó luego de un prolongado conflicto jurídico, convertido en debate nacional.

Un día me llamó y me escribió para que leyera sus primeros poemas de esta ópera prima que es ‘Milagro en el espejo’, que espera publicar próximamente.

Con la misma pasión de aquellos días lejanos, regresó, pero ya no para librar una batalla ambiental, sino para emprender la batalla de sus propias emociones, para sumergirse en la música de los recuerdos y en la misteriosa geometría de los días vividos. Comencé por entrevistarla como cronista para sumergirme en sus poemas.

El ser que resplandeció en aquella conversación fue la figura menuda y altiva de una mujer iluminada en la penumbra de una casa: su madre, Hercilia Vega de Polo, a quien ella describe como una mujer de un temperamento festivo, reina con la varita mágica para domesticar y conjurar las tristezas y transmutarlas en perlas.

“Nuestra madre nos alegró la vida con el cascabel de su felicidad y su ingeniosa manera de vivir la vida, haciéndonos llorar a veces de tanto reír”. No en vano escribió un capítulo esencial y central en este libro, integrado por siete poemas que recrean el instante de su partida, el funeral, la epifanía de verla resucitar de repente y salir con un cuento que hiciera reír a sus hijos, el recuerdo de su presencia en noches de lluvia, la certidumbre espantosa de ver al ser amado dentro de un ataúd, y contemplar sus cenizas y volver a soñar en la forma en que esas cenizas moldearían un rostro de arcilla, un corazón palpitante, una sonrisa eterna. Y volver a sentir el perfume de su ausencia bajo los vientos de diciembre o en la soledad la alcoba.

Encarar la muerte

En uno de esos poemas, Nelcy se enfrenta al fantasma ineludible de la muerte, pero llega a la convicción de que la muerte puede llevarse el cuerpo de los seres humanos, pero jamás la irradiación de su espíritu, la gracia de vivir más allá de la muerte.

Pero junto a la ausencia monumental de la madre, Nelcy inicia en sus poemas un trato amoroso con la soledad, como en el bolero legendario, y le pide que entre a su casa y se siente, como si fuera una visita esperada; nombra la soledad cercana de su esposo, el biólogo Eliécer Rodas López, las sillas dispuestas que aún evocan un cuerpo, un ademán, un gesto emocional, la partida de sus padres, la misteriosa fuga de su perro mascota, entre otras. Entra en la profundidad abisal de su dolor inconsolable de la madre, para ascender al perfume del paraíso perdido, el capítulo final del libro, que la retorna a la niña que hace barcos de papel en la corriente del aguacero, al ser que encuentra ángeles en la calle, que se perturba con la soledad de un caballo cochero bajo la lluvia en la ciudad amurallada, a la mujer que descubre la magnitud de los secretos de sus pies y sus pisadas en el tiempo, y se incline a darle gracias a sus pies por haberlos llevado a reinos entre la luz y la oscuridad; la que descubre maravillada la liviana geometría de las mariposas de mil colores, la que frente al mar se estremece al saber que las olas vienen buscando un paraíso despojado en medio de las basuras sembradas por los seres humanos, y para culminar, la mujer que da gracias por todo, por sus hijos y por la estirpe que vendrá, incluso por los tormentos vividos y por el ala sorpresiva de sus ángeles que la acompañan y por el parpadeo de Dios en los días neblinosos.

Frente al mar

Nelcy Polo vive frente al mar, al pie de Marbella, y siente que el ser humano ha convertido el paraíso en un basurero.

Las olas arrastran las oscuras podredumbres de las fiestas del fin de semana en Cartagena y los desechos que nativos y visitantes depredadores dejan sobre sus orillas.

A ese mar que en su infancia era de un color diáfano y ahora es de un gris manchado de olvidos y descuidos, ella le ha cantado en sus poemas. El viento del mar sube hasta su ventana.

Al leer todos sus poemas tengo la sensación de que su espíritu ha pasado por un profundo sufrimiento, y le digo como los budistas que ninguna nube es absolutamente oscura y siempre guarda un borde dorado. Me muestra otros poemas que había excluido de su libro, que hablan de sus pies, de la nostalgia de sus pisadas largas en la arena, de la ingratitud que los seres humanos tenemos de nuestros propios pies, que nos han llevado al paraíso a unos y al infierno a otros. En fin, los pies nos han llevado a las dos orillas, entre la luz y la sombra, y ella le dice gracias a sus pies por todo lo andado.

No todo es tristeza en los poemas que describe Nelcy Polo Vega, después de un accidente que la dejó en silla de ruedas. Las alas están en su alma. Su poesía pasa de sus iluminadas ausencias, al aroma del paraíso perdido y a la memoria de instantes de su infancia, como este poema sobre los barcos de papel que ella ponía a navegar bajo la lluvia:

Barquitos de papel

Se acerca el invierno.

Mis pies de niña salen a atrapar el arco iris.

Una lluvia que empieza como un concierto de piano.

Gotas sobre el tejado de arcilla.

Gotas sobre los espejos.

Gotas sobre las flores.

Ríos de piedras que arrastra los desperdicios de la noche.

Solo los niños hacen del diluvio una fiesta.

El arca ahora es de papel.

Tú me enseñaste a hacer barquitos de papel para navegar bajo la lluvia.

Sin brújula, a merced de la corriente.

Hoy, como siempre, te extraño cuando cae un rayo, y recuerdo mi cabeza en tu vientre huyendo de la sombra de la luz, acurrucadas en noches de tormentas.

Siempre tengo nostalgia cada vez que cae la lluvia.

¡Hoy que no estás!

¡Es eterno y melancólico el canto de la cigarra!

¡Cómo será ahora que has partido para siempre!

¡Ahora que no te tengo!

¡Ahora que no te alcanzo!

Ya no viajan los barcos de papel bajo la lluvia.

La corriente transparente, oscura, como un río sin consuelo cambió su ruta.

Tus cenizas

Cremamos tu cuerpo.

Cremamos tu cuerpo para que el fuego purificara el oro majestuoso de tu vida.

Cremamos tu cuerpo, pero no los días maravillosos de tu vigilia.

Aquellas manos que me arrullaron cuando era niña, peinaron mis cabellos cuando iba a la escuela, fueron abrigo y calor en noches de lluvia y me dieron palmadas en los días de travesuras.

Aquellas manos masajearon mi cuerpo, en estaciones de fragilidad y agonía. Ahora tus ojos, madre, son polvo. Aquellos ojos que se desvelaron cuando estábamos enfermos, cuando sentada en la cabecera de mi cama, cubrías con paños de agua mi frente en noches de fiebre.

¡Tú fuiste agua bendita!

Esos ojos que miraron el espejo del porvenir de la estirpe, fueron la mirada tallada de lo que ahora somos.

Madre, nunca derramaste una lágrima ante mi presencia.

Temías desatar las aguas del río de mi alma.

Tu dolor era una lluvia secreta, más allá de tu rostro.

La procesión va por dentro. Yo lo sabía.

Cremamos tus pies de arcilla divina, tus pies de pisadas que volaban.

Huellas que fueron columnas de mármol en mi infancia. Bastón y brújula para llevarme a los cuatro puntos cardinales de la quimera.

Nunca te vi dar un paso en falso.

Tu corazón fue a parar al fondo del mar, en el reino de las olas.

En ese espejo invencible, guardabas con vigilia, el amor de nueve hijos y uno que pariste con la devoción de madre infinita.

Fuiste capitana de ese barco que desafió las auroras y las borrascas.

Siempre intuiste la luz en la neblina.

Me desvelo ahora diseñando en el aire tu rostro de nubes y pájaros.

Jamás imaginé que podría levantar con un mano, el costal de tus cenizas.

Epílogo

Quedé como una estatua a la que la lluvia derrama sus últimas gotas de invierno, al terminar de leerlo. Con una tristeza agigantada por el despojo de mi bolso con mis cuadernos de crónicas y apuntes en manos de un asaltante hambriado, al que pido lo cuide Dios. Sentí que la poesía de Nelcy surge del diálogo con la ausencia y la memoria del corazón, pero también de su sensibilidad frente al medioambiente. Su poesía es ofrenda, resiliencia, esperanza con y sin lágrimas, y sobre todo, conciencia del destino, del breve viaje que todos emprendemos bajo este cielo, con uno y mil motivos para seguir con el alma en alto, sin que se nos arrugue ni envejezca la magia.

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