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Nueva York, suma y resumen de todas las ciudades del mundo

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Gracias a varios retrasos en el vuelo Cartagena-Miami y a la demora en los trámites de entrada a los Estados Unidos, pude ser testigo del espectáculo más fascinante y asombroso que he visto en mi vida.
A las 3:25 de la tarde del sábado 13 de octubre, terminé de pasar por la aduana estadounidense en el aeropuerto de Miami, recogí rápidamente mi maleta, pero cuando llegué al despacho de la aerolínea Delta me dijeron que el avión a Nueva York estaba despegando en ese momento, y que mi única opción era tomar el vuelo de las 6:15 p.m. que no aterrizaba en el aeropuerto John F. Kennedy sino en LaGuardia.
A las 9 de la noche, el avión comenzó su descenso hasta el aeropuerto LaGuardia y entonces apareció allá abajo una alfombra interminable de luces, una sucesión de trazados urbanos mezclados con líneas de autopistas y edificios que iban adquiriendo volumen conforme disminuía la altura, hasta cuando estábamos rodeados de luces parpadeantes, puentes sostenidos en el aire y pequeños carros moviéndose a través de las carreteras sin comienzo ni final.
Alguna vez había visto con asombro, en la revista y los programas de televisión de National Geographic, imágenes de ese fenómeno atmosférico llamado fatamorgana, un espejismo o ilusión óptica originado por la inversión de temperatura, que refleja en el cielo objetos que se encuentran en el horizonte como islas, acantilados o barcos, con una apariencia alargada, y ese espectáculo de luces urbanas del Nueva York nocturno era mucho más asombroso, porque no sólo estaba abajo, sino a los lados y arriba del avión.
Fue la primera corroboración de que la mítica ciudad y metrópolis paradigmática de nuestro tiempo tiene millones de caras, difíciles de descubrir.
Para mí, que sigo habitando en la adolescencia como si fuera un estado eterno, esa fantasía de luces y vida latiendo a la distancia fue un entusiasmo inédito.
Ya había ido a Nueva York a finales del siglo pasado, pero en aquella ocasión llegué y salí de día, y en las 72 horas que duró mi visita ni siquiera pude terminar de ver los espacios de la mitología turística, apenas hubo tiempo para un recorrido de afán por Times Square, Rockefeller Center, la Quinta Avenida, algunas calles de Soho, y para un viaje solitario en metro a las 9 de la noche de un lunes desabrido.
Aunque esta vez contaba con tres días sin compromisos, de los seis que permanecí, y aunque pude conocer otros lugares menos referentes de la gran manzana, es obvio que la imagen de una ciudad no depende de esas cuatro o cinco definiciones construidas y aceptadas colectivamente por visitantes como yo que pasan menos de una semana, así que no me despedí de ella trayendo una maleta de percepciones concluyentes, y sólo quiero dejar un tenue testimonio de ciertas escenas que me conmovieron y que son parte de la esencia inaprensible de Nueva York.

Una suma de ciudades
Nueva York es la conjunción de cinco condados: Manhattan, Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island, y en cada uno de ellos se mueve un conjunto de asentamientos urbanos variables y casi imposible de describir, aunque muestran una fuerte personalidad, como Harlem, Coney Island, Wall Street, Forest Hills y Williamsburg.
A los invitados al debate de Obama nos alojaron en un hotel en Woodbury, a orillas de la extensa autopista Jericho Turnpike, que recorríamos durante casi dos horas en la mañana y en la noche, en un bus también enorme desde el que veíamos las interminables salidas que conducen a los enclaves de la vida diaria.
Woodbury está en la zona central de Long Island, una isla alargada que alberga en su parte occidental a Queens y Brooklyn. No se ven sectores densamente construidos, sólo unos cuantos hoteles y edificios aislados en medio de una inmensa zona verde.
El domingo, para regresar desde Brooklyn, tuvimos que tomar la línea principal del metro hasta llegar a Grand Central Terminal, la renovada estación principal de todos los trenes que surcan la geografía de Nueva York, y tomar el Long Island Rail Road hasta la estación de Syosset donde un taxi nos llevó de vuelta al hotel.
En este tren, cuyo tiquete nos costó poco más de 8 dólares, y en la estación central se percibe como en ninguna otra parte la diversidad humana de Nueva York, judíos ortodoxos cubiertos con sombreros negros de ala ancha y rizos en los cabellos, una niña musulmana toda cubierta excepto la cara, en medio de africanos que hablan un inglés denso, tres cróatas que pronuncian las palabras arrastrando las erres, unos muchachos de raza negra con los yines deslizados hasta la mitad de las nalgas, una mujer de apariencia mexicana con los labios pintados estrepitosamente y una minifalda excesivamente minúscula y una pareja de la tercera edad que se sienta tomada de las manos y mirando a un punto mucho más allá.
Cada uno de ellos, me explicó Rebecca Gianarkis, una estudiante de ciencias políticas de la Universidad de Hofstra, tiene su territorio definido donde entran principalmente los de su nacionalidad o raza, un espacio definido y remarcado que consta de casas, almacenes, cines, supermercados, restaurantes, bares, de manera que es como si fuera una ciudad en miniatura, de la que salen y entran para mantener vivo un hilo comunicador.
—Nueva York es una gran ciudad y es una suma de ciudades –resumió certera Rebecca.

El nido de los artistas
Tuve el demasiado efímero placer de visitar a mi amigo Manuel Jaimes en su apartamento acogedor, cerca de Eastern Parkway en la zona de Brooklyn.
Según cuenta Mañe, en Brooklyn se puede arrendar un buen apartamento por la cuarta parte de lo que vale en Manhattan o en Queens.
La entrada al edificio está frente al Museo de Brooklyn y el área tiene una atmósfera artística, intelectual.
Pero lo que más atrae es que este condado muestra una población mucho más mezclada étnicamente. Negros, blancos, asiáticos, indios y europeos del este, de todo.
Cuando terminamos de almorzar dimos una caminata afanosa, cruzamos la biblioteca pública, llena de niños y jóvenes a pesar de ser domingo y posamos frente al arco triunfal en homenaje a los héroes de la Guerra de Secesión.

El culto a los héroes
No sólo esta metrópolis, sino Estados Unidos entero, parece ser un país donde el mayor logro de cualquier ser humano es convertirse en héroe, y para los estadounidenses, los héroes no son quienes llegaron un día buscando la promesa del paraíso donde hay de todo para todos y sobreviven lavando platos sin perder el entusiasmo.
Los héroes se sacrifican por vivir y defender con vehemencia la libertad, que consideran la mayor virtud de un país donde la democracia se expresa hasta en los actos más simples.
Héroes son los soldados que mueren en un país remoto enfrentándose a lo inesperado, héroes son las víctimas de los ataques sangrientos y bestiales, como las cerca de 3 mil personas que perdieron la vida en el atentado a las Torres Gemelas, en cuyo honor se está construyendo un ambicioso conjunto que pretende mantener en la memoria del mundo el dolor de aquel 11 de septiembre de 2001.
9/11 Memorial se levanta sobre el terreno donde estaban las torres gemelas, y después de 5 años de haber empezado su construcción, aunque falta muchísimo tiempo para terminarlo, abrió sus puertas el año pasado para mostrar el primero de los cinco imponentes rascacielos que tendrá, y una de las dos enormes piscinas en el área donde se erigían las torres, alimentadas por caídas de agua continuas en su perímetro interno, cuya corriente desemboca en gran cuadrado central.
La orilla de la piscina tiene sucesivas placas negras de bronce que parecen una sola pieza, donde están los nombres de todas las víctimas.
Y a pocos metros está el árbol que renació del único retoño sobreviviente al ataque, que se llevó a un vivero especializado y se sometió a los cuidados más extremos para que se convirtiera en ese ejemplar aún débil pero con esperanza de crecer fortalecido.
Todos los días, según dice quien nos guiaba, hay gente de todo el país visitando “Ground Zero”, y tengo la impresión de que es el único monumento en el mundo que sin estar terminado ya convoca multitudes.

Nuestra cosa latina
No importa que haya millones de personas moviéndose en la sinuosa geografía de Nueva York, siempre se topa uno con un latinoamericano que le ayuda a guiarse en las estaciones del metro o le indica donde está la sucursal más cercana de McDonalds.
La mayoría son mexicanos o guatemaltecos y cuando se les habla en español parecen sentir un inmenso alivio y se despachan a contestar hasta lo que no se les pregunta.
Manuel José nació en Chimaltenango, un pequeño municipio guatemalteco que tiene poco más de 70 mil habitantes, y vive en Manhattan desde hace un año, donde trabaja en un restaurante especializado en carnes. Todavía no es ciudadano estadounidense, así que se ha resignado a no regresar a su país en los próximos años.
En el club de estudiantes de la Universidad de Hofstra, cuyo enorme campus se levanta bullicioso en medio de la localidad de Hempstead, el mexicano Carlos Durango llegó a ser supervisor tras cuatro años de duro trabajo y de estudio nocturno.
La enorme población latina convive en Nueva York con polacos, italianos, irlandeses. serbios, iraquíes, indios, pakistaníes, indonesios, coreanos, japoneses, chinos, camboyanos, vietnamitas, lituanos y turcos.
Es como si la ciudad fuera un modelo a escala del mundo.

Otoño, gente y jazz
Todos los que conocen la ciudad dicen que octubre, en pleno otoño, es la mejor época de Nueva York.
El otoño es aquí un concierto de árboles de hojas amarillentas, rojizas y amarronadas, que dibujan paisajes insólitos hasta cuando caen y son arrastradas por un viento helado que trae las promesas de invierno.
Es también una metáfora de la madurez y por eso se ve gente de mediana edad que parece haber perdido el afán que salta en verano y primavera, para andar con lento deleite por las calles.
No me atrajo la idea de subirme en un coche para dar un paseo por Central Park, no solo porque he subido en coches demasiadas veces, sino porque ese enorme pulmón verde en medio de la jungla de asfalto no tiene mayor encanto para mí, poblado de hombres y mujeres en ropa deportiva y con audífonos de reproductores de música dentro de las orejas.
Lo único atractivo que vi en mi cortísima visita fue una placita a la entrada que se llama Merchant's Gate to Central Park, donde funciona un café en el que pueden comprarse helados, batidos, café o jugos en su quiosco estilo victoriano.
Al salir, nos topamos con Columbus Circle, en la intersección de Broadway, Central Park West, Central Park South y la Octava Avenida, bautizado en honor de Cristóbal Colón y donde se encuentra el Lincoln Center, un complejo de edificios que albergan las sedes de las más importantes instituciones culturales de Nueva York.
En el quinto piso del edificio de Time Warner Center, exactamente frente a la entrada a Central Park, funciona un bar acogedor y romántico con vista a las luces de la ciudad, donde actúan bandas de jazz durante poco más de una hora, y sirven un pescado delicioso y los mejores martinis que he probado.
Conocer el espíritu de Nueva York llevaría toda una vida, pero uno puede asomarse a ciertos fragmentos de ese universo donde se materializa plenamente la palabra diversidad y donde se demuestra que las más disímiles y contradictorias culturas pueden convivir en armonía y nutrirse mutuamente.

Las luces de Nueva York siempre serán un espectáculo sublime. MICHAEL LOCCISANO / AFP
Las luces de Nueva York siempre serán un espectáculo sublime. MICHAEL LOCCISANO / AFP
El autor de este artículo, en una calle cerca de Columbus Circle, en medio de la atmósfera nocturna del encanto caótico neoyorkino.
El autor de este artículo, en una calle cerca de Columbus Circle, en medio de la atmósfera nocturna del encanto caótico neoyorkino.
Piscinas en el área donde se erigía una de las torres gemelas, alimentada por caídas de agua continuas en su perímetro interno y en la orilla, los nombres de las víctimas del 11 de septiembre.
Piscinas en el área donde se erigía una de las torres gemelas, alimentada por caídas de agua continuas en su perímetro interno y en la orilla, los nombres de las víctimas del 11 de septiembre.
Contrante entre el panorama boscoso de Central Park y el bosque de rascacielos de la metrópolis.
Contrante entre el panorama boscoso de Central Park y el bosque de rascacielos de la metrópolis.
Vendedor de perros y sánduches en la acera de una de las calles de Manhattan.
Vendedor de perros y sánduches en la acera de una de las calles de Manhattan.
A las 5 de la tarde, las calles comienzan a oscurecerse, pero encima de los edificios todavía brilla el resplandor del sol.
A las 5 de la tarde, las calles comienzan a oscurecerse, pero encima de los edificios todavía brilla el resplandor del sol.
Nabil Báladi, Germán Mendoza y Manuel Jaimes, frente al monumento de los héroes de la Guerra de Secesión en Brooklyn.
Nabil Báladi, Germán Mendoza y Manuel Jaimes, frente al monumento de los héroes de la Guerra de Secesión en Brooklyn.
El encanto de los colores del otoño.
El encanto de los colores del otoño.
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