Facetas


[Podcast] Mario Alario Di Filippo, creador de un diccionario

La corta y fecunda vida del mompoxino que navegó por el español que se habla en Colombia y así construyó el ‘Lexicón de colombianismos’.

GUSTAVO TATIS GUERRA

06 de septiembre de 2020 12:14 PM

En muchos momentos de mi vida el nombre de Mario Alario Di Filippo ha venido a iluminar un silencio. Fue a mi padre a quien le oí hablar de él por primera vez y, más tarde, a Juan Gossaín. Hace poco entré al cementerio de Mompox y de repente bajé la mirada hacia una lápida y allí me encontré con el nombre de Mario Alario. Escribí en mi cuaderno la fecha que cerraba el breve paréntesis de su existencia: Mompox, 20 de abril de 1920 - Mompox, 3 de enero de 1977.

Otro día, caminando por los pasillos de la Universidad de Cartagena, vi las letras de oro de su nombre en uno de sus ámbitos académicos. Y otro día, el profesor Germán Romero Tapia me entregó un artículo suyo que había publicado en Universo U, el periódico de Unicartagena, sobre Mario Alario Di Filippo.

Poco antes de morir, Policarpo Bustillo Sierra me dijo que me regalaría unos libros de su biblioteca personal. Tras su fallecimiento, sus familiares me entregaron unas cajas de libros que el comején amenazaba con devorar y entre ellos estaba ‘Lexicón de colombianismos’ (1964), la primera edición del diccionario de Mario Alario Di Filippo, publicada por la Editora de Bolívar con una ilustración de una mujer bailando cumbia con un mazo de velas como portada y una contraportada de una mujer indígena desnuda y con una mirada tristísima, rodeada de muchachos mulatos que tocaban el tambor y alguien piloneaba el arroz. Los dos dibujos son del pintor Heriberto Cogollo.

Lo que llamamos coincidencia es la sincronicidad de la que hablaba Jung, una serie de acontecimientos sin aparente relación de causa y efecto, más allá del espacio y del tiempo. Desde hace años vengo buscando rastros de ese ser que murió a sus 57 años, cuando desde muy joven era reconocido como uno de los mejores juristas de Colombia, lexicógrafo, humanista y profesor universitario.

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Mario Alario Di Filippo.//Foto: Cortesía.

Orígenes

La historia de Mario Alario se parece a los hilos de una filigrana mompoxina. Hilos que empiezan a tejerse desde Europa a la luz y sombra del sosiego de la isla.

Vladimiro Alario Tucciarelli, el padre de Mario Alario, fue un inmigrante italiano de San Nicolás Arcella, provincia de Cantabria -nos cuenta el profesor Germán Romero-, que llegó a Mompox y se dedicó a comerciar joyas a principios de siglo XX. Conoció a la bella María América Di Filippo Rodríguez, nacida en 1896, hija del inmigrante italiano Leonardo Andrea Di Filippo Custode, nacido en 1862, en Castelnuovo di Conza (Italia), quien retornaría a su tierra, allí murió en 1912.

Los hilos de esa filigrana van y vienen de Italia a Mompox, y se quedarían para siempre entre nosotros. Mario Alario, hijo de Vladimiro Alario y María América Di Filippo, estudió en el Colegio Pinillos, cursó Derecho en la Universidad Javeriana de Bogotá, fue profesor de Sociología y Derecho internacional en la Universidad de Cartagena, profesor de derecho de García Márquez y decano de Derecho de la misma universidad. El 6 de agosto de 1975, al ser elegido miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, Mario Alario pronunció un discurso ‘La justicia del Quijote’, que deslumbró a los académicos de todo el país. Allí él reconoció que desde muy temprano había tenido la perseverante pasión por investigar el origen de las palabras. Es curioso, pero él fue el primero en descifrar el origen de la palabra Macondo, mucho antes de que García Márquez descubriera que, además de ser una tribu africana, era algo más que un árbol, una especie de plátano o una forma de juego.

Descubriendo el diccionario

Al escribir su diccionario, Mario Alario fue consciente de que muchas de las palabras que había investigado de la cantera popular del Caribe y el resto de Colombia no eran conocidas ni admitidas por la Academia Española de la Lengua. Fue una ardua y apasionada aventura de muchos años investigar el origen de las palabras. Ahora tengo en mis manos su diccionario, de 301 páginas, y releo sus palabras: “Esta obra se ha escrito, no para los filólogos y literatos colombianos, que derivarán poco provecho de su lectura y consulta, porque conocen su contenido, sino para aquellos que no tienen espacio u holgura que les permita observar con esmero las causas y elementos que han modificado el español en Colombia. También abriga su autor la esperanza de que sea de alguna utilidad para los lexicógrafos extranjeros y aun para la propia Academia Española de la Lengua, que ahora estudia acuciosamente el habla de los pueblos hispanoamericanos”.

Algunas sorpresas

Una de las sorpresas que hemos tenido al leer el diccionario coincide con la perplejidad de algunos estudiosos de la lengua, al descubrir que muchas de las palabras rescatadas por Mario Alario Di Filippo provienen del habla de la edad de oro y de la cotidianidad de los tiempos en que se escribió El Quijote:

Abombarse: Empezar a corromperse y a oler mal, entrar en descomposición, pro exceso de calor o humedad.

Achantado: Dícese de las personas que hacen las cosas muy lentamente.

Afrecho: Estar en aprietos económicos, trabajar por poca remuneración, someterse a situación desventajosa: “Pilar por el afrecho”.

Aguaitar: Acechar. Palabra antigua que se utilizaba en Aragón, Navarra, y América lo registra, precisa Mario Alario.

Aguamarse: Acobardarse, amilanarse, abatirse. Los galleros llaman guama a la sangre acumulada en el pescuezo de los gallos, causada por las heridas. De los gallos pasó a los seres humanos. Leonardo Tascón, complementa que es un provincialismo en el Cauca: El tipo se aguamó.

Aguacatado: Amilanado, acobardado.

Amalaya: Intersección de deseo vehemente o anhelo de cosas imposibles o pasadas. “¡Malaya o Malhaya sea!”.

Bagazo: Algo de poca importancia. Decir sandeces lo necedades. “A un bagazo, poco caso”.

Babilla: Saurio de la familia de los aligatóridos, de hocico ancho. Se usa también como expresión despectiva a una persona que debe tornar a las actividades que le son propias. Zapatero a tus zapatos. Busca tu charco babilla.

Bagre: Sujeto antipático; mujer fea y desgarbada. Cursi, charro.

Batey: Lugar ocupado por las casas de vivienda, calderas, trapiche, barracones, almacenes, etc, en los ingenios y fincas. Es voz de los indígenas taínos.

Basumiara: Cierta rana del Chocó que soasada al fuego trasuda un líquido terriblemente tóxico, usado por los indios para envenenar sus flechas.

Bijao: Planta herbácea de la familia de las musáceas.

Bindes: Fierros de cocina, barras que se atraviesan en los fogones u hornillas y también los tres pequeños mogotes que bien pueden ser tres piedras y ollas viejas invertidas, en que se apoyan las ollas y cazuelas para cocer las viandas.

Birrioso: Obstinado, caprichoso, incansable, vicioso.

Bololó: Confusión, desorden, barullo.

Cabungo: Animal que no ha alcanzado su desarrollo normal. Se aplica también a las personas, expresión generalizada entre los ganaderos. Confiesa Mario Alario que no pudo dar con el origen de esa palabra. ¿Vendrá de cabo?, se pregunta.

Son apenas algunas de las incontables sorpresas de este hombre que consagro su vida en escribir el más completo diccionario de vocablos populares de toda Colombia. Al ser publicado, el Padre Félix Restrepo, director de la Academia de la Lengua, le escribió a Mario Alario Di Filippo: “Se me hace magnífico tu trabajo. Creo que será el más abundante repertorio de colombianismos que existe, y está además lleno de noticias curiosas que te agradecerán los eruditos”.

Por donde iba, Mario Alario preguntaba por las palabras que le parecían cotidianas, raras o singulares, y emprendía la tarea de descifrar su origen. Así logró atesorar miles de vocablos, los más antiguos de la región Caribe y del país que desde el siglo XVI flotan y fluyen a flor de labios, a veces, a flor de alma, y otros que el tiempo ha ido desdibujando de la memoria de los hombres.

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Una mente brillante

“Tuve el honor de tener a Mario Alario Di Filippo como profesor de Derecho en la Universidad de Cartagena cuando yo empezaba mis estudios y, más tarde, de compartir en los mismos escenarios. Mi recuerdo es que además de ser un eminente jurista, un hombre con una vastísima cultura, era, ante todo, un humanista”, dice el abogado Aníbal Pérez Chaín.

La vida lo premió con el privilegio de una curiosidad insaciable. Fue un hombre singular que ejerció muchos cargos: fue magistrado de la Sala Penal del Tribunal Superior de Cartagena, magistrado de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia, secretario de Gobierno y de Hacienda del departamento de Bolívar, recibió la Orden al Mérito Rafael Núñez, entre otros honores. Se casó con Ana Felisa Méndez Torralbo, de cuya unión nacieron cuatro hijos.

Los ensayos sobre derecho y sus estudios sobre la lengua son lectura obligada para los estudiantes, investigadores y académicos.

Al evocarlo en sus últimos años, Carlos Villalba Bustillo, citado por Germán Romero, veía a Mario Alario subir las escalinatas de la Universidad de Cartagena con mucha dificultad. Es muy probable que su hábito de fumar demasiado le hubiera producido una flebitis. En sus últimos años las piernas fueron perdiendo movilidad. Se sintió muy enfermo y regresó a su tierra natal, Mompox. El 3 de enero de 1977 murió en compañía de los suyos, su familia y el cariño de sus amigos de infancia. El 20 de abril de 2020 cumpliría 100 años de haber nacido.

Epílogo

Al salir del cementerio de Mompox, le pregunté a los más viejos si habían conocido a Mario Alario Di Filippo. Casi todos tenían un recuerdo de él, de su calidez humana, de su magisterio, de su inteligencia y de su grandeza como humanista.

Salí pensando en él, en su breve y fecunda vida, en su diccionario y en su presencia gloriosa por la Universidad de Cartagena y la Academia Colombiana de la Lengua, y me senté en la noche en un café de la plaza de Mompox a beber algo, mientras reparaba el balcón de una de las viejas casas del casco histórico, bajo la luz dorada de los faroles. Los muros de la casa y la luz oculta de las ventanas no me dejaron olvidar jamás de las sorpresas de mi viaje a la isla.

-¿Quién vive en esa casa?, pregunté al mesero del café. Él miró hacia la casa de enfrente.

-¿Esa?, me preguntó.

-Esa, le dije.

-Es la casa donde nació y murió Mario Alario Di Filippo.