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Prostitución y pobreza: las 9 familias que viven bajo un puente

Desplazadas por la violencia y golpeadas hasta la saciedad por la vida, las prostitutas de la Variante Mamonal se refugian bajo un puente y claman por ayuda.

LAURA ANAYA GARRIDO

20 de septiembre de 2020 10:00 AM

Sentadas entre la maleza, en el costado derecho de la carretera, dos mujeres esperan que llegue cualquier hombre a comprar un poco amor, pero hasta eso escasea por estos días.

Digamos que se llaman *Sandra y *Nicolle.

Sandra tiene 44 años y el cabello largo gracias a sus extensiones castañas; short, blusa corta, pestañas postizas, cejas pintadas. Nicolle no usa nada de eso. Es más flaca, tiene treinta y tantos y la parte blanca de sus ojos (los médicos le dicen escleras) dejó de ser blanca hace mucho: ahora es amarillenta porque no come bien desde hace días, meses o años.

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Nicolle muestra sus brazos manchados, dice que están así por las difíciles condiciones en las que vive bajo un puente.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

“Hoy es un día que te lo juro delante de los ojos de Dios... estamos sin desayuno. No sabemos qué hacer. Es tan duro”, me explica Sandra. Son las 3:30 p. m. del 10 de septiembre de 2020. Estamos en la Variante Mamonal Gambote.

-Tú nada más me dices cuándo y yo te llevo a la casa -propone Sandra mientras veo a Nicolle expectante, haciéndole señas a un camionero que disminuyó la velocidad, un potencial cliente.

-¿Y dónde es su casa?

-Debajo del puente...

El potencial cliente ya perdió el potencial. Se fue y con él la esperanza de conseguir por lo menos una comida, una sola en este jueves. Una sola antes que llueva, porque el cielo está negrísimo. “Mañana, es mejor mañana. Pero sí vas a venir, ¿verdad?, te voy a esperar porque yo necesito contarte mi historia y que la gente sepa que existimos y que nos ayuden. Que no estamos aquí por gusto. Que vea alguna fundación o el alcalde ¡o el presidente!”, se despide Sandra.

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Parte del espacio que comparten nueve familias bajo un puente que está en la Variante Mamonal.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

Viernes. 8 a. m.

-¡Bienvenida, esta es la entrada a mi casa!- me recibe una Sandra esperanzada, bajamos por el costado derecho de la Variante, entre la maleza y el suelo mojado. Estamos bajo el puente.

El agua que se toma aquí es la que pasa debajo del puente, no hay electricidad y muchísimo menos gas: si cocinan es porque acomodaron un fogón con tres ladrillos y leña. Aunque por ratos huele a ¿gasolina?... Debe ser por los miles de vehículos que pasan todos los días por el “techo” de este puente donde a algunos les tocó ver una casa. Y un motel.

“El señor es mi pastor, nada me faltara. Verdes pradera me ase descansar, alas aguas tranquilas me conduse y me da nueva fuersa. Me yeva por kamino recto”, leo en una de las bases del puente. Aquí hay cuatro espacios separados por madera o láminas de zinc que funcionan como cuartos y en ellos habitan nueve familias compuestas por diez adultos y 17 menores, el más pequeño es un bebé de tres meses. En la mitad de esta “vecindad” está el arroyo, han dispuesto cuatro piedras grandes para atravesarlo.

Las siete adultas se prostituyen en la Variante todos los días, desde la mañana y hasta ya entrada la noche. “Mandamos a nuestros hijos a donde amigos en San José (de Los Campanos) u Olaya mientras trabajamos y los vamos a buscar en la noche”, me explica Sandra.

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El cuarto de los servicios.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

Uno de esos cuartos es el de los servicios: tiene un colchón -lo rescataron de la basura en algún arroyo- con sábanas blancas bien tendidas. Allí las chicas tienen sexo con sus clientes, aunque también suelen hacerlo en el monte.

“Siempre usamos preservativos que nos da el Dadis, el otro día nos hicieron pruebas de VIH y todos, gracias a Dios, salimos bien. Cada servicio cuesta 20.000 o 30.000 pesos, es un rato, máximo media hora. Es triste decirlo, pero ahora hay niñas que lo hacen hasta por 5.000 o 4.000 pesos, toca conseguir algo”, agrega Sandra.

*Alejandra y *Johana también son prostitutas y cuentan que los clientes han escaseado mucho por culpa del coronavirus. Sandra no ha tenido ni uno durante la última semana, Alejandra ha atendido a cinco y Johana apenas a tres. “Ahora mismo, con este coronavirus, la gente está encerrada. Uno vive de lo que el cliente le dé y, al no salir la gente, ¿cómo quedamos nosotras?”, anotan.

Todas llevan años prostituyéndose; Sandra, por ejemplo, ejerce el oficio hace 12. “Lo hice por la pobreza, por el hambre, por los golpes que le da a uno la vida, no encuentra uno trabajo. Cuántos cursos yo no he hecho aquí, en Cartagena. Y viene uno en esta tormenta de la vida”, lamenta. Las demás asienten.

Nieves Erazo, de 48 años, la única que me pide que sí dé su nombre real, me dice que viene de Corozal (Sucre) y que está cansada de esta vida. “Quiero montar un negocio, retirarme de esto y hacer que mis compañeras también se retiren. Quiero que nos ayuden, tener una casa. Esto no es nada bueno”, implora. “Estoy pasando una situación muy crítica, me cayó un palo en la mano y no he podido ir al médico. El invierno nos ha dado muy duro, estamos bajo la lluvia y sin comida”.

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Sandra y Nieves Erazo.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

Alejandra, por su parte, cuenta que se vino desde su natal Cúcuta con sus dos hijos hace 6 años. “Allá no tenía nada que hacer, mama, me vine a buscar una mejor vida”, agrega.

*Claudia es otra trabajadora sexual. Está embarazada hace tres meses y se ha levantado a dar esta entrevista a pesar de sentir que su cuerpo está débil. Ella vive aquí con su marido. También es desplazada, pero de la violencia de El Carmen de Bolívar: allá mataron a su abuelo y no quiere ni recordar aquellos días de sangre.

Mientras Claudia habla de sus tres niños y me cuenta que aún no conoce el sexo del bebé que espera, va saliendo una multitud absurda de hormigas enormes. “¡Cuidado!, esas pican bien duro. Eso es que va a llover hoy”, advierte Sandra mientras se acerca corriendo despavorida una cucaracha enorme. “¡Hasta los animalitos están saliendo para el periódico!”, bromea el marido de Claudia y todos ríen.

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Epílogo

“Eso es lo que esperamos de la gente, que nos vean. Que no solamente pasen y nos digan: ‘Ahí están las rebusconas’, no, que entren y de verdad que vean nuestra historia. Yo soy una que no quisiera estar aquí, que para mí es difícil tener que aguantarme a un hombre para que me dé cualquier miseria, pero qué pasa, que yo tengo que darle comida a mis hijas. Ellas solo cuentan conmigo”, concluye Sandra. Se pregunta en qué momento dejaron de ser humanos para convertirse en seres invisibles para el Estado y, tristemente, para todos.

*Nombre cambiado a solicitud de la fuente.