Raspao: el otro sabor del hielo

23 de junio de 2019 12:00 AM

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Juan de Dios García deambuló por toda Colombia, y a cada lugar donde pudiera llegar la “Ciudad de Hierro” estaba él. “Fueron trece años en eso. Era maquinista, así que trabajaba en las atracciones mecánicas”, dice en voz alta. Hasta que un día, en Armenia (Quindío), se encontró de frente con una bella joven, Gloria Daza. Se enamoró. “La ciudad de hierro había llegado a mi zona, yo estaba de vacaciones, conseguí trabajo ahí de taquillera y, bueno pues, ahí nos conocimos”, narra ella y con una sonrisa pícara aclara que, tras el flechazo de amor, pasaron al menos cinco años antes de que decidiera seguir los pasos de su enamorado, trabajando en el parque de atracciones mecánicas. “Vea y en ese tiempo no había eso del celular”, se reprocha la mujer. “En cinco años, nos comunicábamos por telegrama y, a veces, por llamadas”, recalca Juan.

Del amor aventurero e itinerante llegaron tres retoños, que fueron el polo a tierra de los enamorados, y esa tierra era Cartagena. Aquí vinieron un día cualquiera, ya habían visitado el Corralito de Piedra muchas veces, pero esta vez se quedaron para siempre. Era 1976, el mercado de Getsemaní estaba aún en su apogeo y uno de los oficios que había era el de los deambulantes vendedores de raspaos. Doña Gloria se sienta al lado de su esposo, le da unas palmadas cómplices en la espalda. Sonríe. “Yo también hago parte de esto”, me dice. Estamos en su casa en Daniel Lemaitre. Y me cuenta que fue así como Juan de Dios empezó en eso de vender raspaos. “¿Primero fue con el cepillo?”, le pregunto. “Sí, había eso, pero él nunca se adaptó a eso. Yo le compré una maquinita para raspar el hielo, me costó 16 mil pesos en ese tiempo”, narra ella. Señala a sus tres hijos y algunos de sus nietos, para resaltar dos cosas: una, que Juan nunca más abandonó la venta de raspaos (sacando cuentas van 43 años) y la otra es que esa venta los sacó adelante.

¿Cómo era en aquel tiempo la venta, era igual que ahora? Gloria se adelanta y responde que Juan “podía vender hasta 300 vasos un domingo, ya eso ha disminuido. No es como antes”. “Eran como 40 los que vendían raspaos en la ciudad, en aquel entonces, comprábamos el hielo a la Fábrica Imperial. Y no solo aquí, yo fui a 15 Carnavales de Barranquilla a vender”, complementa él.

Ya en 1976, los raspaos tenían una buena y aclamada trayectoria en Cartagena. Por lo menos, así lo referenció Daniel Lemaitre. Naturalmente los raspaos llegaron con la creación de la primera fábrica de hielo en la ciudad. Eso fue nada más y nada menos que en 1892, hace 127 años. Dice Lemaitre que: “Con la fábrica de hielo Walters, llegó una época mejor. Don Carlos Román estableció una fabriquita de limonada gaseosa en el Cabrero y el señor Fernando Porras lanzó los ‘helados a la Minuta’ a diez centavos. Estos no eran otra cosa que el legítimo raspado”. (Referencia tomada del libro ‘Relatos de la vida cotidiana y otras historias’, de Rafael Ballestas).

Quizá son esos los primeros raspaos de los que se tenga referencia en Cartagena.

“Que no muera en mi generación”

“Sé que hubo un tiempo en que se servían los raspaos en vasos de peltre con orejeras, como una jarrita, el vendedor tenía que esperar a que consumieran el producto. Después llegaron los vasos de electroplata, luego los conos y pitillos de papel y ya, mucho después, los de plásticos”. Ahora quien habla es Luis Alberto Fuentes, otro vendedor de raspaos de Cartagena que se refiere a la “evolución” de este producto. Si bien el raspao es el mismo, ha cambiado en su presentación y preparación.

Eran otros tiempos en los que se utilizaba una herramienta conocida como “cepillo”, que raspaba el bloque del hielo sobre una carreta cuadrada. En ella había botellas de vinos, reenvasadas con las esencias de sabores. “Anteriormente había sabores de guayaba, guanábana, maracuyá, chirimoya, toronja, naranja, también el sabor a crema y lo único que era artificial era la cola, que comparábamos a la Kola Román. La leche condensada era casera, más bien casi que un arequipe (...) Aquí, en Cartagena, el raspao tiene más de 100 años, mi abuelo conoció el raspao, mi papá tiene 45 años vendiendo raspao, y yo tengo 36 años en eso mismo. Ya de la generación que me sigue a mí, no salen vendedores de raspaos, esa es nuestra preocupación, no queremos que muera este oficio”, añade Luis.

Y no todo ha sido “color de rosa” para este gremio en la ciudad. Hubo un tiempo de persecuciones en las que, inclusive, cayeron tras las rejas, por vender raspaos. ¿Cómo podía suceder sucedía eso?

La persecución del raspao

“(Las autoridades) nos atacaban como delincuentes. Para poder entrar a Bocagrande teníamos que pasar por el mar porque la Policía no nos dejaba entrar por la carretera. Cuando eso, yo tenía 14 años. Embarcábamos en lanchas en La Bodeguita y llegábamos hasta Castillogrande”, recuerda Luis.

Don Juan de Dios tampoco olvida aquella época, en especial el día en que a unos de sus hijos “se lo llevaron preso a las 4 de la madrugada porque nos volamos para intentar llegar a Bocagrande con un carrito de raspaos”, narra. O el día en que un patrullero de la Policía agarró el punzón de romper el hielo y pinchó las tres llantas del triciclo de raspaos, para que no vendiera.

En esos tiempos, “a raíz de esos atropellos, fue que se pellizcaron todos los compañeros y dieron la idea de hacer una asociación para defenderse de los ataques de la Policía”, dicen. Así nació Asovercar, la Asociación de Vendedores de Raspaos de Cartagena. Existen desde 1987. Hoy tienen cerca de 60 asociados y una sede que, además de parqueadero, sirve de despensa. Son 60 hombres con sus familias, cada uno con su historia de vida como la de Juan de Dios. Ellos por décadas han mantenido viva esta tradición de endulzar corazones y apaciguar la sed.

Aquellos tiempos de persecuciones quedaron atrás, cambiaron, ahora los vendedores son iconos del Patrimonio Inmaterial de Cartagena. La Escuela de Gobierno y Liderazgo inauguró el Festival del Raspao, por primera vez en Cartagena, “como una forma de rendirle homenaje a esa tradición, de endulzar el hielo con sabores caribeños”. Participaron vendedores, como Juan y Luis, con gran experiencia y que por años han sustentado a sus hogares con la venta de raspao. Algo de lo que sienten mucho orgullo.

“Nos sentimos como parte de Cartagena, nosotros no vendemos raspaos, vendemos sonrisas, porque cuando le entregamos un raspao a los niños, ellos nos regalan una sonrisa”, asegura Luis.

***

En la casa de la familia García Daza, en Daniel Lemaitre, hay dos máquinas de raspaos de las que todavía vive la familia. Juan y Gloria están próximos a celebrar 50 años de casados y dicen que todo lo que han logrado para los suyos hasta hoy se lo deben al raspao.

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