Facetas


Receta para ‘resucitar’ del fracaso

LAURA ANAYA GARRIDO

18 de marzo de 2018 12:15 AM

Esos zapatos desgastados, tan irremediablemente rotos y percudidos valían mucho más que la vida de él. Esos, de suelas mordidas y amarrados con pitas sucias en vez de cordones, valían bastante más que los días y las noches de Jorge Luis Ramírez Guerrero.

El desastre empezó en una tarde sospechosamente bella. Él era un estudiante de bachillerato que había regresado desde San Andrés a su natal Cartagena para vivir con una tía. Tenía 17 años. Ese día se escapó de clases para nadar en la poza del colegio junto a los -¿amigos?- de siempre y de pronto lo envolvió un olor a hierba quemada.

“Pruébala”, le dijeron. Probó. Fumó marihuana hasta saciarse y durmió. De pronto, ¡pufff! El cerebro se le desconectó y él cayó rendido en el sueño más tibio del mundo, tan profundo que se parecía a la muerte, pero tan reparador que, apenas despertó, se sintió un poco más vivo. Cuando abrió los ojos ya era de noche, agarró el uniforme arrugado y los zapatos y se fue a la casa.

La siguiente vez que agarró un ‘porro’, no le dio tanto sueño. Lo relajó y pasó una cosa increíble: sintió que toda su vida era una película clara. Que podía pensar mejor, mucho mejor, y sentir una plenitud parecida a la que la gente debía sentir en el paraíso, si es que existe.

Después de la entrada, el plato fuerte
Ahí empezó a cocinarse el plato fuerte, que llamaremos El fracaso de Jorge, con el primer ingrediente de esta receta: una pizca de ingenuidad. Ahora agregaremos en el mismo recipiente esa pizca de ingenuidad, una buena porción de soledad (Jorge vivía con una tía, su mamá se quedó en San Andrés y se había separado de su papá por maltratos), otro tanto de pobreza y cinco tazas grandes de ignorancia. Basta con revolver unos cuantos minutos para que se mezclen y resulte una crema espesa que llamaremos dependencia.

Jorge ya no sabía dormir sin fumar, tampoco podía estar tranquilo, ¡caramba! Ya no podía ni siquiera pensar claro sin la marihuana, pero así, de pronto y de tanto fumarla, un día dejó de parecerle la gran cosa. Habían pasado años desde la primera vez, ya la ‘maracachafa’ no le hacía sentir mucho y tuvo que buscar un ingrediente más fuerte para su fracaso: cocaína. En polvo, en rayitas para aspirar, basuco o crack, lo que sea que lo activara. También conoció éxtasis porque le pagaban con pepas por llevar droga de un barrio a otro y lo consumía “para equilibrar el efecto agresivo de la cocaína”; inhalaba goma, ‘patrasiao’ y la lista podría seguir.

“Conocí todas las drogas. Uno va por etapas. Uno dice que va evolucionando, pero va es decayendo, hasta que llega a lo último, te importa más la droga que dónde duermes, o si comes. Más de una vez busqué en la basura para comer. No podía estar una hora sin consumir. Duraba 30 o 40 días despierto. Las pepas me quitaban el sueño. No se imagina uno hasta dónde (llegará), cree que controla la droga, pero la droga lo controla a uno. No te das cuenta hasta dónde puedes caer”.

Para entonces ya tenía mujer e hijos, ni siquiera ellos lo detendrían en su afán por preparar su propio infierno. “Peleaba con mi mujer para estar triste, para decir que la vida no valía nada, y tenía un pretexto para consumir”, me dice. Y sí, la vida se le había vuelto una pila de basura podrida, un montón de nada, su padrastro le había enseñado a ser plomero, pero qué va, ya ni quería trabajar… Vamos a preparar ahora la ensalada: un cuarto de tristeza finamente picada y bastante rabia (pero no de esas rabietas pasajeras, tiene que ser profunda y constante), que se mezcla bastante bien con la violencia (Jorge empezó a robar y a pelear en las calles, fue pandillero y acuchilló a varios ‘pelaos’), desmenuzamos todo y finalmente preparamos una vinagreta con gotas de la sangre de esos chicos acuchillados. Y también con la sangre de Jorge, que ya era indigente y un día llegó a su barrio buscando a un amigo y se encontró con una turba que lo quería linchar, le habían tendido una trampa. Como encarnaba todos los males de la humanidad, querían exterminarlo con palos, machetes y piedras. Casi lo matan, pero no, la Policía apareció a buena hora.

En caso de que falte sangre para la vinagreta, la tomaremos de la que derramó el día que los paramilitares lo agarraron en las faldas de La Popa. Que ensuciaba a la sociedad, decían, y por eso se lo llevaron para un monte. Le aporrearon tanto la cara que le desencajaron la mandíbula inferior, le sacaron el tabique y le rompieron algunas costillas. Cuando lo creyeron muerto, se fueron y él caminó hasta un hospital, pero se veía tan mal que nadie quiso ponerle una mano encima. Se fue para un mangle. Pasó saliva. Suspiró. Se acomodó la mandíbula y después el tabique, y sintió que había conocido el dolor más grande del universo.

Y el postre
Algo dulce tenía que haber en la mesa. Ahora batiremos un poco de desesperanza, de miedo y de dolor, y agregaremos una pizca de fe. Solo una pizca.

Después de conocer el dolor más berraco del mundo y sentir el desaliento de la muerte, Jorge pensó que quizá su vida sí valía un poco más que aquellos zapatos viejos y cuando por fin halló la valentía para levantarse del suelo, y limpiarse la sangre, decidió que dejaría el vicio y buscó a su hermana menor. Ella lo apoyó para que se internara en un centro de rehabilitación y él comenzó a asistir a una iglesia por voluntad propia. Tendremos entonces que sacar el tarrito de esperanza del último cajón de la cocina, y agregarlo al postre. Ese último ingrediente, más poderoso que la cocaína y las pepas, fue el único capaz de atenuar ese sabor amargo del fracaso.

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