Facetas


Rosario Vargas, la cartagenera que fundó su compañía de teatro en Chicago

Esta artista logró un sueño que parecía una quimera: fundar su grupo Aguijón Theater Company, en Chicago.

GUSTAVO TATIS GUERRA

09 de mayo de 2021 08:15 AM

Rosario Vargas se parece a los caracoles: lleva la casa de sus sueños a cuestas. Salió de Cartagena con el sueño del teatro y cargó su aventura obstinada hasta convertirla en casa escénica en Chicago.

Esta artista logró un sueño que parecía una quimera: luego de iniciarse como actriz en Cartagena, su ciudad natal, desde muy joven, emprendió la aventura de fundar su grupo Aguijón Theater Company, en Chicago, en aquel atardecer de agosto de 1989, en su casa de la Calle Central Park, conversando con su esposo, el grecochileno Augusto Yanacopulos, y María Teresa Ayala, apasionada por el teatro. La luz de agosto iluminó los rostros de los convidados de aquel atardecer y, en un instante que podría ser epifánico, Rosario insistió en fundar un grupo teatral en Chicago; el nombre que prevaleció fue el de Aguijón II, proyección internacional del creado en Cartagena. El nombre de aguijón le devolvía a Rosario la imagen provocadora de sacudir conciencias y aguijonear el espíritu social de sus espectadores. En aquellos años, su iniciativa era como ir tras un espejismo. No existía internet, y para abrir las puertas había que soñarlas antes que tocarlas. Paradójicamente, Rosario se fue de su ciudad en los años en que el más grande teatro de Cartagena, el Teatro Heredia, construido en 1911, al que ella conoció activo y con las puertas abiertas al teatro local y del mundo, permaneciera cerrado y en ruinas, durante décadas.

Llegó a Estados Unidos graduada como arquitecta en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, con estudios de teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático de Bogotá, luego de crear en Cartagena el grupo Aguijón en los años setenta. No conocía a nadie en Chicago. Llevaba algunas referencias del teatro latino. En su cuaderno de viaje estaba delineando el mapa de su hazaña.

Su hazaña no solo fue crear una gran compañía teatral sino erigir una sede teatral en Chicago para un auditorio cautivo, con una trayectoria reconocida en el ámbito hispano y en Estados Unidos.

“Hoy me parece lejana aquella tarde de agosto en la que se me ocurrió la peregrina idea de hacer teatro en español en Chicago”, cuenta Rosario. En estos treinta años, esta cartagenera apasionada y aguerrida confiesa que ha invertido gran parte de su vida en este sueño del teatro “con rigor, mucho amor, energía y tenacidad”. Y se ha consolidado no solo como mujer de teatro, actriz, directora, productora, sino también en los oficios más disímiles para sostener su quimera: la carpintería, entre mil oficios que confluyen en la puesta en escena y en su compañía, que es un espacio de creación interdisciplinaria. Nada de eso hubiera sido posible sin los ángeles clandestinos de la complicidad en el arte, como Augusto, el cómplice mayor que la ha acompañado en esta batalla, y Carlos Tortolero, a quien define como un “verdadero e intrépido mecenas del arte”.

Junto a ellos, ha contado con la vigilia de Elio Leturia que ha reconstruido cada una de sus huellas, al igual que Marcopolo Soto y Andrea Ojeda, juntos, han logrado reconstruir estos recuerdos de treinta años.

En medio de las imágenes que devuelven los espejos del agua y del tiempo, está el recuerdo de la primera obra: Homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz, en 1991. Allí debutó su hija Marcela Muñoz y Gloria García, y la violinista Maruca Helguera, que eran unas adolescentes, señala Elio Leturia. Por allí pasó todo el teatro naciente y consagrado y las voces que tenían algo qué decir y proponer en el arte escénico. Rosario creó y dirigió El eterno femenino de Rosario Castellanos, que se presentó en el Museo Nacional de Arte Mexicano del barrio de Pilsen. Su amigo Henry Godínez recuerda, años después, la espléndida actuación de Rosario Vargas y Marcela Muñoz en la obra La casa de Bernarda Alba, de García Lorca, que auguró un comienzo prometedor para el Festival de Teatro Latino del Goodman y para los espectadores de la comunidad teatral de Chicago, en aquel 2003. El teatro estaba colmado en la apertura de la obra en la que actuaban Rosario Vargas y Marcela Muñoz. Y volvió a convocar audiencias fervorosas al año siguiente con el montaje de Bodas de sangre, de García Lorca; en su participación en el Festival Latinoamericano de Teatro en Cusco, Perú, con la obra Perversiones, de José Castro Urioste y Eduardo Cabrera; su magistral montaje de Yerma, de García Lorca, en 2006, en el III Festival de Teatro Latino del Goodman, que cerró su trilogía lorquiana, indica Elio, en su semblanza crítica de la actriz colombiana.

Desde entonces, Aguijón sedujo en todos los festivales de teatro latino, “convirtiéndose en la constante piedra de ángulo representando a Chicago en cada encuentro”, dice Henry. “Modesto, pero poderoso sigue siendo el sello de esta extraordinaria compañía. A lo largo de los años Aguijón ha abrazado a prácticamente todos los grandes actores de América Latina que han llegado a hacer de Chicago su nuevo hogar”, precisa el crítico, quien privilegia de esta compañía “una actuación ferozmente dedicada, una dirección inteligente e imaginativa y, quizá lo más importante, una profunda entrega al teatro en español, se han mantenido como una roca. Es por eso que esta compañía sin pretensiones, inquebrantable, se ha transformado en una de las verdaderas joyas del panorama cultural de Chicago”.

Dejar una ciudad caliente como Cartagena y “llegar a una polarizada ciudad de blancos y negros, inviernos gélidos y veranos recalcitrantes como Chicago, demócratas y republicanos hay que tener cojones o pezones”, dice Elio Leturia, al referirse a la conquista artística de Rosario Vargas, viviendo en tierras nórdicas, transmutando el desarraigo de su ciudad natal, la memoria de sus manjares y de su música.

Regresar al Caribe

Rosario Vargas no pierde la conexión creativa y afectiva con Cartagena. A través de su proyecto Voces Caribeñas, integra los caminos de su ciudad natal y el caribe continental. En 2010 la compañía integró al actor cubano Sándor Menéndez, quien hizo el papel del Rey Creonte, en Antígona. En 2011 se realizó el montaje en Chicago de La pasión según Antígona, del escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez. En 2012 su compañía regresó a la ciudad para dirigir la lectura dramatizada de la obra Un extraño cadáver color malva, del dramaturgo y director cartagenero Alberto Llerena, en el Museo de Arte Moderno de Cartagena. Dentro de esa agenda de Voces Caribeñas, se realizaron los montajes de Adentro, del cubano Abel González Melo y Las penas saben nadar, del cubano Abelardo Estorino.

Epílogo

Aguijón Theater Company, con su elenco de cerca de veinte actores y actrices, acaba de celebrar treinta años de sublimes y quijotescas aventuras que sobrevivieron a innumerables molinos de vientos y a inundaciones en el sótano del teatro entre 2006 y 2011 que arrasaron con memorias iniciales luego de las implacables lluvias en Chicago. Muchos de esos recuerdos que el agua dejó flotando en el sótano han vuelto a ser evocados por la artista, quien además desafió las otras tempestades, y magnificó con su arte, la memoria de su teatro para el mundo. Con una tenacidad que no sucumbe a nada, Rosario publicó un libro de imágenes y recuerdos que salva esa memoria de treinta años, entre 1989 a 2019.

Rosario Vargas sonríe, con esa luminosa y profunda mirada de quien antes de entrar a la casa que elegiría como sede, soñó e imaginó que aquel ámbito silencioso se convertiría en un templo del teatro en Chicago. Su mapa de horizontes sigue vigente y activo, más allá de la pandemia, delineando destinos entre Cartagena, Chicago, el Caribe y el mundo.

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