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San Pablo y la historia del piadoso secuestro

Nunca un pueblo de Colombia había sido tan conocido en el mundo por su santo... y por su sacerdote.

CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO

27 de diciembre de 2020 06:52 AM

Con finos hilos dorados, entre los recuerdos de los sampableros, se entreteje una historia peculiar e increíblemente cierta. A las 5:30 de aquella mañana del 22 de agosto de 1998, habría de empezar un sórdido “calvario” para la feligresía católica del pueblo.

Cuando se asomó a la única parroquia existente, una construcción más bien precaria y ruinosa, Gloria notó la ausencia de la más preciada de todas las figuras: San Pablo Bendito. El pedestal lucía desnudo sin la estatua religiosa. ¿A dónde se ha ido?, se preguntó.

Gloria, una devota abnegada, iba religiosamente cada mañana a santiguarse a los pies del santo patrono y no tardó en soltar por los aires la mala noticia. No estaba el santo y eso se convertiría en toda una calamidad.

En el pequeño San Pablo, el corregimiento más grande que tiene Marialabaja (Bolívar), solía haber para entonces unos 6.000 habitantes. Muchos de ellos llegaron esa mañana hasta el altar para comprobar la veracidad del suceso.

“¿Dónde está el santo?”, preguntaban.

Alguien se lo había llevado y una procesión de incertidumbres se paseaba a sus anchas por las polvorientas calles.

La respuesta sería casi tan alarmante como la misteriosa desaparición, pero ciertamente un poco más esperanzadora.

Lo era todo...

El santo patrono significaba todo para el pueblo: si alguien enfermaba, sus parientes acudían a los pies de San Pablo para pedir su mejoría; antes de irse cada día a trabajar, los jornaleros tenían por costumbre persignarse frente a la imagen, como lo hacía Gloria, la primera que notó su ausencia.

A San Pablo encomendaban la abundancia del campo, le encargaban cualquier otra necesidad derivada del abandono estatal y, pues, sin santo patrono, tampoco habría fiestas patronales (el 25 de enero), lo que los dejaría sin poder honrarlo, sin corralejas y sin los cientos de visitantes que llegaban de todas partes, inclusive de Venezuela.

Así las cosas, un gran vacío dejaba aquella pequeña imagen verde, amarilla y roja de yeso, de menos de un metro de alto, desaparecida misteriosamente de la iglesia. Era como si hubieran dejado al pueblo entero sin alma y ahora todos penaban buscándola.

El sacerdote italiano

Por si fuera poco, no bastó con que desapareciera San Pablo, mientras una romería se preguntaba por él, en plena plaza, el firmamento se nubló y un ventarrón arreció, como tempestad a punto de desgarrarse furiosa desde un cielo repentinamente oscuro.

El cura italiano Maurilio Bianchi, un hombre carismático y salido de los estereotipos sacerdotales comunes, que para aquel entonces estaba asignado al corregimiento de San Pablo, fue aclarando el panorama de aquella mañana de nubarrones inciertos.

Bianchi, un tipo blanco y de ojos claros, era misionero de la orden de Nuestra Señora de La Consolata y llegó a la plaza al ser avisado del hasta entonces “robo” del santo. Estudió Teología en Bogotá y por el azaroso destino terminó en ese pequeño pueblo, donde él mismo construyó su casa cural con donaciones provenientes de Italia.

Quiso reconstruir también la iglesia, un decaído edificio que estaba más mal que bien, pero quería hacerlo con el propio esfuerzo y participación de todo pueblo.

“Hice la propuesta de arreglar la iglesia. Conseguí un arquitecto de Cartagena, le pedí un presupuesto que tuviera en cuenta más o menos un año para recoger el dinero. Pero a mitad de año solo habíamos recogido 100.000 pesos -de 15 millones que se necesitaban-, entonces yo estaba muy desanimado, dije: ‘Tengo que encontrar algo para hacerle entender a esta gente que yo voy en serio o vamos a caminar juntos, o si no yo para qué me quedo aquí’”, relata Maurilio.

Así que había procedido, ofuscado por la apatía desmesurada de los sampableros para con su iglesia. Y frente al gentío que esa mañana preguntaba por su santo, confesaría su “pecado”.

“Les dije: ‘Al santo no se lo ha robado nadie, se ha ido de viaje, volverá si le arreglamos la iglesia y eso depende de si lo hacemos antes de la fiesta patronal, o si no, no regresará’”, narra.

El propio padre, que había intentado varias cruzadas por reconstruir la parroquia dañada por las garras del tiempo, creyó que “secuestrando” al santo iba a captar la esquiva atención de la feligresía.

“Dije: ‘Si la gente no me escucha, yo les escondo el santo’”, detalla. Abiertamente confesó el secuestro. Y no actuó solo. El grupo de oración del pueblo, unas señoras carismáticas y muy creyentes, le ayudó.

San Pablo y su vuelta

al mundo

“Lo que más me ha gustado es la respuesta de la gente cuando escondí al santo. Eso fue temprano, lo saqué en un costal a las 5 de la madrugada. Luego vinieron a tocarme la puerta, fui a ver qué había pasado y estaba todo el pueblo ahí, en la plaza, y se preguntaban cómo había sido posible que se robaran al santo de la iglesia, si el candado estaba cerrado”, detalla.

“En pocas palabras, lo único que no tuve en cuenta es que se convirtiera en una noticia internacional, esto pasó diez días después del secuestro”, añade. Y es que el revuelo acaparaba los noticiarios y las páginas de diarios internacionales, la noticia llegó hasta el mismo Vaticano. Quizá nunca antes en el mundo se había visto que un sacerdote secuestrara el santo de su iglesia y, mucho menos, que sus creyentes estuvieran dispuestos a pagar un “rescate”.

Junto a las noticias, una serie de hechos fortuitamente extraños sucederían luego, como que el segundo domingo, después del secuestro, hubo dos muertos cerca del templo, así como otras muertes seguidas en un corregimiento donde esto no eran usual. O como el robo de la motocicleta con la que Bianchi se movilizaba entre los distintos corregimientos de Marialabaja. La moto desapareció de su domicilio y esto algunos pobladores lo atribuyeron a una aparente forma de presionarlo para que devolviera a la figura religiosa.

Así las cosas, se dispuso de la cuenta de ahorros número 1218006272-4 en la Caja Agraria de Marialabaja. “La gente comenzó a donar y yo llevaba un registro con nombre y apellido en un documento de Exel, todas las semanas imprimía las páginas y las pegaba cerca de la iglesia; estaba nombre por nombre de quien daba y los que daban solo mil pesos yo los ponía y entonces, cuando veía la gente que el que tenía mucho dinero había dado solo mil pesos, después venían con cien mil pesos”, cuenta.

Imagen SAN PABLO PARROQUIA

Así luce hoy la parroquia de San Pablo.

Un rescate singular

“No recogimos siete millones y medio sino que recogimos 11 millones y medio con la ayuda de todos los sampableros, incluso de los que vivían por fuera, en Barranquilla, en Santa Marta, hasta de Estados Unidos y en Venezuela. La gente de mi pueblo en Italia también ayudó hasta que completamos 21 millones”, precisa.

“No solo pudimos hacer la reestructuración de la iglesia, si no el cambio del techo, hacer un altar de mármol, dos columnas, comprar las bancas, es decir, renovarla totalmente”, asegura. Buena parte del corregimiento participó de la restauración con mano de obra. Y entonces llegó la hora. El santo fue liberado, a las 5:30 de la mañana, dentro de un quiosco de palma, en una zona enmontada, conocida como El Terraplén, el 23 de enero de 1999, cinco meses después de su secuestro y dos días antes del 25 de enero, cuando la iglesia católica celebra la conversión al cristianismo de este personaje que en algún tiempo perseguía a los cristianos._Hubo cámaras de televisión, periodistas y visitantes de otros lugares.

Ese día hubo júbilo, fiesta y una algarabía total acompañó la procesión, en la que sonaban campanazos en una grabadora, en la que lo cargaron en hombros de vuelta a su pedestal y con la que comenzó la fiesta patronal de 1999. Desde entonces, el santo es el mismo, solo sale de la iglesia cada 25 de enero, en su día, para recorrer las calles de un pueblo ferviente.

Imagen MAURILIO BIANCHI

Maurilio Biachi, el entonces sacerdote que dividió la historia de San Pablo en dos, junto a unos niños en 1999.

Epílogo

“La casa cural era de puertas abiertas. La única cosa que tenía yo bajo llave era el armario que estaba en mi habitación, donde tenía mis libros, ahí fue donde escondí al santo”, me cuenta y ríe al otro lado del teléfono Maurilio Bianchi, desde Alicante, en España, donde vive ahora. La historia del secuestro piadoso inspiró una radionovela y dos canciones, muchas páginas de periódicos y él todavía recibe llamadas de reporteros preguntando por aquel viejo suceso. Sigue unido al corregimiento de San Pablo, donde decían que era la reencarnación de un bondadoso terrateniente italiano que había vivido muchos años atrás por aquellos lares. Bianchi colgó los hábitos tiempo después de aquel hecho. “Yo con esto me gané a un pueblo y el pueblo me ganó a mí. Porque después de esto ahora estoy casado con una sampablera, tengo tres hijos que son medio sampableros y yo creo que San Pablo para mí es el centro del mundo”, afirma.

San Pablo recién rescatado entre una multitud de feligreses. //Fotos:_Julio Castaño - El Universal.

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