Facetas


Soad Louis Lakah, memoria del Sinú

Soad acaba de partir a la eternidad, dejando una obra narrativa y de investigación sobre la cultura del Sinú y sus orígenes árabes.

GUSTAVO TATIS GUERRA

30 de agosto de 2020 12:00 AM

Le decían La Turquesa Morena del Sinú. Soad Louis Lakah (Ciénaga de Oro, 1952- Montería, 2020) fue la primera mujer en el Sinú que, en los años setenta del siglo XX, se atrevió a construir una obra narrativa e investigativa sobre los ancestros culturales del Sinú y de sus orígenes sirio-libaneses, además de ser una gestora cultural que preservó esos valores.

Hizo visible con su quehacer como guardiana de esa memoria, la obra de Manuel Zapata Olivella, David Sánchez Juliao, Raúl Gómez Jattin, y la obra de sus amigos del grupo literario El Túnel de Montería, creado en 1975 con el liderazgo del escritor José Luis Garcés González y la complicidad creativa de Óscar Lakah, Leopoldo Berdella de la Espriella, Antonio Mora Vélez, Carlos Morón Díaz, Omar González, Guillermo Valencia Salgado, entre otros.

Soad irrumpió en el panorama literario regional y nacional con su libro ‘Razones de peso’, unos cuentos centrados en historias populares de Ciénaga de Oro, su tierra natal, bajo el embrujo del Sinú.

El primer desafío de esta mujer sensible y tenaz fue atreverse a escribir en un departamento que no tenía tradición de mujeres escritoras y ella abrió ese camino encarando el hostigamiento, el estigma y el prejuicio social. Muchas veces ella encontraba pasquines invisibles que la denigraban porque andaba con artistas y escritores, como Raúl Gómez Jattin, Pablito Flórez, Marcial Alegría, la gente de El Túnel, y había iniciado una amistad con otros escritores del resto del país como Gustavo Álvarez Gardeazábal, lectora devota de Marco Tulio Aguilera Garramuño, del cubano Manuel Cofiño, entr e otros.

Soad escribió una novela “La Lío y otras mujeres”, en la que también rescata personajes populares del Sinú, y luego, continuó con libros como “Los caprichos de Dios” y la investigación “Los inmigrantes árabes en los valles del Sinú y el San Jorge”, y promovió las antologías del cuento cordobés, la historia de los artistas de la región, la música sinuana en álbumes de porros tradicionales, cantos de vaquería, gritos de monte, bandas de hojitas en San Pelayo, e impulsó la obra musical de Pablito Flórez, la obra poética de Raúl Gómez Jattin y Jorge García Usta, la obra pictórica de Marcial Alegría, y el legado de Zapata Olivella.

Hace años empecé esta entrevista que ha quedado interrumpida con su muerte en la noche del miércoles 26 de agosto, luego de una larga batalla contra el COVID-19. Poco antes sus hijas, Antonella y Luisa, nos decían: “Mi madre está dando la batalla. La Turquesa Morena es una guerrera árabe”. No resistió el coma inducido y se fue a la eternidad al anochecer.

¿Cuándo empezó a contar?

-Yo nací en un pueblo: Ciénaga de Oro, donde todo el mundo cuenta. Lo digo en la novela: todos sus habitantes, antes de aprender a leer o rezar, aprenden a inventar y a contar historias. La afición por lo fantástico se lleva en la sangre. Y sin darse cuenta cayeron en la trampa invisible que ellos mismos habían tejido. Mi ombligo está enterrado en estas tierras de aluvión donde a las gallinas le encontraban pepitas de oro.

¿Sus juegos preferidos de infancia?

-Escuchar cuentos de velorio, cuentos de brujas. Jugar a las muñecas, jugar al toro, a la lleva. Como todas las niñas de Ciénaga de Oro, de ese entonces.

¿Cómo nació esta novela de ‘La Lío y otras mujeres’?

- Duré cuatro años venía trabajándola. Era un personaje de mi infancia. Era una sanadora de ciegos y de almas. Una mujer que echaba la suerte, una bruja, una mujer que conocía el oficio de adelantarse a lo que iba a ocurrir. Siempre me llamó la atención que existiera alguien que trabajara sobre el destino, que pudiera adivinar el porvenir, como la existencia dependiera de las líneas de una mano o de las sombras misteriosas en el asiento del café.

“La Lío” era una mujer veterana en los recuerdos y comenzaba a ser una aprendiz de la soledad, pero llegó a este pueblo donde todos vivimos atados a la nostalgia. Ahora su nombre es destino.

¿Qué libros le hicieron feliz en la infancia?

-Una de las lecturas inevitables fueron ‘Las mil y una noches’, entre diversas lecturas, clásicas y cursis: novelitas de amor, en medio de un libro de una belleza portentosa e infinita como ‘El Quijote’. En la casa había de todo: y en medio de la necesidad voraz de leer, nació la necesidad de contar y escribir. Uno de mis preferidos es Borges y Rulfo, por la capacidad que tienen de hacer transparente lo complejo y cósmico. Llegar a una sencillez profunda, llegar a tocar el misterio que tienen las palabras, es uno de los desafíos de la creación.

Hay en su novela un homenaje a su pueblo natal, Ciénaga de Oro y a Pablito Flórez.

Es también un homenaje a mis padres: a Edmond Louis y a Lila Lakah. Hay un homenaje a la palabra hablada y a ciertos mitos que empecé a rescatar en otro libro: ‘Los caprichos de Dios’. Lo que yo siempre había querido con mis hijas, Antonella y Luisa Fernanda, era motivarlas a leer. Entonces les refería historias que luego reuní en ese libro. Mitologías sinuanas.

Hábleme de sus padres... ¿Qué hay de ellos en usted?

-Mi padre no nació en este pueblo, sino en Damasco. Fue un aventurero entre cuatro hermanos, que anduvo dando volteretas por el mundo. Después de vivir un tiempo en el Brasil, vivió en Cartagena y después se vino en lancha a este pueblo y se casó. Se hizo cargo de la agencia de correos, tocaba el violín y le encantaba guardar en sus bolsillos el humo de su pipa. Aunque nunca aprendió a hablar bien el español, era el encargado de distribuir las novelitas de ‘Corín Tellado’, la enciclopedia británica y la cartilla de leer para los muchachos de la escuela.

La escena del padre que guarda las cartas de todo el pueblo en un saco y no las devuelve, es un personaje para otra novela. Cada carta sin abrir, es lo que todos estamos pensando: un amor imposible.

No puedo olvidar su sentencia: “La memoria es más frágil que los sueños”.

Epílogo

Soad llevaba consigo misma los saberes y los sabores del Sinú.

Su tenacidad en adentrarse en el mundo sinuano y hacerlo valer fue la hazaña de una mujer que abrió un sendero para que otras mujeres escritoras, artistas e historiadoras lo cruzaran. Pero abrir ese sendero fue una obra de muchos años. Y ella lo logró con el encanto de su sonrisa, su sabiduría aguerrida y su talante inagotable de sus ancestros árabes y su orgullo sinuano.

El Sinú fluye en su memoria en alto.