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[Video] El día que Agripina Perea parió sola

Esta es la increíble historia del día que Agripina Perea fue tan fuerte como para parir sola y para afrontar la cara más dura de la vida sin dejarse caer.

LAURA ANAYA GARRIDO

01 de noviembre de 2020 07:06 AM

Agripina Perea consigue, tan a pesar de su inmensa, embarazada y hambrienta barriga, cargar un balde lleno de agua y comienza a sentir el cosquilleo que le corre piernas abajo. Mira y lo comprueba: no es el agua del balde. Es suya, de su vientre. “Llegó la hora”, piensa.

A lo mejor no debió ponerse a lavar ese ropero, ¿pero quién más lo iba a hacer? Sus otras cuatro hijas -la que intenta asomarse al mundo es la quinta- están pequeñas todavía y los oficios siempre apremian en este rancho, construido sobre un lote ajeno del barrio San José de Los Campanos, en Cartagena: el piso es de tierra amasada, el “techito” de plástico y unas cuantas sábanas han remplazado a las paredes.

Agripina se baña. Va a la cocina, toma su olla más grande, la llena de agua, le echa un tanto de sal y la pone a tibiar. “Si siguen los dolores, es porque sí voy a parir”, se dice mientras espera que el fuego haga lo suyo.

Toma el agua tibia y la echa en la porcelana: ahí se encargará ella, con las mismas manos que lavaron el ropero, de materializar sin afanes el milagro de la vida.

-Vamos, yo te llevo a la clínica- sugiere su marido ante el inminente nacimiento.

-Tú no me puedes llevar a la clínica, porque después no vamos a tener plata para sacarme de allá, entonces mejor yo paro aquí- replica ella, con la asfixiante certeza de tener los bolsillos vacíos.

Él está pálido, tiembla. Ella ora mientras siente el peso de las contracciones, el precio de ser mamá por quinta vez y con apenas 23 años.

11:54 de la noche. Ha llegado el momento. Agripina se arrodilla. Se oprime la barriga. Sale la cabeza de la nena. Le dice a su marido que le mueva la cabeza a la criatura, que le ayude, pero el pobre hombre está tan paralizado por los nervios... La misma Agripina la reacomoda y la bebé sale. Parece que a la pequeña le cuesta respirar.

Agripina la reanima y, con el llanto de la niña, vuelve a sentirse tranquila. Le corta el ombligo con una cuchilla de hojilla. Otra vez se oprime la barriga y puja, ahora para expulsar la placenta. El milagro ha concluido.

Veintiún años después del milagro

De ese milagro han pasado más de veintiún años: fue el 30 de agosto del 99, pero Agripina no podrá olvidar jamás ningún detalle y es capaz de contarlos todos en esta tarde de miércoles, mientras charlamos -a más de dos metros y con tapabocas, eso sí-, frente a la casa comunal de Revivir de Los Campanos. Justo en este sector, las mismas manos que lavaron aquel ropero y recibieron a aquella bebé construyeron una casa, su casa, después de haber llegado a Cartagena cargada de incertidumbres, hambre y miedo.

Agripina y los suyos tuvieron que salir en la década de los 90 de su pueblo, Río Sucio (Chocó), para huir de las balas que habían matado a tantos de sus coterráneos. Después de caminar por días completos para llegar hasta Antioquia, ella y los suyos terminaron en Cartagena: fue lo más lejos que pudieron viajar de aquel horror, ayudados por la Cruz Roja Internacional y por la Arquidiócesis de Antioquia.

“Cuando llegamos a esta ciudad, dormíamos en los corredores de las casas ajenas. La primera noche dormimos... ¿Tú sabes dónde queda Unicolombo, en los Cuatro Vientos?, bueno, al frente...

“Eso me tiene marcada. Duramos como cinco días durmiendo en los corredores, conseguimos ir a la casa de una familiar de mi exmarido, pero allá solo nos tuvieron un día. No era fácil, obviamente, con cuatro pelaos y embarazada, la familiar dijo que no quería esa responsabilidad.

“Nos metimos en un lote en San José que era ajeno, hicimos un ranchito que tenía el piso de tierra, techito de plástico y las paredes de sábanas. Yo vine embarazada y, estando ahí, llegó la hora de parir. Mi exmarido no tenía un solo peso, te podrás imaginar: no trabajaba y yo tampoco, nos habíamos graduado de la universidad del hambre”, recuerda y me explica que ella, en su pueblo, era una especie de enfermera empírica y por eso supo qué hacer en aquel parto. “A los ocho días sí llevé a la bebé a la clínica para que me dieran el registro”, agrega.

La sola niñez de Agripina daría para un libro: es la mayor entre trece hermanos, su papá murió de úlceras gástricas cuando ella apenas tenía cinco años y, como no podía con el aplastante peso de tantas vicisitudes, su mamá la regaló cuando ella tenía seis años.

[Video] El día que Agripina Perea parió sola

Agripina muestra el segundo piso de la casa comunal, que estaba en ruinas y que esperan restaurar completamente para las clases.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

“Ella -su mamá- tenía mucha responsabilidad, por eso me entregó a otras personas. En su época, a las personas les gustaba dar a los hijos a personas que... ay, que, porque viven en la ciudad, me pueden ayudar a educar a mis hijos, a que terminen los estudios, a que se capaciten.

“Lo mandaban a uno sin saber quién era la persona, sin conocerla, no sabían en qué condiciones estaba su hijo -narra mientras un niño del barrio viene a despedirse de beso en la mejilla, con todo y tapabocas... “Hasta mañana, Agripina”, dice-. No sabían de qué manera estaban, sino que lo daban y ya. Ella no solo me dio a mí, sino a la hermana que me sigue”, explica y dice que con esa familia, en Quibdó, vivió la niñez más difícil y dolorosa, llena de maltratos y abusos. Padeció desde sarampión hasta paludismo. Calla. Creo que intenta no llorar.

El futuro que quiere revivir

Aunque no olvida a su tierra, ni todo lo que ha tenido que pasar para llegar hasta aquí, Agripina le ha entregado su corazón a Revivir de Los Campanos, un sector construido hace veinte años y compuesto por cien viviendas habitadas por víctimas del conflicto armado colombiano. Agripina es líder y, aunque ha estado al frente de muchas causas, hay una puntual a la que le está “metiendo el hombro”, contra viento y pandemia: ha convertido la vieja y abandonada casa comunal en un espacio para alimentar y educar.

“Este espacio lo hemos rescatado a raíz de la pandemia, en vista del encierro y que la gente vive del rebusque. Había gente que, cuando comenzaron las restricciones, estaba pasando mucha necesidad. Nos dimos a la tarea de abrir el comedor comunitario, que queda aquí dentro -me dice y me conduce a la cocina-; también damos clases dirigidas a los niños. Vienen en las tardes, de dos a cuatro, a hacer las tareas que les dejan en sus clases virtuales, las hacen con tres profesoras voluntarias, de lunes a viernes.

“Hemos logrado dar más de 200 almuerzos diarios y darles clases a 140 niños, todo gracias a la hermosa labor que desarrolla la Fundación Corazón Contento (creada por el actor Salvo Basile y su amigo Gabriel Rodríguez Osorio)”, asegura orgullosa. “Aquí no hemos tenido casos positivos fatales de COVID que lamentar, pero sí tenemos algo positivo: nuestros niños, que están aprendiendo día a día, para seguir adelante”, agrega.

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Agripina no tiene tiempo para lamentarse y tampoco quiere hacerlo. Ella está concentrada en seguir adelante para crecer y para que el futuro de Revivir no sucumba ante el hambre. Mejor dicho: para que el futuro vuelva a revivir cuantas veces sea necesario.