Vuelo del HK 3839: El eco de una tragedia que enlutó a Colombia

26 de enero de 2020 12:00 AM

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El nombre de Erika Delgado Gómez sonó en emisoras, salió en periódicos, en televisión. Por varios días, semanas y meses, en Colombia y en el mundo supieron de ella. Y, 25 años después, en las calles sofocantes de Flamenco, un corregimiento Marialabaja, se sigue escuchando en el eco de quienes aún se preguntan por la niña, protagonista de esta historia trágica. La noche del 11 de enero de 1995 sacudió para siempre sus vidas y, en especial, la existencia de Erika, un rayo de luz entre la oscuridad.

UNA TRÁGICA NOTICIA

“Esa noche estábamos cerrando la edición del periódico, de repente apareció en la pantalla del televisor un avance del noticiero QAP, un avión de la compañía Intercontinental había desaparecido de los radares, la última comunicación con el avión se había producido en el área de Marialabaja, Bolívar. De inmediato enviamos al reportero Luis Castellar y al fotógrafo Óscar Díaz Acosta a la zona”, recuerda el periodista Hermes Figueroa, de El Universal.

La zozobra se apoderó del país con la noticia, decenas de personas llegaron a las afueras del Aeropuerto Rafael Núñez, “se vivieron escenas dramáticas”, dice el mismo Figueroa. El mundo entero preguntaba: ¿Qué pasó con el avión? ¿Qué pasó con las 53 vidas que transportaba? ¿Hay sobrevivientes?

La sala de espera, el cubículos de la aerolínea, todo ahí era un hervidero de angustia. Con el paso de las horas, las respuestas no serían más que desoladoras para familiares, personal aeroportuario, periodistas y curiosos.

En efecto, el vuelo 256 del avión DC9, de matricula HK 3839, con la ruta Bogotá- Cartagena -San Andrés, yacía accidentado entre los pantanos de la ciénaga de Marialabaja, muy cerca del corregimiento de Flamenco.

“De una vez arrancamos de Cartagena a Marialabaja, íbamos escuchando la radio, iban diciendo que había una sobreviviente y que la estaban llevando al hospital. Pero en Turbaco nuestra camioneta se varó. Yo, del desespero, me bajé a la carretera, estaban pasando ambulancias, carros de la Policía, de la Defensa Civil y empecé a pedir chance a ver quién nos llevaba. Estábamos bastante desesperados, hasta que pasó una colega de un noticiero de televisión, Bertha Bolaños, y nos dio el chance”, explica Óscar Díaz Acosta, reportero gráfico de El Universal.

Los avances en la radio daban cuenta de lo peor, conforme transcurrían los minutos. Justo a las 7:30 de la noche, el 11 de enero de 1995, se tuvo el último contacto desde la torre de control del Aeropuerto Rafael Núñez con el vuelo del DC9, de matricula HK 3839, una aeronave de colores azul y blanco. Lo que vino después sería muy trágico y doloroso.

“Al llegar hospital de Marialabaja iban sacando a Erika Delgado en una camilla para trasladarla a Cartagena, la niña estaba consciente. Disparé la cámara y logré hacer unas fotos en ese momento”, narra Óscar. Al igual que el aeropuerto, los curiosos atiborraron al hospital. Todos querían saber sobre la suerte de la pequeña Erika. “No sabíamos bien dónde era el lugar de accidente, así que preguntábamos quién había rescatado a Erika. Nos encontramos con el señor Ever, él nos llevó al sitio. Caminamos más de un kilómetro para llegar allá, era un terreno fangoso. Fuimos el primer medio de comunicación en llegar y yo fui primero que hice fotografías del accidente porque conté con la suerte de que pude montarme en una canoa, con unos rescatistas y unos pescadores. Después no dejaron que otros reporteros recorrieran la zona y empezaron a acordonarla. Al día siguiente fuimos el único periódico de Colombia que publicó en primera plana fotos del accidente”, añade.

-Estaba demasiado oscuro, me imagino...

- Sí, pero comenzaron a lanzar las luces de bengala que iluminaban el cielo. Alcanzaba a ver maletas, partes del avión, pero cuando empecé a disparar la cámara, el flash iba iluminando los cadáveres de las víctimas flotando. Duré varios días sin poder dormir con esas imágenes, un brazo, una pierna mutilada... Pensé que la vida en verdad no es nada (...) Luego, como a la una de la madrugada, volví al periódico, en ese tiempo eran cámaras de rollo. Una vez dejé las fotos para que las usaran en portada, me regresé al lugar del accidente, a las 5 de la mañana”.

VIDA ENTRE LA MUERTE

En verdad, ¿qué había sucedido con el avión HK 3839? A 10 minutos de hacer escala en Cartagena, para luego continuar hacia San Andrés, se perdió del mapa en los radares. El capitán Andrés Patacón, un experimentado aviador de la compañía Intercontinental, con 19 años de experiencia, pilotaba la aeronave. “Algo grave tuvo que pasar”, decían sus conocidos. Se creía que habría intentado un acuatizaje de emergencia. Esa noche, el cielo del corregimiento de Flamenco se iluminó.

“Eso se vio una candela en el cielo. El avión venía prendido, pegó en ese árbol que usted ve ahí, tenía una rama prendía’ (...) ¿Que si sonó duro? ¡Auhss!, eso tembló el suelo y enseguida fuimos a ver. Cuando lleguemos aquí -a la ciénaga- donde metió los motores esos, toda esa agua estaba hirviendo, había candela y olía a gasolina. Aquí fue donde explotó”.

El recuerdo de Ever Bello, conductor de buses de Flamenco, coincide con otros testimonios. Hoy, 25 años después, recorremos la zona del impacto, un terraplén sobre la ciénaga donde acostumbran a pescar. “Cuando llegamos aquí, no había nadie. Cuando íbamos por allá -al agua-, sintió el hermano mío el llanto de la señora, no sabíamos qué era, cuando volvió a soplar la brisa, escuchamos otra vez el llanto, dijimos vamos a salvarla como sea. Y me metí al agua nadando”, sostiene.

El llanto provenía, no de una señora, eran las lágrimas de Erika Delgado Gómez. “Estaba montada en una tarulla de nada, parecía que la hubieran puesto ahí (...) De regreso (a la orilla) vimos el poco de bolsos boyando y vamos a ver que eran los muertos, ella se me salva porque yo no toco a una persona de esas, porque si yo la toco me devuelvo, ¡jum, sí señor, me devuelvo! (...)

“Ella decía que tenía 9 años, que su papá le había dicho que se quedara en la tarulla”, añade. Con fracturas en el tobillo izquierdo y en el cubito derecho fue llevada a Marialabaja por Ever, luego al Hospital Universitario del Caribe (HUC), en Cartagena, y a los pocos días le dieron de alta. Preguntaba por su papá, Carlos Delgado, abogado pensionado de la Armada Nacional, por su mamá, María Antonieta Gómez, y por Carlos, su hermano de 8 años. Iban con ella en el avión pero ninguno sobrevivió.

“También preguntaba con mucha insistencia si dos perritos que traían se habían salvado”, se lee en un recorte de El Universal. El accidente pasaría a la historia como uno de los más fatídicos de Colombia: 52 muertos, incluyendo cinco tripulantes. Erika es la única sobreviviente.

VESTIGIOS QUE VIVEN

En esa búsqueda afanosa por vida en la oscura ciénaga se vieron “cuerpos mutilados, cadáveres destrozados, rostros desfigurados”, se lee en una publicación de El Universal.

Las prendas de vestir, el color de piel, alguna documentación eran claves para identificar a las víctimas. Entre rescatistas improvisados y de la Policía Nacional, del Ejército y de la Defensa Civil, se escuchaban frases como “por la camisa y el pantalón, debe ser el piloto; es bastante joven, no debe pasar de los 17 años; un niño, vestía un pantalón corto y una camisa roja (...) es el teniente de fragata Hernando Silva Navia, aquí están sus papeles, no hay duda”. Había maletas, ropa y hasta una espada del teniente Silva. No solo la espada. “Ahí encontraron de todo. Hace como dos años un muchacho que cogía hicoteas en la ciénaga encontró un reloj en un bolso con los papeles de una muchacha y una cadena, eso lo vendió en Marialabaja”, comenta Ever.

Recorriendo el pueblo, que es pequeño y pintoresco, hay historias de todo tipo al respecto.

“La punta del avión la tiene Miguel Ángel Palomino en el patio de una casa. Otro muchacho cogió un montón de chatarra y la vendió. Ahí han encontrado cadenitas, pulseras, dinero, huesos, hasta vicio encontraron. Todavía hay gente que se mete en esta época que la ciénaga se seca para buscar cosas”, sostiene Betty González, inspectora de policía del pueblo en aquellos tiempos.

En efecto, la punta del avión está en un patio, es un hierro viejo que guardan como una prenda de recuerdo, oxidándose y rodeada de gallinas. Muy cerca, en otro patio, hay una llanta del avión, algunas personas han hecho infructuosos intentos por comprarla. También, en el pueblo, otros testimonios señalan que uno de sus habitantes hizo fortuna al encontrar un paquete de dólares. Días después del choque, en una vivienda donde la habían guardado, la caja negra de la aeronave fue hallada luego de se hiciera la claridad de que no era de color negro sino naranjada.

Sobre la víctima y quien se convirtió en protagonista de esta historia, Erika... ella ha preferido mantenerse alejada de la prensa y no ha hablado sobre lo sucedido, pero entre todas esas historias al rededor del accidente su nombre sigue sonando como un eco en Flamenco. Aún se preguntan, cómo si se tratara de alguno más de los suyos, qué será de la vida de aquella niña que se salvó de morir aquella noche de enero.

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