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Prohibir la IA no salvará al periodismo

La IA en medios de comunicación exige ética, no miedo disfrazado de pureza.

Prohibir la IA no salvará al periodismo

Imagen de ilustración generada con inteligencia artificial.

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La IA como herramienta de trabajo no se debe satanizar: debe aprenderse, regularse y usarse con criterio humano.

La noticia sonó como campanazo de sacristía: The New York Times habría enviado un mensaje a sus columnistas, colaboradores y escritores externos recordándoles que no podían entregar textos o imágenes generados, modificados o mejorados con inteligencia artificial. El mensaje, según reportes periodísticos, iba dirigido especialmente a freelancers y colaboradores, no necesariamente a todo el personal interno del periódico. Y ahí empieza lo interesante: porque mientras a unos se les cierra la puerta, el mismo medio ha permitido a su redacción interna usar herramientas de IA para tareas como resúmenes, análisis de documentos, ideas, titulares SEO y apoyo editorial, bajo supervisión humana.

El contexto tampoco es menor. El Times venía de un episodio incómodo: terminó su relación con el crítico Alex Preston después de que una reseña de libro, elaborada con ayuda de IA, presentara similitudes no atribuidas con una crítica previa publicada en The Guardian. Ese caso muestra un riesgo real: la IA mal usada puede contaminar un texto, mezclar fuentes, reproducir lenguaje ajeno y dejar al periodista con una bomba ética en las manos. Le puede interesar: Fin de la inteligencia artificial gratuita

Pero una cosa es corregir el mal uso y otra muy distinta es convertir la herramienta en pecado. Ahí es donde vale la pena detenerse. Porque la discusión sobre IA en medios de comunicación no puede quedarse en el susto ni en el grito de “¡prohibido!”. Esa reacción, tan humana como antigua, la hemos visto muchas veces. Hubo quienes vieron el teléfono como amenaza para el telégrafo. Hubo quienes desconfiaron del computador porque la máquina de escribir parecía más “auténtica”. Hubo profesores que prohibieron la calculadora como si sumar a mano fuera la única prueba de inteligencia. Y, si nos ponemos poéticos, seguro alguien habría dicho que la rueda era trampa porque facilitaba demasiado el camino.

La historia de la tecnología suele repetirse con otra ropa. Primero viene el miedo: “esto nos va a quitar el oficio”. Luego aparece la resistencia: “lo anterior era más puro”. Después llega la adaptación: “bueno, usémoslo, pero con reglas”. Y finalmente, cuando ya nadie se acuerda del escándalo inicial, la herramienta se vuelve parte del paisaje. Hoy nadie acusa a un periodista de hacer trampa por grabar una entrevista en vez de tomarla toda a mano, ni por usar Google para ubicar un dato, ni por escribir en computador en lugar de entregar una cuartilla mecanografiada.

La pregunta seria no es si la IA debe entrar al periodismo. Ya entró. La pregunta es cómo entra, con qué límites, con qué transparencia y con qué responsabilidad. En una redacción, la IA puede ayudar a resumir documentos largos, detectar contradicciones, organizar cronologías, sugerir preguntas para una entrevista, revisar estilo, proponer titulares o explicar un tema complejo antes de salir a reportearlo. Eso no reemplaza al periodista. Lo libera de parte del trabajo mecánico para que pueda concentrarse en lo que la máquina no tiene: criterio, olfato, contexto, responsabilidad pública y sensibilidad humana.

Claro, no se trata de abrir la puerta de par en par y dejar que el algoritmo publique solo. Eso sería tan absurdo como ponerla a manejar una lancha sin capitán en plena bahía de Cartagena. La IA puede inventar datos, exagerar, copiar sin advertirlo, sonar segura cuando está equivocada y producir textos impecables pero vacíos. Por eso necesita dirección. La IA no debe ser autora clandestina ni fantasma en la sala de redacción. Debe ser herramienta visible, auditada y subordinada al juicio humano.

El problema de algunas prohibiciones absolutas es que confunden ética con nostalgia. Creen que proteger la calidad consiste en negar el cambio. Pero la calidad no nace de escribir con una pluma, una Olivetti o un teclado mecánico; nace del rigor. Un mal periodista puede hacer daño con IA, sin IA y hasta con libreta nueva. Y un buen periodista puede usar IA para investigar mejor, ordenar mejor y pensar con más profundidad, siempre que conserve la obligación de verificar, contrastar y responder por cada palabra publicada.

En el fondo, esta discusión revela algo más grande: estamos entrando en una época en la que la alfabetización tecnológica será tan importante como saber leer y escribir. Y eso aplica para periodistas, abogados, médicos, profesores, empresarios y estudiantes. No basta con saber “hacer prompts”. Hay que entender sesgos, fuentes, derechos de autor, privacidad, responsabilidad, manipulación y verdad. La herramienta puede facilitar la vida, sí, pero también puede amplificar errores si la usamos sin brújula moral.

Por eso, más que prohibir la IA en medios de comunicación, deberíamos enseñar a usarla bien. Enseñar cuándo ayuda y cuándo estorba. Cuándo es legítima como asistente y cuándo se convierte en engaño. Cuándo acelera una tarea y cuándo sustituye indebidamente el pensamiento. La respuesta no está en satanizarla, sino en formar criterio.

Tal vez el gran reto de esta época no sea tecnológico sino filosófico. Necesitamos más ética, no menos IA. Más pensamiento crítico, no más miedo. Más transparencia, no más hipocresía. Porque facilitar el trabajo no es hacer trampa: hacer trampa es ocultar, plagiar, inventar o delegar la responsabilidad. La rueda facilitó mover cargas, el computador facilitó escribir, el teléfono facilitó comunicarnos. La inteligencia artificial facilitará pensar, crear e investigar. El desafío es que no nos facilite también la irresponsabilidad.

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