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Cartagena: el puerto de la inteligencia artificial

Por debajo del mar ya llegan a Cartagena algunas de las grandes autopistas por donde viajan los datos del mundo. La pregunta es si vamos a limitarnos a dejarlos pasar o si podemos construir alrededor de ellos una nueva economía basada en inteligencia artificial, energía y conocimiento.

Cartagena: el puerto de la inteligencia artificial

Imagen de ilustración generada con inteligencia artificial.

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Durante siglos, buena parte de la importancia de Cartagena estuvo determinada por una condición que no inventamos nosotros: su ubicación.

La bahía, el Caribe y su cercanía con las grandes rutas marítimas convirtieron a la ciudad en una puerta de entrada y salida entre Colombia y el mundo. Por aquí circularon mercancías, personas, capital y conocimiento. Y alrededor de esa posición geográfica fueron apareciendo puertos, astilleros, comercio, industria, logística y miles de empleos.

Hoy está ocurriendo algo parecido, solo que buena parte de la mercancía más valiosa del planeta ya no viaja dentro de un barco.

Viaja convertida en luz por cables de fibra óptica instalados en el fondo del océano.

Y varios de esos cables llegan precisamente a Cartagena.

Según el mapa internacional de cables submarinos de TeleGeography, Cartagena es punto de llegada de sistemas como AMX-1, ARCOS, Colombia-Florida Express y Pacific Caribbean Cable System, además del sistema nacional Colombian Festoon. A ellos se proyecta sumar MANTA en 2028. Son conexiones que nos enlazan con Florida, el Caribe, Centroamérica y otros puntos estratégicos de las redes internacionales de telecomunicaciones.

Lo sorprendente es que hablamos mucho del puerto marítimo de Cartagena, pero muy poco de su otro puerto: el que está debajo del agua.

Y en medio de la revolución de la inteligencia artificial, esa infraestructura puede convertirse en una oportunidad enorme.

La inteligencia artificial necesita tres cosas en cantidades extraordinarias: computadores especializados, electricidad y conectividad.

Los grandes modelos que hoy utilizamos no flotan mágicamente en “la nube”. Detrás de cada conversación con ChatGPT, cada imagen generada y cada sistema empresarial de inteligencia artificial existen edificios llenos de servidores, procesadores gráficos, redes de altísima velocidad, sistemas de refrigeración, baterías y una infraestructura eléctrica gigantesca.

Los llamamos data centers.

Los nuevos centros especializados en inteligencia artificial llevan esa demanda a otra escala. Una sola unidad de una arquitectura moderna como DGX GB200 de NVIDIA puede requerir alrededor de 1,2 megavatios de potencia térmica de diseño, y los grandes campus pueden agrupar decenas o cientos de esos sistemas. Le puede interesar Cuando vuelva a temblar: la inteligencia artificial que Colombia necesita

Por eso no se trata simplemente de alquilar una bodega, llenarla de computadores y conectarla a Internet.

Estamos hablando de infraestructura industrial.

Y ahí es donde creo que Cartagena debería hacerse una pregunta que hasta ahora no parece estar sobre la mesa con suficiente fuerza:

¿Por qué no estudiar la posibilidad de construir aquí uno de los grandes nodos colombianos de infraestructura para inteligencia artificial?

No digo que mañana debamos comprar miles de procesadores y comenzar una obra.

Digo algo mucho más serio: Cartagena tiene suficientes ventajas naturales e infraestructura existente para justificar un gran estudio de prefactibilidad.

La primera ya la tenemos: conectividad internacional.

Pero tener cables submarinos no basta.

Es como tener varias autopistas llegando a una ciudad sin construir los intercambiadores que permitan aprovecharlas. Hoy Colombia cuenta con puntos de intercambio de Internet —los llamados IXP— ubicados en Bogotá, Barranquilla, Medellín y Cali. Cartagena no aparece todavía entre ellos. Un IXP permite que diferentes redes intercambien tráfico localmente, reduciendo latencia, costos y dependencia de rutas externas.

Por eso la propuesta debería ser mucho más amplia que construir un edificio.

Cartagena podría pensar en un verdadero puerto digital: un data center preparado para inteligencia artificial, conectado a diferentes operadores y cables submarinos, acompañado de un punto neutral de intercambio de Internet y de infraestructura energética diseñada específicamente para soportarlo.

Y ahí aparece la segunda gran pregunta.

¿De dónde saldría la electricidad?

Porque este es precisamente uno de los problemas que está enfrentando Estados Unidos.

La expansión acelerada de los data centers ha comenzado a generar oposición en muchas comunidades. Durante este año se han multiplicado las protestas y algunos gobiernos locales y estatales han comenzado a endurecer requisitos por preocupaciones relacionadas con electricidad, agua, costos para los usuarios y beneficios reales para las comunidades.

Parte del debate está lleno de exageraciones y desinformación.

Pero sería igualmente irresponsable afirmar que todas las preocupaciones son falsas.

Un data center de inteligencia artificial consume mucha energía.

La solución no debería ser esconder ese problema.

Debería ser diseñar el proyecto desde el comienzo para enfrentarlo.

Y aquí Cartagena vuelve a tener otra oportunidad.

Tenemos sol.

Tenemos viento.

Y tenemos experiencia industrial.

La propia Refinería de Cartagena ya demostró que la generación solar a escala importante es posible en nuestra ciudad. Su granja solar tiene 22,1 megavatios de capacidad instalada, más de 40.000 paneles y una generación proyectada de hasta 34,4 millones de kilovatios hora al año. Para construirla participaron 370 personas de la región Caribe, la mitad de ellas mujeres, muchas capacitadas específicamente en instalación de paneles y generación fotovoltaica.

¿Y si el futuro data center naciera acompañado desde el comienzo por su propio ecosistema energético?

No estoy proponiendo que funcione exclusivamente con paneles solares.

Un centro de datos debe operar las veinticuatro horas del día y no puede apagarse porque una nube cubra el cielo.

La arquitectura tendría que combinar energía del Sistema Interconectado Nacional, generación solar, almacenamiento en baterías, respaldo firme y, eventualmente, energía eólica.

Y el viento puede convertirse en otra pieza especialmente interesante.

Colombia ha identificado alrededor de 50 gigavatios de potencial desarrollable de energía eólica costa afuera, y Bolívar y Atlántico forman parte de la zona central definida para su desarrollo. Esta industria puede generar no solamente electricidad, sino inversiones, transferencia tecnológica, desarrollo portuario y nuevas cadenas logísticas.

Cartagena tiene además algo que vuelve a jugar a nuestro favor: puerto, industria y capacidad logística.

Entonces empiezan a conectarse piezas que normalmente discutimos por separado.

Puerto.

Cables submarinos.

Energía solar.

Eólica marina.

Infraestructura eléctrica.

Data centers.

Inteligencia artificial.

Quizás no deberíamos pensar en un simple centro de datos.

Deberíamos pensar en un campus de inteligencia artificial y energía.

Un lugar donde parte de la electricidad se produzca localmente mediante renovables, donde grandes baterías ayuden a almacenar energía en los momentos de mayor producción y donde la propia inteligencia artificial pueda decidir cuándo ejecutar determinadas cargas computacionales dependiendo de la disponibilidad energética.

Las baterías también están cambiando rápidamente. Solo durante 2025 se instalaron 108 gigavatios de nueva capacidad de almacenamiento con baterías en el mundo, 40 % más que el año anterior. Las tecnologías LFP ya representan alrededor del 90 % de las nuevas instalaciones y cada vez aparecen más proyectos capaces de almacenar energía durante cuatro horas o más.

Es decir, no tenemos que diseñar la infraestructura del futuro con la tecnología energética del pasado.

Y entonces aparece otra crítica habitual.

“Los data centers construyen edificios gigantescos, pero después casi no generan empleo”.

La crítica tiene una parte válida.

Un data center no es una fábrica tradicional con miles de operarios trabajando permanentemente dentro del edificio.

Prometerlo sería engañoso.

Pero nuevamente estamos haciendo la pregunta equivocada.

La pregunta no debería ser cuántas personas trabajan dentro del data center.

Debería ser cuánta economía podemos construir alrededor de él.

Durante la construcción se requieren ingenieros civiles y eléctricos, técnicos, electricistas, instaladores, soldadores, operadores de maquinaria, especialistas en refrigeración, fibra óptica, estructuras, seguridad industrial y construcción especializada.

Pero el verdadero objetivo debería venir después.

Cartagena tendría que utilizar esa infraestructura para atraer empresas de computación en la nube, inteligencia artificial, ciberseguridad, telecomunicaciones, mantenimiento de servidores, electrónica de potencia, refrigeración líquida, software y procesamiento de datos.

Y, sobre todo, formar nuestra propia gente para ocupar esos puestos.

Imaginemos que mientras se construye el proyecto, el SENA y las universidades de Cartagena comienzan simultáneamente programas especializados en operación de data centers, redes de alta velocidad, inteligencia artificial, ciberseguridad, sistemas eléctricos, refrigeración avanzada y computación de alto desempeño.

Entonces no estaríamos importando únicamente tecnología.

Estaríamos construyendo conocimiento.

Y esos son precisamente los empleos que una ciudad como Cartagena necesita crear: trabajos técnicos y profesionales de mayor productividad, capaces de pagar mejores salarios y de generar nuevas empresas alrededor.

Cartagena nunca prosperó solamente porque llegaran barcos a su bahía.

Prosperó porque alrededor de esos barcos se crearon negocios.

Con los datos debería ocurrir exactamente lo mismo.

Por eso imagino tres Cartagenas funcionando simultáneamente.

La Cartagena del puerto físico, que mueve contenedores y mercancías.

La Cartagena del puerto energético, capaz de aprovechar sol, viento, industria e infraestructura eléctrica.

Y la Cartagena del puerto digital, donde llegan los cables submarinos y donde podríamos comenzar a almacenar, intercambiar y procesar los datos que alimentarán la economía de la inteligencia artificial.

Claro que hay preguntas difíciles.

¿Existe realmente suficiente capacidad eléctrica para un proyecto de esta escala?

¿Cuánto costaría la conexión?

¿Dónde debería ubicarse?

¿Cómo garantizar que el consumo energético adicional no termine trasladándose a las tarifas de los ciudadanos?

¿Qué sistema de refrigeración permitiría minimizar el uso de agua en un clima caliente y húmedo como el nuestro?

¿Qué impacto ambiental tendría?

¿Cuántos empleos reales produciría?

¿Quién invertiría?

Precisamente por eso no estoy proponiendo comenzar construyendo.

Estoy proponiendo comenzar estudiando.

Cartagena debería convocar al Gobierno nacional, sector eléctrico, operadores de telecomunicaciones, puertos, universidades, empresas tecnológicas e inversionistas para elaborar un estudio serio de prefactibilidad de lo que podríamos llamar Cartagena AI Gateway.

No otro documento para guardar en una biblioteca.

Un proyecto con números.

Megavatios requeridos.

Capacidad de fibra.

Latencia.

Terreno.

Agua.

Refrigeración.

Impacto ambiental.

Inversión.

Empleos.

Formación de talento.

Y posibilidades reales de mercado.

Tal vez al hacer los estudios descubramos que Cartagena no es el mejor lugar para un gran data center de inteligencia artificial.

Eso también sería una respuesta válida.

Pero sería difícil explicar que una ciudad donde aterrizan varias de las autopistas submarinas de Internet, rodeada de infraestructura portuaria e industrial y ubicada frente a uno de los mayores potenciales solares y eólicos del país, ni siquiera se haya hecho seriamente la pregunta.

Durante siglos, Cartagena entendió que su geografía era una ventaja.

Ahora debemos aprender a reconocer una geografía diferente.

La de los datos.

Porque las rutas digitales del siglo XXI ya están llegando a nuestras costas.

La pregunta es si vamos a limitarnos a verlas pasar.

O si, como hicimos con los barcos durante siglos, vamos a construir una nueva economía alrededor de ellas.

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