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Sepultada en Chinú, Córdoba patrullera asesinada en Cali

Esa mañana, a las diez como de costumbre, Cleida del Carmen Tapia Arrieta llamó a su madre. Le dijo una vez más cuanto la amaba y le pidió la bendición para salir a cumplir sus labores como patrullera de la Policía en la ciudad de Cali.

Luciendo con orgullo el uniforme de la institución, el mismo con el que soñó desde que era una niña, salió a enfrentar el sórdido mundo de la delincuencia. Su rostro era fresco y radiante. Sus 25 años, recién cumplidos, le daban el vigor para seguir adelante sin temores.

La orden de traslado a Córdoba, lista en el escritorio del comandante de la Policía en Cali, era su mayor aliciente. Eso la hacía aún más feliz. Pronto estaría en la casa de sus padres, Orlando Tapia Martínez y Darlys del Carmen Arrieta, quienes residen en el municipio de Chinú.

Y allí estuvo. Sin embargo, llegó en un ataúd, envuelto en la bandera de Colombia. Su féretro en la sala hizo revivir todos los recuerdos que estaban en la mente de sus progenitores. En esa misma sala, en la que aprendió a dar sus primeros pasos, ahora se despedía para siempre de este mundo terrenal, víctima de un ataque de un par de delincuentes en Cali.

Ella era la tercera de cinco hermanos, los mismos que lloraban con desconsuelo su partida. Recordaron uno a uno los momentos vividos junto a Cleida, sus travesuras, su belleza y su tesón para enfretarse al mundo. "Siempre quiso ser policía", recuerdan con sus ojos llenos de lágrimas.

Llamada fatal

Hacía pocas horas que ella había hecho la llamada rutinaria a su familia y nuevamente timbró el teléfono. Esta vez era la dueña de la pensión donde Cleida vivía en Cali. Con voz entrecortada, y sacando fuerzas que no tenía, logró decirle a Orlando Tapia que su hija se encontraba en una clínica porque había sufrido un atentado.

"Sentí un profundo dolor en mi corazón. Corrí de inmediato hasta la estación de Policía de Chinú para que me dieran más información, pero en el fondo solo quería escuchar que todo era mentira, que era un sueño", relata con voz casi inaudible por el dolor que lacera su corazón.

"Era una buena hija, aplicada y obediente, Nunca tuvimos ningún tipo de problemas con ella", sigue musitando mientras mira con ternura especial el féretro, como si ella lo estuviera escuchando.

A las seis de la tarde una vez más timbró el teléfono de su humilde vivienda. Esta vez, desde el otro lado de la línea, le informaron que Cleida no había resistido la operación y que había muerto. Le dijeron que fue una mujer valiente y que ellos se encargarían de todo.

En ese momento tenía pocos datos de lo que pasó ese viernes fatídico. No sabía que ella salió a atender un caso en el centro de Cali y al llegar, junto a uno de sus compañeros, fueron recibidos a tiros por el parrillero de una motocicleta, identificado como Hofferman Bernal Melo, de 26 años. Él se movilizaba junto a Alexander Quintero Melo, un hombre con discapacidad, quien ahora dice que no sabe lo que ocurrió y que el perpetrador se subió en su moto y lo obligó a que lo llevara. En el intercambio de disparos ambos resultaron heridos.

Tampoco sabía entonces cuánto puede dolor el corazón y mucho menos que los honores policiales, la presencia de los directivos de la institución y la solidaridad de la gente no eran suficientes para lograr la resignación.

Se levantó lentamente de la silla a la que se había aferrado por horas, muy cerca del cajón, miró una vez al teléfono, como esperando la llamada de todos los días de su hija, y con pasos pesados caminó hacia la salida. Las trompetas sonaron, los uniformados levantaron el féretro y paso a paso lo llevaron hasta la iglesia de Chinú donde cientos de personas esperaban para darle el último adiós.

"Cleida se fue para siempre y con ella mi corazón y mi vida", musitó mientras los gritos desgarradores de su esposa Darlys se volvieron un eco interminable.

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