Qué puedo escribirte, qué puedo decirte, solo que fuiste el mejor de los jefes. “Qué jefe”, me dirías, por qué no escribes, “el mejor de los amigos de ustedes”, seguramente me hubieras recalcado. (Germán Mendoza, gracias, maestro).
En verdad, me quedo corto en todo. Y tengo el corazón maltratado por tu partida. “Germa”, así le dije siempre. Porque nunca aceptó ese calificativo que muchos suelen engreírse cuando le dicen: docto.
Qué tremendo periodista fuiste Germán Mendoza Diago, mi llave, sencillo, elegante en el tratar, sin ninguna envidia, dedicado por completo a tu trabajo. Si falta alguien en el periódico, tú hacías la página con cariño y nunca suspendiste a nadie porque no vino sin justificación alguna.
Tenías una mente prodigiosa, yo diría que única. Y lo digo, no es porque estés muerto. No. Eres y serás el mejor en todo. Todo lo sabías, nadie te corchaba. Le sacabas alegría a uno con tus cuentos y siempre le dabas ánimo a uno. “Tú puedes nojoda”, decías.
Esa sencillez lo llevó a ser el periodista más querido de Cartagena. De él aprendí que uno nunca debe echar ‘viaje’ por echar. No. Siempre debe haber un sustento. “Papelito que habla”.
Fui el primero que le dije, Germa, veo que hablas enredao, hay palabras que no la pronuncias bien. Me miró fijamente y me dijo: “Erda sí. Según me dijo el médico la enfermedad que tengo, de un millón le da a uno y, parece que yo tuve esa mala suerte”.
Y poco a poco se fue deteriorando hasta no caminar más. Su corazón no aguantó ayer y se desplomó con su cuerpo inmóvil.
Ay Dios mío. Se fue el maestro. A pesar de que hayan valores curtidos y nuevos y dignos exponentes del periodismo, tu seguirás siendo el mejor. El periodismo siempre te aclamará y estará de luto por siempre.
