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Cartagena

Acoso callejero, otra forma de violencia sexual en Cartagena

Diariamente y a toda hora las cartageneras se ven expuestas a recibir todo tipo de comentarios que lejos de ser ‘piropos’ constituyen una forma de violencia.

Acoso callejero, otra forma de violencia sexual en Cartagena

Hay un vacío normativo en esta materia que impide que se tomen medidas correctivas al respecto. // Luis Eduardo Herrán - El Universal

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No es normal y no está bien. Salir a la calle se ha convertido en una mala experiencia para muchas mujeres -si acaso no para todas- que en distintos escenarios, ya sea en el transporte público, pequeños callejones o grandes avenidas, reciben comentarios que disfrazados de ‘piropos’ realmente constituyen una violencia de la cual poco se habla.

Es algo de todos los días, a toda hora. Sucede en todas partes y no importa el estrato. Aún así, uno de los casos más visibles de hasta dónde puede llegar esta reprochable conducta ocurrió el pasado domingo 21 de marzo.

Lea: Mujer, víctima de acoso sexual por motociclista en Manga

“Voy a contar lo que me acaba de pasar porque realmente es lo único que puedo hacer”. Esas fueron las palabras de Nathalia, una joven que a través de sus redes sociales denunció un hecho que sufrió mientras trotaba por la avenida La Asamblea del barrio Manga.

Con impotencia, Nathalia contó que un hombre que iba en una motocicleta se masturbó frente a ella y huyó. Y efectivamente, lo único que pudo hacer fue contar su historia a otras mujeres, porque cuando acudió a la Policía para denunciar el caso, no recibió respuestas ni apoyo.

“No estamos protegidas, no nos cuidan, no les importa. No pasa nada y por eso es que después aparecemos muertas, violadas y desaparecidas”, contó Nathalia.

Pasaron dos días para que la Policía se pronunciara al respecto. El miércoles 23 de marzo la institución manifestó a través de un comunicado que había dispuesto de diferentes dependencias vinculadas a la Estrategia de Protección a la Mujer, Familia y Género (Emfag) para atender el caso y así dar inicio a la ruta de atención de violencia contra la mujer, con acompañamiento y asesoría para realizar las diligencias judiciales.

Asimismo se adelanta una investigación por parte de la Justicia Penal Militar y de Control Disciplinario Interno para establecer las circunstancias de modo, tiempo y lugar vinculados al hecho.

Lamentablemente el caso de Nathalia no es el único, y mucho menos es un hecho aislado. Son muchos los sucesos que ocurren día a día, que generalmente son invisibilizados y no reciben la ayuda que en estos momentos, aunque tardía, está recibiendo la joven.

Una práctica normalizada

Giobanna Buenahora, quien hace parte del Movimiento Ampliado de Mujeres y Feministas de Cartagena y Bolívar, explica que el acoso callejero ya se ha vuelto una costumbre en la ciudad y que por ello tristemente es pasado por alto.

“Cartagena es una ciudad con una tradición histórica alrededor del ‘piropo’. Tenemos unos usos y costumbres en las que hemos naturalizado y normalizado el hecho de que las mujeres necesitemos que nos digan cosas cuando vamos por la calle porque eso ‘nos sube el autoestima’. Eso ha provocado que de frases como ‘qué linda estás’ o ‘qué bonita eres’, se pase a hacer propuestas, a querer tocar y a violentar desde la palabra y desde lo corporal”, dice.

Agrega que este es un tema al que en Cartagena no se le presta mucha atención porque es algo que se acepta culturalmente. “En ese sentido la mujer tiene que aguantar eso, y la que responde y se incomoda ante el acoso es una mujer que en vez de ser apoyada y defendida es criticada, se le mira feo e incluso le preguntan por qué no acepta la galantería, porque ese es otro problema, lo hombres que acosan a las mujeres son hombres ‘galantes’ a pesar de que es notorio que es algo que violenta o incomoda”, afirma.

Giobanna asegura que Cartagena es una ciudad que normaliza muchas formas de violencia y que es a esto que debe atribuirse el aumento de estos casos y de los feminicidas.

“A muchas mujeres, yo diría que a casi todas las que vivimos en la ciudad, no nos gusta que nos estén diciendo qué tan bonitas estamos, qué tan buenas piernas tenemos o cómo nos queda la ropa, eso también es presuponer que uno se viste para los hombres y que cada vez que salimos es porque queremos que un hombre nos vea, como si ese fuera el objetivo cuando nos vestimos en nuestra casa y decidimos salir”, asegura.

Sin derecho a la ciudad

Leidy Laura Perneth, de la Mesa del Movimiento Social de Mujeres de Cartagena y Bolívar, señala que este tipo de violencia también está estrechamente relacionada con el derecho al espacio público en Cartagena.

“Cuando esto ocurre el mensaje que se le envía a todas las mujeres es que no podemos estar solas en público, porque incluso estando acompañadas por otras mujeres nos ocurre, se presume que si no hay un hombre presente no estamos bien. Es imposible que tengamos derecho a la ciudad con el acoso sexual en la calle porque esto nos dice que la ciudad no nos pertenece”, afirma.

Esto provoca que las mujeres sientan miedo de salir a la calle y que incluso se predispongan a recibir este tipo de comentarios o acciones que las violentan.

“Esto es producto del sistema patriarcal que además hipersexualiza nuestros cuerpos y los asume como públicos y disponibles para ser cosificados y satisfacer el placer de otros. Y este acoso también ocurre en los silencios sociales que legitiman la práctica, porque cuando nos exponemos a esto la gente ve y no dice nada, la vergüenza se le traslada a la mujer acosada y violentada y no a quien acaba de cometer la violencia”, dice Leidy.

Advierte que esta conducta debe ser definida como una forma de violencia de género ya que son las mujeres las que experimentan esto de manera mayoritaria, y en general, los cuerpos feminizados, es decir, gays y trans con estas características.

¿Y las garantías?

Las mujeres consideran que en la ciudad no hay garantías para caminar seguras toda vez que si sucede algo de esta índole no pasa nada.

“Ningún policía detiene a alguien porque te tocó un seno, un glúteo, el cabello, o porque dijo una frase obscena, lo que te dicen es que te alegres porque te dijeron algo y que no le prestes atención”, dice Giobanna.

Denuncia que la ciudad lleva años con una política pública de género que ya caducó y que es necesario actualizarla.

“Hay que actuar en ambos niveles, primero en esta responsabilidad del gobierno distrital, la Alcaldía está en mora de actualizar la política pública de igualdad y equidad de género para las mujeres en la ciudad. Segundo, es necesario que la Policía y los entes de seguridad revisen sus códigos y las rutas de atención nacionales frente al acoso; y tercero, hay que trabajar hacia una cultura ciudadana de la violencia hacia la mujer, se debe dejar de normalizar y naturalizar el acoso”, resalta.

Vacío normativo

El abogado penalista Enrique Del Río González asegura que existe un vacío normativo en esta materia, toda vez que la conducta no está tipificada.

“El caso que ha circulado en redes relacionado con una joven que fue víctima de un sujeto motorizado que le mostró el pene, nos evidencia que existe un vacío normativo para este tipo de prácticas, que laceran la dignidad y la autoderminación sexual de la mujer. Lo anterior por cuanto no hay forma delictiva que encaje o tipifique dicho comportamiento cuando la víctima sea mayor de 14 años. En este caso no podemos decir que existe acoso sexual o algún delito contra la libertad, integridad y formación sexual, ya que en Colombia solo está prevista como contravención de Policía consagrada en la Ley 1801 de 2016 en el artículo 33, numeral 2 literal b”, explica.

Del Río señala que el caso es diferente cuando la víctima es menor de 14 años, pues en ese evento sí se incurriría en el punible de actos sexuales con menor de 14 años, lo cual conlleva a una pena de prisión entre los 9 y 13 años.

“Es por esto que en mi opinión el Congreso debe ocuparse de tipificar esta conducta, que considero reprochable desde cualquier punto de vista y que garantiza, en cuanto al derecho penal se trata, la protección de la libertad, integridad y formación sexual de las personas mayores de 14 e incluso 18 años que se vean sometidas a este tipo de depravaciones”, puntualiza.

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