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Cartagena

­Lo que cabe en un bolsillo

Detrás de una simple costumbre había una historia de ansiedad, adicciones y pequeños gestos que ayudaron a reconstruir una vida.

­Lo que cabe en un bolsillo

Ilustración generada con inteligencia artificial. //Creada a partir de una foto cortesía de la Fundación Desarrollo Humano Juan Carlos Marrugo Vega.

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“Me llenaba los bolsillos con dulces. De bombones, de confites. Me decía: cada vez que te dé ansiedad, te comes uno”. Así lo describía Luis Adolfo Palomino Santoya, hoy trabajador de una fundación que antes fue mucho más que su lugar de trabajo: fue el espacio donde comenzó a reconstruir su vida. Hablaba de aquellos dulces como quien recuerda un refugio, algo reconfortante, casi redentor.

“Las compañeras, los amigos, se burlaban de mí. Pero ellos no sabían que ese dulce me salvaba. Cada dulce me salvaba”, recordó entre sonrisas. De repente sembró una pregunta incómoda. ¿Sabes qué es sentirse así? ¿Salvado? Tuve que ser honesto. Tuve que decir que no.

Luis intentó explicarme qué significaba volver a sentirse a salvo, recuperar la salud mental. Lo hizo como quien conversa con un desconocido en una esquina, con la tranquilidad de saber que, probablemente, al día siguiente nadie recordará aquella confesión. Habló de los días en que el consumo parecía borrar, por un instante, sus preocupaciones. También recordó una pelea callejera, en el barrio Zaragocilla, donde una puñalada por la espalda lo obligó a enfrentarse con una sensación que conocía demasiado bien: el fracaso.

Era el mismo fracaso que aparecía cada vez que recordaba al niño que alguna vez soñó con ser futbolista, tener una casa grande y ayudar a su familia. “Jugué en las menores de Itagüí, en Rionegro, pero por una lesión volví a Cartagena y ahí fue donde me frustré. Después me echaron del colegio por mala conducta y terminé estudiando de noche. Allí conocí amigos que llevaban años consumiendo. Un día estaban consumiendo y les dije: ‘Voy a probar para olvidarme de todo’. Y ahí quedé enganchado en la droga”, recuerda.

Para Luis, sentirse salvado es una experiencia extraña. Es aceptar que otros te vean vulnerable. Requiere de mucho y, al mismo tiempo, de muy poco. Es un camino que oscila entre pequeñas victorias y recaídas, entre días esperanzadores y otros profundamente difíciles. Es un abismo donde rendirse puede resultar tan tentador como quedarse, a propósito, bajo las cobijas una mañana lluviosa para no enfrentar el mundo. Es complejo.

Pero Luis no estuvo solo. Encontró apoyo en la señora Elvia, su madre; en el recuerdo de su padre y en la cercanía de sus hermanos, quienes también llenaban sus bolsillos de dulces, esta vez convertidos en esperanza. “Un dulce era mi familia, un dulce eran mis sueños, un dulce era mi trabajo, un dulce era mi casa. Yo soy muy apegado a mi familia”.

Luis Adolfo Palomino Santoya,  integrante de la Fundación Desarrollo Humano Juan Carlos Marrugo Vega. //Foto cortesía.
Luis Adolfo Palomino Santoya, integrante de la Fundación Desarrollo Humano Juan Carlos Marrugo Vega. //Foto cortesía.

A ese apoyo se sumó la atención recibida en la Fundación Desarrollo Humano Juan Carlos Marrugo Vega, un lugar que terminó convirtiéndose en el impulso que necesitó para decidir salvarse. Porque, para Luis, querer ser salvado fue la decisión más difícil de tomar.

“La primera vez que llegué a la fundación lo hice para relajarme, para dormir un rato. En el barrio la situación estaba caliente. Pero la última vez llegué pensando que solo tenía dos opciones: si consumía otra vez, lo iba a hacer hasta que la droga me matara. Si no consumía, iba a salir adelante”, recuerda con alivio.

“Fue difícil. Me daba mucha ansiedad; por eso los dulces. Cada dulce me recordaba a mi mamá, a mi familia”. Poco a poco entendió que aquellos dulces no solo calmaban la ansiedad. También le recordaban que todavía tenía razones para seguir adelante. Le hicieron sentir que podía construir un nuevo hogar y descubrir que era capaz de ser mucho más de lo que alguna vez creyó.

“En ese entonces había un grupo de terapeutas que me hicieron creer que yo sí podía cambiar. Me guiaron durante mi recuperación y, tiempo después, incluso me pagaron el curso de vigilancia. Hablaron con el doctor Ernesto, con los directivos de la fundación, con el psiquiatra Luis Guevara. Me sentía como en familia. Ellos me querían como si yo fuera el hijo de la fundación. Y terminé trabajando aquí”.

Para Luis, sentirse salvado también significa volver a confiar en sí mismo. Es recuperar la certeza de que todavía puede construir su propia historia, dejando atrás los prejuicios que durante años le hicieron creer que no merecía una segunda oportunidad.

“Entonces llegó mi primer sueldo. Nunca se me olvida. Le di una parte a mis amigos de la iglesia, otra a mi mamá y el resto fue para mí. Me compré mis primeras pantalonetas, ropa, zapatos. Me mudé. Nunca imaginé que tendría una moto; hoy la tengo. Nunca imaginé estudiar en una universidad ni construir mi propia casa… y hoy la estoy levantando”.

Hoy, parte de esa misión consiste en acompañar a quienes todavía creen que no hay salida. “Mi misión ahora es salvar a los demás, ser la voz de aquellos adictos que dicen que no pueden, que creen que siempre van a estar ahí, en el hueco. Y no es así. Siempre hay que proyectarse, tener una visión de la vida”, me aseguró.

Mientras lo escuchaba, recordé al niño del que me había hablado al comienzo de la conversación y decidí preguntarle por él. ¿Qué le dirías hoy a ese niño? Luis sonrió antes de responder. “Me siento muy orgulloso de ese niño interno porque nunca me dejó”.

Después hizo una pausa para hablar de algo que pocas veces aparece cuando se habla de salud mental entre hombres: la vulnerabilidad. Reconocer el miedo. Hablar del dolor. Pedir ayuda. Aceptar que no siempre se puede cargar con todo.

“Yo creo que eso fue lo que más me ayudó. Con los terapeutas sí sentía esa confianza. Yo les contaba todo: ‘me pasó esto’, ‘me siento así’. Me permitían expresarme. Incluso cuando ya no era interno, sino trabajador”.

Escucharlo me hizo entender que, muchas veces, la recuperación no comienza cuando una persona deja de consumir. Comienza mucho antes: cuando encuentra un lugar donde puede hablar sin miedo a ser juzgada, cuando alguien decide escuchar antes que señalar y cuando la esperanza pesa un poco más que la culpa.

Aquella tarde comprendí que los dulces nunca fueron el tratamiento. Eran un símbolo. Cada bombón guardado en un bolsillo le recordaba que todavía existían razones para quedarse: su madre, sus hermanos, sus sueños, el trabajo que algún día tendría y la vida que todavía podía construir. La recuperación de Luis no nació de un acto extraordinario, sino de la suma de pequeños gestos cotidianos: una conversación, una oportunidad, una mano tendida y la decisión, repetida una y otra vez, de no rendirse.

Es curioso, quizá eso era lo que Luis intentaba explicarme desde el principio, no siempre lo que salva a una persona es aquello que lleva en la mente, sino aquello que logra volver a llevar con firmeza en el corazón y hasta en los bolsillos.

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