Durante años, una seguidilla de muertes de adultos mayores en zonas rurales de Risaralda desconcertó a las autoridades y a los habitantes de veredas apartadas. Los casos parecían aislados, ocurrían en viviendas solitarias y no dejaban, en un comienzo, un patrón evidente que permitiera unirlos. Con el avance de las pesquisas, ese silencio empezó a romperse: detrás de los homicidios había un mismo responsable y una estrategia cuidadosamente repetida.
La investigación permitió identificar a Juan Carlos Villa Cardona como el autor de más de una decena de asesinatos contra personas de la tercera edad. Su forma de aproximarse a las víctimas fue clave para pasar inadvertido durante años.
El hombre fingía ser sordomudo y se presentaba como un hombre vulnerable que pedía ayuda económica, lo que despertaba compasión y confianza inmediata, especialmente en personas mayores que vivían solas. Lea: Le quitan la vida a 3 mujeres en un velorio: primera masacre de 2026
El relato de los hechos, reconstruido a partir de informes judiciales y entrevistas realizadas desde la cárcel, muestra cómo Villa Cardona se movía entre veredas rurales de municipios como Santa Rosa de Cabal. Portaba un aviso escrito en el que solicitaba apoyo económico, supuestamente para atender a su madre, y así lograba ingresar a las viviendas sin levantar sospechas.
Un engaño calculado y un patrón repetido
Expertos en comportamiento criminal han señalado que el engaño no fue un recurso improvisado. Según el psicólogo forense Belisario Valbuena, citado en espacios periodísticos y de análisis, la simulación de una discapacidad le permitía observar con calma el entorno, identificar dinero u objetos de valor y evaluar las rutinas de quienes lo atendían. Una vez obtenida esa información, el agresor actuaba.
Entre los casos que marcaron un punto de quiebre en la investigación está el asesinato de tres adultos mayores de una misma familia: Mélida González, Bernardo Giraldo y Ana Isabel Giraldo. El subintendente Jairo Martínez explicó que los cuerpos presentaban múltiples lesiones con arma blanca, lo que evidenció un uso desmedido de la fuerza y reforzó la hipótesis de un atacante con un mismo modus operandi.
Desde prisión, Villa Cardona ha ofrecido declaraciones que causaron impacto nacional. En entrevistas concedidas a programas como Séptimo Día y Más Allá del Silencio Podcast, aseguró no sentir culpa por lo ocurrido. “Ver sangre me tranquiliza”, afirmó, al describir una sensación de calma asociada a la violencia, una frase que ha sido ampliamente analizada por especialistas.
Perfil psicológico y la captura del asesino
Para los expertos, estas declaraciones no responden a un delirio ni a una desconexión de la realidad. Valbuena sostiene que el condenado comprendía plenamente la gravedad de sus actos y actuaba con conciencia, mostrando rasgos claros de personalidad antisocial y una profunda ausencia de empatía.
El propio Villa Cardona ha intentado explicar el origen de su conducta violenta en su historia personal. Relató que, cuando tenía siete años, fue abandonado por sus padres y quedó al cuidado de sus abuelos en Marsella, Risaralda.

De acuerdo con su versión, esa experiencia generó un resentimiento que con el tiempo se transformó en odio hacia las personas mayores. La neuropsicóloga Jessica Riaño ha señalado que ese rencor fue proyectado sobre sus víctimas a lo largo de los años.
Otro aspecto que llamó la atención de investigadores y especialistas fue la manera en que el agresor justificaba sus actos. Villa Cardona aseguró que rezaba antes y después de cometer los crímenes y llegó a afirmar que algunas víctimas “merecían morir”, una afirmación interpretada como un mecanismo de autojustificación y distorsión de creencias.
La captura del responsable no se produjo por una prueba científica concluyente, sino por la colaboración de su propio entorno. Tras la oferta de una recompensa de 30 millones de pesos, familiares del condenado facilitaron información clave para ubicarlo.
Hoy, Juan Carlos Villa Cardona cumple una condena superior a los 45 años de prisión, mientras sus confesiones siguen siendo objeto de análisis y debate sobre la violencia silenciosa que durante años golpeó a las zonas rurales del Eje Cafetero.

