El escultor cartagenero Edgardo Carmona acaba de cumplir un viejo sueño descomunal: forjar en acero luego de casi cinco meses de vigilias, una gigantesca escultura de la Mujer Mariposa de 8 metros con setenta centímetros, que de pie sería como un edificio de tres pisos. Lea: Edgardo Carmona, el otro color de los aceros
La ha erigido en el Museo Carmona que ha construido muy lejos del mar de su ciudad natal, en la vereda Espinal, sobre la vía Nacional 60, a cuatro kilómetros de Sáchica y a siete kilómetros de Villa de Leyva. Lo más difícil no ha sido forjar la mujer alada, sino lograr que desde el aire parezca a punto de volar o aletear con sus enormes alas de mariposa que tienen la delicadeza de una filigrana en donde se cuela las nubes y la transparencia del aire como en un entramado de silencios que suenan.
Al ver el proceso de la obra que me ha enseñado el artista, descubro que las alas requirieron de una fina y consagrada devoción de orfebre y un refinado diseño de vuelo. Edgardo Carmona confiesa que esa hermosa mujer alada ha estado aleteando desde hace muchos en sus sueños. Fue para él superar el reto de lograr una escultura figurativa en un formato monumental. Todo nació hace veintiséis años en un viaje a México, en una excursión al Estado de Michoacán, y ver la estela de las mariposas aleteando sobre la claridad del atardecer, imponiendo su esplendor de luz sobre las penumbras del tiempo. Preguntó por las mariposas y le dijeron: son las mariposas Monarca. “Me quedé alucinando con la configuración de sus alas”, dice Edgardo.
“No solo las alas, me extasié con la combinación y el contraste de colores, con sus pequeños círculos blancos en un mapa periférico negro y unas líneas orgánicas dibujadas en sus alas, como un vitral naranjado queriendo evadirse desde su cuerpo”. El temblor de aquellas alas y la vibración de esos colores lo despertaron una y otra vez y dejaron su resplandor en las costuras secretas del sueño. “Jamás las olvidé y después de ese tiempo largo, al amanecer de algún día de septiembre del año que pasó, reapareció el recuerdo y esa fotografía mental de veinte y seis años y algunos meses de edad, literalmente el tiempo en que mi imaginario parió un huevo con un ala dentro del sueño de esa madrugada. Esa mariposa del sueño era exactamente la hermosa mujer mariposa que llegaba al mundo desde un lugar cálido y lejano pero insospechado, en un rincón del Caribe colombiano, en San Bernardo del Viento, que solo conozco por las narraciones de Juan Gossain y las historias de David Sánchez Juliao”.
Las alas de la mujer$>
Los primeros en inaugurar la gigantesca Mujer Mariposa son la familia del artista y sus amigos más cercanos que han deseado tocar las alas, pero han tenido que ascender por una escalera para ascender hasta el regazo de la mariposa. Edgardo irrumpió en el arte colombiano desde finales del siglo XX, con esculturas de acero sobre personajes típicos de Cartagena de Indias y oficios tradicionales, como la palenquera vendedora de frutas, el afilador de cuchillos, el vendedor de rastrillos, el pescador, el cochero, el malabarista, el fotógrafo de agüita, la mujer cosiendo en su máquina Singer, el hombre que escucha la música de una victrola, entre otros. Y luego de esa serie siguió la de los músicos y la de los instrumentos de viento, cuerdas y percusión: el tamborero, el acordeonista, el guitarrista, el violinista, etc, y la serie de episodios cotidianos en la vida de Cartagena: El hombre en su bicicleta perseguido por un perro, el jugador de ajedrez, el jugador de dominó, dos tipos sentados en una banca de un parque, el indígena Kogui, la mujer con una sombrilla que arrastra el viento, un par de borrachos en una banca, Don Quijote con una lanza y un escudo, entre otros.

Más tarde, el artista, logró crear obras que hibridaron lo figurativo y lo abstracto en obras que dejaban espacios para ser completados por el espectador: la mano del músico rasgando las cuerdas de la guitarra, el sombrero vueltiao delineado en su compleja geometría, los cuerpos y los abrazos sugeridos, el silencio y la transparencia como elementos integrados tanto en el acero como en la pintura y el mosaico. La obra de Carmona es la de un inventor insaciable que crea obras de arte e interpela los espacios convencionales de las edificaciones: crea ventanas y puertas novedosas que desafían la gravedad, construye elementos del mobiliario cotidiano con la misma destreza de sus esculturas y de su polifacética obra artística.
La Mujer Mariposa es una creación que enriquece su trayectoria como escultor y aporta a una nueva dimensión de su arte que se nutre de la geometría de la imaginación y de la exactitud prodigiosa de la magia.

Sus esculturas están en los lugares impredecibles de Cartagena y sus alrededores: en el corazón amurallado de la ciudad, en el umbral de las plazas y los parques, en las universidades, en los museos. Su obra ha recorrido un largo viaje desde Cartagena hasta Villa de Leyva, pero ya había emprendido una travesía desde Cartagena a Estados Unidos, Francia, España, Alemania, América Latina y el mundo. Sus aceros lograron la levedad y la profundidad, la sugerencia del vuelo y el ascenso, como esa inmensa mujer que aletea bajo el cielo de Villa de Leyva, como otra reina coronada que surca los cielos de la poesía y la música.
