El antiguo colegio Montessori en Aracataca, donde estudió el niño Gabriel García Márquez, es ahora en 2024, un Bienestar Familiar. Está pintado de verde bajo la sombra de los mangos y los corales amarillos y rojos que han florecido en sus jardines. En los largos pasillos donde antes corrían los niños Gabito, Luis Carmelo Correa, Guillermo Valencia Abdala y Nena Daconte, ahora solo sopla un viento seco que arrastra la hojas secas de los mangos quemados bajo el sol de febrero.
Aún pasa cerca al viejo colegio el tren, un tren que despierta el sigilo de la mañana, un tren negro ahora sin pasajeros, de 194 vagones que lleva carbón. Y vuelve a pasar en la siesta de las dos de la tarde. Al otro extremo está el Parque 20 de Julio, donde en esta mañana un par de viejos conversan, y las mujeres pasan rumbo a la iglesia San José, para la cruz de ceniza. La iglesia San José, declarada Patrimonio Nacional, en el corazón de Aracataca, está pintada de blanco. Ahora el pueblo peregrina desde temprano en este miércoles de ceniza.
Todo en Aracataca se llama Macondo: sus restaurantes, tiendas, hoteles, residencias, ferreterías, chatarrerías y demás. Y lo que no se llama Macondo se llama Gabo, Realismo Mágico, para honrar a su hijo mayor, el genio universal de las letras, Gabriel García Márquez. Lea aquí: Cuarenta años sin Julio Cortázar: recuento de su legado en la literatura

La casa donde nació el escritor el 6 de marzo de 1927 es hoy la Casa Museo Gabriel García Márquez, abierta de martes a domingos, de 9 a 5 de la tarde. La oficina del telegrafista donde trabajó el padre del escritor, Gabriel Eligio García Martínez, es hoy la Casa Museo del Telegrafista, en donde hay un viejo telégrafo, algunos de ellos, que usó el padre del escritor. La biblioteca Gabriel García Márquez fue donada por Japón al municipio, y ahora depende de la Caja de Compensación Familiar del Magdalena, Cajamac. Es una pequeña biblioteca que está en la carretera y que acompaña a otra llamada Remedios la Bella, que evoca al personaje que subió al cielo de Macondo a las cuatro de la tarde, en ‘Cien años de soledad’.

Al recorrer el Parque Lineal sorprenden los murales realizados por el pintor y escultor Melkin Merchán, realizados en 2019. Los retratos de Gabo, Leo Matiz y sus amigos de infancia: Luis Carmelo Correa, son extraordinarios. El artista captó la luz profunda y vivaz de las miradas de Gabo y Leo Matiz.
En Aracataca sobrevive el único amigo de Gabo que vive exactamente frente a su casa natal: Carlos Nelson Noches Fontalvo, nacido el Aracataca el 24 de julio de 1931, quien le celebró el cumpleaños al escritor en Cartagena, el 6 de marzo de 2010, con cerdo, pollo y carnes que trajo desde su lugar de origen. Carlos, de origen italiano, conserva muchísimas imágenes de sus encuentros con su amigo en los años 1983, 2007 y 2010. Lea aquí: ¡Triste! La historia del reloj que dejó de ser floral y solar en Cartagena

También sobreviven los nietos y nietas del italiano Antonio Daconte Fama, confidente y amigo del abuelo coronel Nicolás Márquez Mejía. Caminando por las calles de Aracataca con mis amigos Diana Acosta y Diego Anaya, vimos a tres mujeres conversando en la puerta de su casa, tomando el fresco del atardecer, muy cerca del cementerio y al conversar con ellas supimos que eran Carmela de Daconte, de 94 años, lúcida y memoriosa, familia de Antonio Daconte Fama, quien creó el Teatro Olimpia. La señora Carmela estaba con sus hijas Dilia y Manuela, y evocó a Antonio Daconte Fama y a Nena Daconte, la protagonista del halagado cuento ‘El rastro de tu sangre en la nieve’. También conocimos al más antiguo relojero de Aracataca: a Joaquín Muñoz Daconte, hijo de Yolanda Daconte, hermana de Imperia Daconte, madre de Eduardo Márceles. Del viejo teatro Olimpia solo queda el letrero en pleno Centro de Aracataca, hoy convertido en un almacén de repuestos de motos. Muy cerca de esa casa está un edificio construido el año en que nació Gabo: 1927.
Más allá está el fragor del viejo mercado con sus acequias rumorosas que nos recuerdan que Aracataca tiene un río de aguas turbulentas que aún siguen tallado la redondez de sus piedras enormes, pero es un río adormecido en este verano de febrero. Esas acequias son la felicidad de los niños y los jóvenes que se zambullen al atardecer allí, y se olvidan por un instante del hervidero del calor de las tres de la tarde. En la casa natal de Gabo hoy convertida en museo, solo se mantiene intacto el viejo y majestuoso samán en la cola del patio y la casa pequeña en el traspatio donde vivían los cuatro indígenas wayuus que trabajan para el coronel Nicolás Márquez Mejía. Lea aquí: Adolfo Pacheco: música viviente, a un año de su muerte

En el parque central de Aracataca en donde está la estatua más pequeña de Simón Bolívar que he visto en mi vida, está una escultura de Gabo, que no ha escapado del delirio de los cataqueros que celebran el Carnaval de Barranquilla. Como si fuera otro cómplice silencioso de la fiesta, le han echado maicena en la cabeza y han bebido cerca de él como si en cualquier momento despertara del silencio del bronce y los interpelara con su desparpajo: ¿Qué es la vaina?
