¿Qué mejor sátira que el burlesque? Este género, que se introdujo al mundo en el siglo XIX, fue una forma de entretenimiento que ridiculizaba a la cultura de la alta sociedad. Pero con el tiempo evolucionó y se asoció más con el cabaret, el varieté y el striptease. Bailarlo era un escándalo y causal de repudio en las familias conservadoras.
‘Burlesque’, leí en la invitación de un evento privado en el Adolfo Mejía. Una temática atípica a la cultura cartagenera, que me recordó a esos artículos que leí sobre las fiestas en el Club Popa y el Club Cartagena; tiempos donde la presencia del ser humano era un placer sin derecho a repeticiones, ni bajo el ojo de las redes sociales. Lea: Esto ganaron emprendedoras en 2 días del Cartagena Wedding Dreams & Forum
Era vivir una sola vez y nada más. Vivir aunque ser mortal reivindique no tener omnisciencia. Vivir todo lo que se pueda, porque no existe un ser humano que sobreviva para contar lo ocurrido. No obstante, la ciudad es vieja y recuerda cada pisada, cada pecado y sordidez en sus calles. ¿Cuántas faenas, risotadas o borracheras habrán presenciado las paredes del Adolfo Mejía? Esa noche, osado y con el único par de zapatos que tengo, me incorporé en la alfombra roja del evento.

Los asistentes no llegaron a pie como yo, hicieron una entrada triunfal en convertibles clásicos, Mercedes descapotables y Porches del 72. Los trajes eran fieles a los requisitos exigidos por los organizadores del Wedding Dreams & Forum 2024; vestidos elaborados con corsés, plumas, lentejuelas y medias de red que subían hasta el medio muslo, sujetadas por ligueros de encaje, con un toque sensual pero refinado, y guantes dignos de una cachetada blanca... o negra. Lea: El viernes que el diablo visitó mi casa
Ingresé en medio de la fila de adultos disfrazados cuando la interpretación de Christina Aguilera sonorizaba el lugar. Las letras de ‘Somethings Got A Hold On Me’ hacían eco en la recepción, donde encontré en los costados de la entrada a dos gemelas, ambas bailarinas. Reconocí a una de ellas, años atrás hicimos prácticas universitarias en el mismo lugar. Ella bailaba sin mirarme, asumí que quería concentrarse en su trabajo, así que con modestia fingí que tampoco la había visto, pero me quedé con el recuerdo de esos segundos en que la vi bailando. El pulgar se juntaba con el índice al ritmo de las trompetas y movía su cadera de un lado a otro, se reía histriónica y seductora, mientras la gente la atiborraba de fotos. Tenía una capa blanca de seda, con hombreras y un tocado de plumas largas. No sé cómo sonreía, yo me habría vuelto loco.
Saludé a un par de conocidos y subí las escalinatas hasta llegar al auditorio, topándome con unas cataratas de champán que caían de una pirámide de fino cristal. Lea: Habrá pasarela en el Camellón de los Mártires: bodas y empoderamiento
Más tarde me encontré con el reconocido estilista colombiano Franklin Ramos, lo vi orquestando un producto para las redes sociales, cual director de una sinfonía cuidaba cada detalle y lideraba al grupo de logística y audiovisual. De un lado a otro corrían procurando captar todo meticulosamente. Me fijé en algunos trabajadores del lugar, como dicen por ahí, en “los cartageneros de a pie”. Al fin y al cabo, yo también fui a trabajar.

Me comentó la directora de Coporturismo, Liliana Rodríguez, que tan solo en las cuatro iglesias principales del Centro Histórico, se celebran más de 500 bodas católicas al año. Ahí vi reflejada la dedicación de los trabajadores, pero también el miedo a cometer un error. “¿Desea algo más de tomar, señor?”, me preguntó un joven antes de que me acabara un tequila en las rocas. Titubeaba, sonreía nervioso, sin saber que yo estaba más asustado que él. “¿En serio me está ofreciendo otra bebida? ¿A mí? ¿Tardará en darse cuenta de que soy igual que él?”, pensé.
Cuando anunciaron que el buffet estaba abierto me asusté aún más. Sobre los platos de cerámica estaban servidos los postres. También había un par de canastas de uvas y aceitunas, y una colección de copas llenas de cóctel de camarón, y una variedad de panes con verduras salteadas. No había restricción, no existía el “no”. Lea: Los caminantes de La Villa, y una abuela perdida
Minutos más tarde me tropecé con la bailarina, estaba en un receso. Logró reconocerme y me saludó. Me dijo que estaba ejerciendo su carrera, pero que también ganaba dinero extra bailado para algunas agencias que la contrataban. “¿Me ayudas con unas palabras?”, “Claro, pero debo consultarle a mi jefa”. Nos dimos la vuelta para ingresar a los camerinos por la entrada trasera que estaba al otro lado de la calle. Corrimos, porque el receso estaba por terminar. Con una mano aseguraba el tocado, y con la otra sostenía la larga capa del vestido, procurando no arrastrarlo con el asfalto.

Una vez llegamos a la puerta de acceso para el personal del servicio subimos una escaleras en espiral. El lugar estaba lleno de asistentes que corrían de un lugar a otro, algunos aprovechaban para merendar. Cuando llegamos al camerino conocí a la jefa, también era bailarina, estaba poniéndose las medias veladas. Me contó que era oriunda de Pereira, pero que se estableció en la ciudad hace nueve años, estudió en El Colegio del Cuerpo y hoy trabaja con cartageneros realizando shows de circo contemporáneo, mezclando diferentes disciplinas artística. “No es tan fácil. Aparte del talento que todo el mundo conoce, hay toda una organización rigurosa detrás; desde las telas hasta las modistas y los accesorios que toca conseguir para que cada show sea único”. Lea: El Cuervo: la tragedia en el set del 94, y su millonario regreso
Me quedé hablando un rato con Camila tras bambalinas. Conocía su faceta como periodista, pero no como bailarina. Me contó que al igual que su hermana gemela, comenzó a bailar desde los cinco años, desde entonces el cuerpo les exige no abandonar esta disciplina. Ambas son del corregimiento de Pontezuela y han participado en diferentes shows de la ciudad. Para muchos es solo baile y movimiento, pero para mí, esa noche no había nada mejor que el circo como sátira, esa era su arma, su esencia más pura. Porque el burlesque, de una u otra forma, nos recuerda que incluso en los escenarios más grandiosos, la vida sigue su ritmo, al final del día, un juego espejos y reflejos, sonrisas forzadas, una vitrina de exhibición, el arte de decir mucho sin decir nada.
